La prestigiosa revista literaria Clarín incluye en su sección de “Paliques”, dedicada a las reseñas, un apartado para nuestros “Tulipanes”.

Desde aquí, agradecemos a Alfonso López Alfonso su juicio y sus palabras.

La reseña sobre Tulipanes para Zamudio, de Javier G. Cozzolino, la ponemos escaneada primero, y la transcribimos a continuación:

Javier G. Cozzolino, Tulipanes para Zamudio, Universos, Mieres del Camino, 2009.

 

NOVELA DE AMBIENTE

En 1928 un joven asturiano sorprendía a la intelectualidad madrileña –que entonces, más que ahora, era la que contaba- con la publicación de un conjunto de relatos titulados El blocao. Los relatos, bastante independientes entre sí, tenían en común un tema: la guerra de Marruecos. Su autor, José Díaz Fernández, había estado de soldado en Marruecos entre 1921 y 1922 y en la obra, echándole algo de literatura al asunto, hablaba de lo que había visto. El libro tuvo éxito, pronto alcanzó nueva edición, se tradujo a varios idiomas y fue catalogado muy apropiadamente por la crítica como una novela de ambiente, en cuanto que, si bien en él no estaba presente el desarrollo dramático tradicional de la novela, sí había una precisa unidad atmosférica. Lo que se respira en todos esos relatos es el absurdo de la guerra y la podredumbre humana en que acaba convertido un soldado.

Javier G. Cozzolino no ha escrito una novela de la guerra marroquí, pero sí ha hecho una buenísima novela de ambiente, fundamentalmente del ambiente de la Argentina postMenem –aunque en el relato 504 hay un viaje al pasado reciente, el que emana de la última dictadura-, un país al que la realidad vino a apear de un mazazo de un tren de vida que no le correspondía. Zamudio, el protagonista de varios de los relatos que componen el volumen, es un periodista fracasado y desbordado por las responsabilidades familiares con que lo apremian su mujer Silvita y sus tres hijos, al que un amigo le da la oportunidad de reconducir su vida metiéndolo como redactor en una revista; Zamudio es un personaje a la vez cotidiano y excesivo: “Y yo creo en Di-s, soy católico, apostólico y romano, estoy en contra del uso de anticonceptivos, vivo en un barrio lleno de peruanos y bolivianos y voy por mi tercer hijo”, piensa decirle a su amigo Sisca. Un personaje contradictorio que representa muy bien la deriva de cierta clase media venida a menos. El Beto Armijo, que aparece y desaparece a lo largo del libro, es uno de esos trabajadores bolivianos que pululan por Buenos Aires y tan bien presentó Adrián Caetano en su película Bolivia, un sin papeles abocado al trabajo duro y marginal al lado de los chinos Ming y Ming II, un joven instintivo, visceral y bastante inmaduro que se muestra incapaz de sacar adelante a su mujer y su hijo. Los hermanos del Beto sobreviven con el trapicheo de drogas, él, rudo, sentimental y valiente, no quiere pertenecer a ese mundo y se ve inmerso en otro que se lo pondrá aún más difícil; un mundo en el que predominan los prejuicios y la lucha por la dignidad equivale a la lucha por la vida. Hay otros personajes igualmente incompletos, como Shultz, que deja pasar el tiempo con un cigarrillo pegado a los labios, o el padre de Zamudio, obsesionado con la muerte de su madre cuando él era un niño, y entre todos componen una galería de espectros tan tangibles, tan sumamente verosímiles, que dan para tomarle el pulso a un país amado por sus ciudadanos y en el que, esos mismos ciudadanos, viven reputeando de los gobiernos de turno. Los personajes de Tulipanes para Zamudio parecen la metáfora perfecta de la Argentina actual, son gente con condiciones empujada no se sabe muy bien cómo hacia la incomprensión y la derrota, del mismo modo que un país que lo tiene todo no acaba de levantar cabeza tras la caída de la magra purpurina que sostenía el falso sueño neoliberal hecho añicos en 2001.

Tengo la impresión de que Tulipanes para Zamudio es un libro más adecuado para leer en estos tiempos de crisis que muchos de esos manuales que ahora –a buenas horas mangas verdes- se dedican a explicarla minuciosamente, con exhaustivas tablas y datos económicos y sociológicos en sus páginas.

En el todavía joven catálogo de la editorial Universos abundan los escritores con trayectoria dilatada en revistas a los que se les da la primera oportunidad de aparecer en libro. En esta misma colección de narrativa en la que aparece el primer libro de Cozzolino en España, están también las asturianas Inés Toledo y Ana Vega con sus operas primas respectivas. Cozzolino colabora habitualmente en la muy original publicación de internet HermanoCerdo, que acrisola literatura y artes marciales. Este autor es todo un descubrimiento, y, lo mejor que se puede decir de él, como de cualquiera que valga la pena en esto de la literatura, es que merece la pena leerlo.

Alfonso López Alfonso

 

 

Debido a la distancia geográfica entre el autor y la editorial, hemos decidido ensayar una presentación on-line, o sin fronteras, de Tulipanes para Zamudio, de Javier G. Cozzolino. Abrimos así la posibilidad de que, quien lo desee y totalmente gratis, pueda descargarse, maquetado y en pdf, uno de los cuentos que integran Tulipanes para Zamudio.

Esperemos que guste la iniciativa y los lectores del ciberespacio se animen a comprar el libro de J. G. Cozzolino tras probar una pequeña perla del mismo. Les espera el collar entero…

Misoprostol

Que reseñen el libro de una editorial independiente y periférica en el suplemento cultural de un diario regional o autonómico siempre es un logro. Conseguirlo en uno de los tres únicos suplementos de los diarios de tirada nacional, se antoja una inverosimilitud.

No obstante, Tulipanes para Zamudio, de Javier G. Cozzolino ha llamado la atención de la narradora y ensayista, y por supuesto crítica literaria, Consuelo Triviño, cuya reseña ha aparecido en el suplemento cultural del diario ABC (ABCD). Ni qué decir tiene que agradecemos a la escritora colombiana el detalle, y nos complace encontrar una acogida tan favorable a un libro que sabíamos que merecía la pena.

La crítica va escaneada a continuación:

Reseña Tulipanes

Nos felicitamos por los elogios, y felicitamos al autor. Seguimos navegando.

El pasado jueves fue la presentación del libro “Armensallé del tejido y la escritura” de Inés Illán en el Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón, presentación a cargo del poeta y crítico literario José Luis García Martín, con José Ángel Gayol, editor de Universos, como maestro de ceremonias.

Aquí tenéis las fotografías:

Inés presentación 1

Inés present 2

Seguimos recibiendo los ecos de nuestras publicaciones. Es este caso tenemos que agradecer a Blog del Ceince que cuelgue una pequeña nota sobre “Armensallé del tejido y la escritura” de Inés Illán. Aquí. Y también transcribimos la noticia:

Armensallé, la escritura como tejido

Armensallé es un término romaní que significa libro. Inés Illán, profesora de lenguas clásicas en la Universidad de Oviedo, nos ha dejado en su reciente visita al CEINCE este curioso ensayo en el que asocia texto-escritura-tejido en un juego de metáforas vivas. En él se sugiere que el tejido podría ser el arte “antecessor” de la escritura, la pre-condición de ésta, su pre-texto, y propone una nueva reconstrucción de la historia de las artes en las que se entrecrucen las de la escritura, la lectura y el tejido. También propone crear nuevos espacios de sociabilidad para tejer y destejer redes que pongan en interacción las artes. Un ingenioso y culto estudio para repensar una nueva teoría del texto (Mieres, Universos, 2009).

Estamos de enhorabuena: en la revista digital Calidoscopio hacen una entrevista a Javier G. Cozzolino. Podéis verla aquí o bien seguir leyendo, no  sin antes darle las gracias más efusivas a J. S. de Monfort por el tino e inteligencia de las preguntas:

Entrevista de Javier G. Cozzolino

Javier G. Cozzolino fue alumbrado en Buenos Aires (1973). Redactor, editor, periodista, es sobrino nieto de Eduardo González Lanuza, escritor español que llevó, junto a Borges, el Ultraísmo a Argentina.
Vive en el Barrio de Almagro (Buenos Aires). Colabora en diferentes medios y es uno de los pocos escritores argentinos de la prestigiosa revista de literatura y artes marciales HermanoCerdo.
Tulipanes para Zamudio, su primer libro, está publicado en España por la Editorial Universos.

1. Me da la impresión de que algo atraviesa el libro y es la dicotomía entre el nombrar y el silencio: lo que no se puede decir, pero se dice. Tendría esto que ver bastante con el periodismo. Tulipanes… me parece, entre otras cosas, el relato del colapso entre la literatura y el periodismo. ¿Cómo ves tú ese conflicto?

Es cierta la dicotomía a la que te referís entre nombrar y el silencio. Por ahí se deba a que el libro es en definitiva una larga confesión colectiva de las miserias y yerros de todos sus personajes, y una confesión tiene eso, una tensión entre decir y no decir y, a la vez, la urgencia de que triunfe el decir para así recuperar el cielo.
Personalmente, al escribir el libro, a mí me pasó algo parecido. Había que hacer literatura o algo parecido y ser el amanuense de mis personajes en sus confesiones. Seguro el recelo del que hablás es el rastro que quedó de todo aquello.

2. Tomando de nuevo en cuenta lo innombrable, se erige en el libro como elemento fundamental la figura de Di-s [sic]. Ese eludir la ‘o’ del nombre parece negar la posibilidad de salvación de Zamudio. Así, sin la ‘o’, Dios se constituye, además, como algo incompleto. Encima, la ‘o’ nos recuerda la forma que tienen los “tulipanes” (preservativos) que consigue Zamudio estando en su segunda luna de miel con Silvita, pero que, sin embargo, no puede utilizar. Parece pues (y así se nos dice en repetidas ocasiones) que todo depende de la voluntad de “Di-s”. ¿Es esto cierto?

No lo había pensado en esos términos al guión en “Di-s”. Pero está muy bien esa interpretación. Siempre está bueno interpretar estos textos seculares, ¿no? Ahora, la verdad, es que el uso del guión dentro de esta palabra en mi caso respondió a cuestiones religiosas. Quisiera ser un mejor cristiano, pero lo cierto es que soy cristiano, supongo, y además medio obsesivo. Y hay entre el pueblo judío quienes todavía practican una escritura parecida del nombre de Dios, y está también la prohibición de nombrar a Dios en vano. Entonces yo, la verdad, que ya con demasiada gente me meto al escribir mis historias, no quiero crearme otro problema mayor con Dios, que aquí lo puedo escribir tranquilo así, porque esto no es una ficción. Prefiero meterle el guión por respeto en la ficción, así como le cambio el nombre a la gente que tomo de la realidad y que modifico en mis textos.
En cuanto a Zamudio, no creo que tenga la salvación vedada, pero sí es cierto que no depende pura y exclusivamente de él. Como alguna vez leí en la letra chica de la Biblia, existe el pecado original, ya sabés, Adán, Eva, la serpiente, la manzana, pero a ese pecado con el que todos nacemos se le suma otro no menor, el pecado social, las injusticias del mundo. En ese contexto nacemos todos y Zamudio digamos que no es la excepción.

3. Todo el libro esa habitado por la culpa, como si esto justificase el rencor. Los dos principales personajes (Zamudio y el Beto Armijo) son personas tristes que buscan el alivio en la fornicación. El sexo es a un tiempo esperanza y derrota.
¿Resulta ineludible la culpa, así como el destino?

La culpa es tremenda pero necesaria. Pero me imagino que no es ineludible, mucha gente se escapa de ella, y si uno es un psicópata, ni hablar (entre los que mandan el mundo me parece que hay una cantidad importante de psicópatas). En cuanto al rencor, no creo que él justifique a la culpa, sino más bien al revés. Y después de la culpa suele venir bronca contra uno mismo, frustración, y entonces sí, otra vez ataca el rencor.
Para hacerla corta, creo que la culpa es el combustible del sueño que algunos soñamos acerca de ser inmortales y querer creer en la existencia de Dios. La culpa exige arrepentimiento y por sobre todo clama por la redención. Y eso también creo que al menos intuyen mis amigos personajes.
Después está el sexo, sí, como alivio incompleto, como esperanza y enseguida como derrota. Pero es que así mis personajes entienden y han vivido al sexo, y así también yo suelo vivirlo.

4.  Los temas del doble como ser inferior y la muerte están bastante presentes en el libro. El mismo Zamudio se considera el profeta de su padre, que es el mismísimo Di-s. Pareces decir que toda ganancia implica una pérdida. La ironía es que toda derrota procede de una pugna y todos los personajes del libro son arrastrados por los acontecimientos, nada sucede por su propia voluntad. ¿Qué opinión tienes al respecto?

Zamudio y el Beto son dobles que pelean con sus circunstancias en desiguales condiciones, eso es lo que hay, creo, y entonces el Beto es al que peor le va, eso es todo. El Beto no tiene casa, es boliviano, vive en la Argentina y en la Argentina generalmente al boliviano se lo discrimina, se lo maltrata, se le dice “bolita”, se le dice “negro de mierda”. Pero eso no significa que sea el artífice de alguna libertad de Zamudio. Zamudio es un burgués con serios problemas de adaptación a la sociedad y al individualismo del que hablás. Sabe que el individualismo es pura basura para él, porque el individualismo requiere que poco a poco te vayas desprendiendo de la culpa, de tu contacto con un orden moral, religioso, para que, por ejemplo, llames “crédito” a lo que en realidad es una “deuda”, o llames “hacer el amor” a lo que es simplemente “sexo” y del más sórdido. Eso causa impotencia en mi amigo Zamudio, porque él no puede cambiar el mundo, es un hombre, nada más. Y ya que me hacés pensar en estas cosas, pienso que tal vez donde hay un paralelo mucho más contundente es entre la relación periodismo-literatura y secularismo-religión. La literatura para Zamudio es un doble de la religión. Ahí sí podés ser libre, el problema es que no es productivo ni políticamente correcto entregarse a la literatura sin mayores especulaciones, como tampoco lo es aferrarse a una fe. Para el individualismo materialista que nos rodea literatura y religión no sirven, son más bien impedimentos, serias disfunciones que deberían ser eliminadas. El paradigma utilitario que signa al individualismo necesita periodismo y necesita secularismo, las falsas promesas de libertad, de libre albedrío, que ofrecen esas dos alternativas.

5. Tulipanes… me parece un libro de realismo urbano profundamente argentino. Incluso más, se trata de un libro bonaerense. En un momento del libro se dice que “la argentina es una puta fácil”. Visto desde España,  para los que no conocemos la ciudad me temo que se nos perderán algunos matices que supongo desvelará mejor quien sí la conozca. ¿Cómo crees, y cómo te gustaría, que recibiesen el libro los lectores de un lado y del otro del Atlántico?

La Argentina, y esta es mi opinión, trata mal a los argentinos, eso es lo peor de mi país. Es como estar en tu casa y que todo el tiempo te griten, te escupan, te burlen. Es muy doloroso vivir en esas condiciones. Y te da mucha rabia cuando, a la vez, la gente de tu casa es de lo más correcta y afable con ciertos hijos de puta que le traen dinero. Pero la Argentina no es los argentinos, la Argentina como “puta fácil” a la que me refiero es la clase dirigente de mi país: políticos y hombres de negocios, y también buena parte de la supuesta fuerza intelectual. Seguramente hay excepciones, pero lo cierto es que aquellos que han manejado los destinos de la Argentina en las últimas tres o cuatro décadas supieron entregar a su pueblo por monedas. Y es triste, porque estamos hablando de un país que tiene recursos naturales, que tiene gente educada, que no está superpoblado, que todavía conserva una clase media imposible de imaginar en otros países latinoamericanos.
Lo que uno ve con este entreguismo continuo es que, día tras día, vamos cayéndonos en el olvido de quienes gobiernan y dirigen el capital y la cultura. Para que te des una idea de lo que te digo: mi mujer es descendiente de uno de los hombres de la revolución de mayo. En 2010 se cumplen dos siglos de esa revolución que sacó al virrey español del gobierno. Hace unos meses, llamó a casa otro descendiente de estos revolucionarios. El tipo está formando algo así como un “club de patriotas”. Pero eso no interesa, aunque está bueno para un cuento…
Lo que importa: el tipo le dijo a mi mujer, bromeando, que tenía ganas de que todos los descendientes de los revolucionarios de mayo firmaran una carta al rey de España pidiéndole por favor disculpas por lo hecho en el siglo XIX por nosotros los argentinos. Es patético. No el tipo, sino que se llegue, como argentino, a sentirse tan poco orgulloso de la historia que se inició tras 1810. Y es que la historia argentina es realmente asombrosa y triste, es una serie de episodios con unos pocos héroes y muchos hombres miserables, que fueron, lamentablemente, los que triunfaron.
Me preguntás también por cómo me gustaría que sea recibido el libro aquí en la Argentina y en Europa. Por lo pronto quiero que se pueda vender el libro en España y que aquí, si pueden, también lo compren por internet, y que me lean. Que para eso está. Para ser leído. Y sí logra gustar y, además, consigue otros fines, digamos que mejor.
Uno quiere que a los hijos les vaya bien y ganen campeonatos de lo que sea. Bueno, yo deseo también lo mismo con mi libro. Pero eso ya no depende de mí.

6. Siempre me ha parecido que tu escritura es rara y clásica. Y esto en el sentido de que es muy personal, que funciona como una especie de ventosa sobre sí misma, se abre y se cierra, se abre y se cierra. Será tal vez por ello que uno no puede dejar de acordarse de la tristeza y la sordidez de Onetti, la gozosa inutilidad de la poesía de los cuentos de Feliberto Hernández, e incluso de la demencia bulliciosa por vivir de Roberto Arlt. Incluso la soledad y el fracaso de Julio Ramón Ribeyro. ¿Te reconoces en estas influencias? Háblanos también de los autores que más te gustan.

No soy un gran lector. No quiere decir que no lea. Sucede que empecé a leer a conciencia hacia los 15 años, más o menos, y poco. Tengo amigos que se leyeron todo Salgari de muy chicos. Mi hijo mayor, en ese sentido, es un genio. Tiene diez años y sabe un montón de mitología griega y hasta puede describirte todas las escalas del periplo de Ulises hasta Ithaca. Yo a su edad quería ser conductor de televisión.
Todo este introito para decirte que pienso que uno escribe como escribe más a consecuencia de las faltas de lectura que por lo que leyó, y paradójicamente esa ignorancia a veces es fructífera, porque de ese modo evitás la tentación de copiar, porque no tenés a quién copiar, y si tenés suerte te puede salir hasta algo original.
Por supuesto, hay formas de contar y de escribir que son mías y que tienen detrás ejemplos contundentes de escritura. Así rápidamente te confirmo que sí, que Onetti y que Arlt, no sólo en mi escritura, sino en mi vida, fueron y son fundamentales. Siento una enorme empatía por esos dos tipos.
Philip Roth, Carver, el tan injustamente criticado Ernesto Sábato y Cheever también andan por ahí, creo que es evidente. Especialmente por Cheever experimento una conmoción sentimental difícil de explicar. Llegué a llorar de emoción leyendo, por ejemplo, “Adiós hermano mío” o Falconer. Chejov también me ha producido cosas parecidas. Esos digamos que creo que están implicados en mis intenciones literarias; ahora, si los honro o no, eso no lo sé, eso no lo tengo que decir yo.
Después hay escritores que siempre he disfrutado mucho aunque no me sienta tan influido por ellos. Naturalmente Borges está en el top ranking de mi corazón. Pero también está Antonio Di Benedetto. Y Bioy Casares, que se merece el cielo en el que nunca creyó solamente por La invención de Morel, una novela perfecta, perfectísima, un monumento a la estética y la inteligencia. Y Cortázar, qué joder, me pasé años, con este sí, años tratando de imitarlo, algo bastante típico cuando uno comienza a escribir y tiene a Cortázar entre sus lecturas.
Y no me quiero olvidar de otro escritor gigante: Manuel Mújica Láinez. Toda gente a la que no se parece, supongo, mi escritura, pero que tiene una producción increíble.

7. Hablando de semejanzas, Tulipanes… no creo que se pueda considerar un libro de relatos, sino una novela construida al modo de una sucesión de cuentos. Así como hacía Cheever en algunas de sus novelas. Se siente una clara conciencia de la estructura de relato de conjunto, y esto permite unos finales mucho más abiertos que dejan bastante espacio para el lector y garantizan la coherencia y continuidad de un relato más largo.
Además el libro vuelve del final al comienzo, y en este sentido se vuelve infinito, gana su capacidad de reinvención, como diciéndonos que este libro son muchos libros. Es un libro, me parece, que pelea definitivamente contra la vida,  igual que un mecanismo incombustible que nunca se detuviese ¿lo sientes tú también así?

Sí. Pero eso no significa que sea la única manera de sentir a Tulipanes…. Que cada uno lo llame como le parezca: libro de cuentos, novela fragmentaria, genialidad, basura… Hay cosas igual que son evidentes, y muchas vos, felizmente, las mencionás.

8 El personaje de Sisca en el último relato dice que “la nostalgia no sirve para escribirla”. Sin embargo, Tulipanes… está preñado de nostalgia, de una nostalgia vaporosa, incluso de una especie de nostalgia futura. Y aquí entra el tema de la paternidad. Tú eres padre. Todos los padres que habitan el libro parece transmitir su desdicha a los hijos, como si una vez la desdicha te tocase hubiese de ser eterna. La gestación de un libro es un acto de sublimación.
¿Cabe la posibilidad de que suceda lo mismo con los hijos, en el propio acto de educarlos?

Sisca dice eso refiriéndose a cierto periodismo, al periodismo que se enfrenta con la literatura, que hace de la nostalgia una cursilería, por eso Sisca se ataja, es un tipo muy inteligente, Sisca.
Ahora bien, el embarazo de nostalgia que presenta mi libro tiene su explicación, en primer lugar, porque creo que la literatura, como el tango, pueden y deben hablar de la nostalgia. En segundo lugar, hay nostalgia por lo siguiente: Tulipanes… es el producto de una serie incontable de fracasos personales. Detrás de las páginas de este libro hay, y no te miento, como seiscientas páginas que son pura basura, y antes que eso hubo una infancia felicísima y pura y un mundo lleno de gente buena. Y Tulipanes… recibió toda la consecuente carga de frustración de mi parte, como mis hijos lamentablemente reciben mis frustraciones y nostalgias junto a mis puntos positivos.
Eso no significa que carguen necesariamente con mi desdicha y que el día de mañana se la transmitan a mis nietos, pero hay cosas que son inevitables, tan inevitables como el fracaso y la felicidad que precede a Tulipanes….
Entre lo inevitable está que mis chicos también se planteen el problema de Dios, la existencia y la muerte. No porque yo les hable de eso. No. Sino porque tienen una sensibilidad especial sobre el tema y porque respiran el mismo aire que yo respiro.
Entonces pueden soñar con muertos, o pueden participar de la nostalgia por el futuro que yo siento y que ellos, sobre todo los más grandes, a veces sienten. Esa nostalgia por el futuro es como estar velando a los muertos que vendrán. Pero no todo es tan negro. También pueden verme vestido de princesa un sábado, o escucharme hacer voces, o simplemente sentir que los acompaño en sus días.
Yo no sé si con todo eso uno sublima. No lo sé. Sí sé que quisiera hacerles menos mal. Quisiera ser más bueno con ellos. Quisiera darles una seguridad económica que hoy no tengo. En fin, ser el mejor padre del mundo. Y uno es lo que no es, uno es lo que quiere ser, digamos, y hacia allí trato de dirigirme, con muchos inconvenientes, claro.

9. De Tulipanes… ya habían sido publicados algunos de los relatos en la revista HermanoCerdo. Sin embargo, reunidos ahora en libro y con la ordenación que tienen cobran un sentido nuevo y parecen haber sido escritos como una idea de conjunto.
¿El libro se armó a posteriori o ya lo tenías previsto tal cual se ha publicado?

El libro nace de una entrevista malograda que le hice a un tipo que hace armaduras samurai y es séptimo dan de karate. Ahí sentí un desdoblamiento, me sentí Zamudio, y comencé a conocerlo.
No era un buen momento mental para mí, no estaba muy bien. Así arrancó todo, con un samurai por un lado y conmigo por el otro sufriendo alguna alteración mental nada severa, pero muy molesta.
No me publicaron la nota, todo iba cuajando con la derrota de Zamudio, yo también vivía mis derrotas personales, y comencé una historia larguísima y triste que me sirvió de base para armar finalmente el libro: el samurai, claro, quedó fuera, pero por cuestiones técnicas.
Lo cierto es que siempre tuve la idea del conjunto, desde un principio. Pasa que en HermanoCerdo fui publicando algunos textos sin orden, e incluso sin corregir demasiado, para apoyar el proyecto, que es un gran proyecto; hay, de hecho, muchísimas diferencias entre esos primeros textos de HermanoCerdo y los finalmente publicados en el libro.
Ahora, el esfuerzo final de estructurar el libro se lo debo a Mauricio Salvador, editor de HermanoCerdo y un muy buen escritor, así como el título se lo debo a otro escritor al que admiro, Daniel Espartaco, que me sugirió que así llamara al libro, el libro se iba a llamar “Zamudio” a secas. Mauricio, por su parte, me dijo que debía armar el libro de una vez, me estimuló a que lo hiciera, y entonces me puse a pensar y, oh sorpresa, no fue necesario tanto esfuerzo, la estructura estaba, era evidente.
Meses después me escribió un editor catalán que había leído algunas cosas en HermanoCerdo. Y luego un asturiano. El catalán leyó primero el libro, le gustó mucho, pero ahí quedaron las cosas por falta de recursos. El asturiano directamente me dijo “te publico”, y bueno, ahí está mi libro editado por Universos.
Si algo me deja relativamente tranquilo es que no busqué publicar, no anduve con esa fiebre, ya no tengo veinte años, ya no puedo darme el lujo de esas fiebres. Un par de editores vino a mí, y eso, más el apoyo de un puñado de lectores, me dieron alguna seguridad o alguna certeza de lo que venía haciendo.
Digamos que no necesité, por suerte, coquetearle a nadie, quienes coquetearon fueron mis textos, y es importante saber que te publican por tus textos y no porque conocés a fulano o a mengano. Es importante que tus textos vayan adelante, que el autor sea nomás un nombre.
Es también una enorme felicidad que otros escritores que participaron en HermanoCerdo se sumen a la colección de la que participa mi libro. Confirma que el proyecto de la revista que hacemos con Mauricio Salvador (mexicano) y Javier Moreno (colombiano) realmente tiene sentido y calidad. Y todo sin recursos, por amor al arte, como se dice, y a los hombres y mujeres que dedican su tiempo a estas cosas.

10. Uno le perdona a Zamudio sus faltas, y creo que es porque uno se enternece con su debilidad. Justo por ello se le quedan a uno las ganas de saber más de Zamudio, ¿sabremos más de él en el futuro? ¿Qué planes de escritura tienes? ¿Trabajas ahora mismo en algo?

Estoy escribiendo, en algunos textos Zamudio está, claro. Y también está el samurai ése que alguna vez conocí y que no es igual pero que se le parece al samurai verdadero. Tengo entonces muy avanzado algo, algo con Zamudio, sí. Pero Horacio El Samurai Gómez también pisa fuerte y avanza.
Espero antes de fin de año tenerlo todo ya armado, pero ya se verá.

11. Más que el amor Tulipanes… viene a afrontar la conveniencia y la convivencia. Da la sensación que al crecer, al abandonar la infancia la infelicidad fuese la única realidad posible. En un momento Zamudio le espeta a su madre “ya no somos felices”. ¿Proporciona, al menos, la escritura esa necesaria felicidad?

Hay libros que dan felicidades y hay veces que escribir algunas cosas también da cierta felicidad. Como antes te decía, la literatura y la religión son del partido de la felicidad, pero de una felicidad que no es de este mundo. Y ojo, también cierto periodismo genera esa felicidad, ese periodismo es el de Operación masacre o el de A sangre fría y La hoguera de las vanidades.
Luego, de las felicidades de este mundo se ocupan el secularismo y el periodismo más difundido, ellos te dicen qué es la felicidad y qué no, pero yo ahí no puedo ser feliz, no me satisfacen.
Los suplementos culturales de los diarios, por ejemplo, me ponen nervioso. Tanto ego, tanta jactancia de críticos y escritores. Es inaguantable. No me aguanto ahora mismo respondiéndote todas estas cosas, me siento repelente.

12. ¿Cómo es esa historia de que tu abuelo introdujo el ultraísmo en Argentina, junto a Borges?

Así dicen los libros. Eduardo González Lanuza nació en Santander, pero de muy chico se vino a la Argentina con un número importante de hermanos y sus padres, esa historia la relata en un libro muy bueno y que fue premiado, que se llama Cuando el ayer era mañana.
Ya de joven, Borges se hizo su amigo. Y a través de una revista, que era más bien un pasquín, empezaron a agitar el mundillo cultural con el ultraísmo. Eran jóvenes y como jóvenes eran rebeldes, así sea difícil imaginarse a Borges rebelde. La amistad siguió hasta que fueron viejos, según tengo entendido.
Fue un buen poeta, Eduardo, y un gran biógrafo. Yo lo vi pocas veces, no tuve una relación estrecha, sino más casual, de encuentro en velorios o en contadas reuniones familiares. Creo que no le gustaría mi libro, y no es una crítica hacia él, sino una frustración que, junto con otras, me genera Tulipanes….

13. Dinos cómo se siente uno al ver por fin su primer libro entre las manos.

Raro. Como cuando tengo sexo, hay felicidad física, material, por las tapas duras, y hay derrota espiritual porque todo podría haber sido mucho mejor y más limpio, las dos cosas. Y más raro aún cuando publicás a miles y miles de kilómetros de distancia y en tu ciudad no hay librería que tenga tu libro.
Y después lo que también siento es un compromiso mayor por seguir escribiendo, lo que no es una sensación placentera necesariamente. Después no siento más nada, y no es desdén ni es una postura. Me seguiré muriendo igual y el recuerdo o el olvido de la gente con respecto a mí es algo inmanejable. Ahí siguen mis problemas: Dios, la existencia, la muerte, la salvación, mis hijos, el dinero para llegar a fin de mes, el colesterol y el tabaquismo.
Son demasiadas cosas, y un libro no puede tapar esas demasiadas cosas.

Ahora dejamos aquí el artículo de Manuel Rodríguez Rivero, aparecido en “Babelia”, el suplemento cultural de El País, y en el que también se cita ese libro hiperbólico y liminar de Inés Illán titulado “Armensallé del tejido y la escritura”. Además transcribimos el artículo, realmente brillante:

Por tres bragas, un libro

Ya estamos (casi) todos de vuelta. Asfixiados de calor, estupefactos ante lo breve de lo bueno (Gracián se equivocaba) y haciendo esfuerzos para controlar nuestros materiales psíquicos mejor de lo que lo hace Isabel Coixet con los cinematográficos en su Mapa de los sonidos de Tokio, esa película que podría haber sido hermosa si su autora no se hubiera empeñado en contarnos todo, todo, y el resto. Ya estamos aquí: con nuestros buenos propósitos de cambiar de vida, nuestros rostros menos tensos por el efecto balsámico del descanso, nuestra estima más firme por la frecuentación estacional del sexo tras once meses de cansancios a la vuelta del trabajo. Y es que en vacaciones hasta las parejas más sólidas se redescubren y se enroscan y copulan, lo que es prueba evidente de que sí hay otro mundo posible. En el planeta Libro, sin embargo, todo sigue más o menos igual. Contrastando con la prudencia que preside la rentrée francesa (“sólo” 659 nuevas novelas, incluyendo las traducciones), nuestros editores parecen decididos a conseguir el palmarés de la sobreproducción en el hipotético Guiness del oficio. No se dan cifras de conjunto (ya se sabe: la transparencia se considera pecado), pero a juzgar por las programaciones, las noticias de “apuestas” y los ejemplares de “ediciones en pruebas” que se amontonan junto a mi sillón de orejas, aquí sigue sin haber crisis. Y, además, siempre nos quedará nuestra proverbial capacidad de improvisación. Mi amiga Inés Illán, titular de filología latina en la Universidad de Oviedo y autora reciente de un libro singular y fenicio (Armensallé del tejido y de la escritura, Editorial Universo, Mieres), me remite una fotografía tomada por un amigo suyo en el mercadillo del Fontán, ese ámbito novelesco en el que Pérez de Ayala cifraba el comercio de “todas las murmuraciones y cuentos de la ciudad”. La foto es de un puestecillo de ropa interior barata, y en ella se muestra una mesa cubierta de montones de braguitas y tangas de coquetones diseños y atractivos colores. Junto a ellas, un cartel colocado sobre una pila de libros de poesía aún intonsos (quizás rescatados de un polvoriento almacén) grita a los posibles clientes: “Por la compra de tres bragas regalamos un libro”. No está mal como reclamo: tomemos nota para cuando se inicie el desfile de devoluciones desde la librería al almacén. O quizás habría que plantearse una alternativa: por la compra de tres libros (devueltos), un par de bragas. Al fin y al cabo, la nuestra (ya) no es una época trágica -como señalaba D. H. Lawrence en el incipit de El amante de Lady Chatterley-, sino tan sólo posliteraria. O eso parece.

Patético

Aeropuerto de Newark, Nueva Jersey, rebautizado tras el 11 de septiembre Newark Liberty International Airport (de él despegó el vuelo 93 de la United Airlines que acabó misteriosamente estrellado en un campo de Pensilvania). Un no-lugar inmenso y odioso en el que he tenido que combatir muchos tedios y tragarme no pocas humillaciones (a cuenta de la siempre manipulable seguridad) en los últimos años. Encaramados en altísimos taburetes frente a mesas que semejan setas de larguísimos pies, algunos viajeros esperamos el anuncio de salida de nuestro vuelo de vuelta mientras consumimos enormes cantidades de café aguado. La dama sesentona y elegante de la mesa vecina extrae de un bolso grande como el mundo un flamante Sonyreader, le da al botón de inicio, recupera la página en que se quedó, y se pone a leer uno de los libros virtuales almacenados en los entresijos tecnológicos de sus 283 gramos de peso y 300 dólares de precio. Los demás viajeros la observamos con envidia matizada de curiosidad. Ella, consciente de la expectación, sonríe suavemente, da otro sorbo al contenido de su vaso de papel, y sigue leyendo las líneas virtuales que le transmiten la que imagino historia inmortal. De repente, cuando ya no la estaba mirando, escucho un ruido sordo y, un instante después, una especie de lamento apagado. Observo a la dama en cuclillas junto al pie de su seta gigante, recogiendo del suelo el artilugio empapado de café, y tratando de reanimar, mediante la presión compulsiva de todos sus botones, la pantalla ahora obstinadamente ciega. Nadie abandona su mesa para ayudar a la dama, que, tras unos instantes, recoge el bolso y el cadáver electrónico y escapa del campo de setas, como huyendo de una vergüenza. Al poco, las mesas de mis vecinos se pueblan de libros con hojas. Me da la impresión de que los que los leen sonríen. Y hay quien deja caer el suyo y, luego, lo recoge y sigue leyendo. Hasta que los fabriquen irrompibles e impermeables estamos salvados, pienso con la patética esperanza del náufrago a quien una enorme ola acaba de depositar sano y salvo en la playa de la isla desierta.

Programa

Conozco a Elena Ramírez desde hace tiempo. La conocí enmendando pruebas y corrigiendo estilos en Alfaguara y Aguilar, y he seguido su trabajo en los últimos años como directora de Seix Barral, donde ha sabido conciliar con inteligencia los planteamientos de negocio de un gran grupo (Planeta) con un interés nunca decreciente por la literatura contemporánea (con una indisimulada querencia hacia la producción norteamericana). No todo lo que publica me parece bien, pero en todo deja su huella personal, algo que no siempre puede predicarse de los responsables de otros sellos literarios. En su programa para esta rentrée otoñal alternan grandes novelas (y recuperaciones) de los nombres señeros de su “fondo de armario” extranjero -Don DeLillo, Philip Roth, Kenzaburo Oé- con los últimos trabajos de autores importantes, como Lorrie Moore o Sebastian Faulks, y nuevas entregas de otros que han proporcionado a su sello pingües beneficios (como Sam Savage, el autor de la -para mí- insufrible Firmin) o llevan camino de convertirse en best sellers (como The Numerati, de Stephen Baker). En lo que respecta a la literatura española el trimestre seixbarralino también se presenta deslumbrante: además de la esperada novela de Antonio Muñoz Molina (La noche de los tiempos, en noviembre), y de un libro de relatos de Eduardo Mendoza (Tres vidas de santos, octubre), me llama la atención El mapa de la vida (septiembre), una nueva novela de Adolfo García Ortega en la que se cuenta una historia de amor contra el telón de fondo de la tragedia del 11-M. No puedo decirles más porque todavía no la he leído, pero aún conservo en mi recuerdo el buen sabor que me dejaron las dos últimas de su autor: El comprador de aniversarios (Ollero y Ramos, 2003) y Autómata (Bruguera, 2006).

Nos citan en “La Voz de Asturias” y nos gusta, por eso ponemos el enlace aquí, y el texto de Lluis Xabel Álvarez a continuación:

OCTUBRE / INES / “ARMENSALLE”

Al sol de este verano extendido un currante que arrastra bulto de peso se para a encender lo que a todas luces es un Montecristo -el cigarro puro-, tamaño cuatro. Le cuesta pero lo logra. Así está la crisis. Por contraste, a mí no se me despinta la memoria de estos días de Octubre: aquella Revolución de 1934. Se entrelaza el relato de las anécdotas familiares de cada quien con una versión de los acontecimientos cada vez más común y aceptada. El tiempo cura las heridas? Sin duda, pero exige cada vez más examen y verdad. Leyendo las anécdotas ajenas se da cuenta uno de hasta qué punto les pasa lo mismo a las propias: que lo que ha pasado en la familia, lamentable o glorioso, se transmite en forma de mito y de arquetipo. Es imposible mantener los detalles rastreros o casuales, que desvalorizan la efeméride. Yo quiero estar cerca de lo del 34 por algo que resulta obvio: que lo más antiguo cae más cerca de mi nacimiento que de mi presente. Sea lo que sea Octubre-34, revolución utópica, traición a la República, inconsciente afirmación nacional asturiana, episodio de la lucha de clases en España, ocurrió catorce añitos antes de mi orto. Si recuerdo desde hoy lo que me pasó hace esa cantidad de años, en 1994, es como si fuera ayer. Pero la pesada herencia del 34, en mi pueblo ´llangreanu´, me ha hecho viejo desde el inicio. Los clásicos lo decían de diversas maneras: “Nacemos viejos; hay que esforzarse por morir jóvenes”. Yo me esfuerzo en eso pero otras gentes lo hacen sin duda mejor que yo. Que la vida del intelecto es un camino hacia la juventud lo demuestra la trayectoria de Inés, dado que mayormente “Inés” es, en el ámbito universitario de aquí, Inés Illán, la filóloga, escritora y activista. Ella acaba de publicar “Armensallé, del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio” (Universos, Mieres). ´Armensallé´ significa ´libro´ y ´libre´ en romaní. Lo del manifiesto le viene a Inés de lejos: del casticismo conceptual de Agustín García Calvo. Como él exhibe su erudición grecolatina en un castellano descarado y chispeante. Resuenan Valle Inclán y García Lorca y la telúrica voz de las diosas madres y hermanas. Inés Illán se muestra plástica y flexible, abierta a los espectros de los asuntos y a todos los asuntos de los espectros. Es una futurista impenitente.

Con retraso imperdonable colgamos una reseña aparecida en La Voz de Asturias sobre la presentación del libro Armensallé del tejido y la escritura de Inés Illán Calderón.

Se puede disfrutar aquí, pero la transcribimos también a continuación:

Palabras libres o entretejidas

Regina Buitrago

Tenía que pasar un examen de un sueño de la memoria” explicaba la profesora de Filología Latina de la Universidad de Oviedo, Inés Illán Calderón, en la presentación de su libro Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio . La cita, el viernes a última hora, en el Aula Magna del Edificio Histórico. Gran éxito de convocatoria y de asistencia, con numerosos representantes de la cultura asturiana y, de la política como el consejero José Luis Iglesias Riopedre, de la Universidad: el exrector Teodoro López Cuesta, la catedrática Josefina Martínez, el profesor y amigo José Luis García Martín, el decano de Geografía e Historia Octavio Montserrat, la profesoras Lola Mateos, Consuelo Taurá y Asunción García-Prendes, el profesor jubilado José Luis Atienza y el exvicerrector Miguel Angel Comendador por citar algunos.

Por parte de Tribuna Ciudadana, entidad de la que Illán fue directiva, su presidente Alfonso Toribio Gutiérrez, su secretario Javier Gámez, el músico Isaac Turienzo y Lola Lucio. También asistieron algunos de sus alumnos, como Lucía Vega, Valentín González y Olaya Fernández; en los bancos del Aula, los poetas y escritores Javier Almuzara y Ana Vega y la amiga, entre muchas, de la autora, Carmen Urrutia, entre otros asistentes.

A la llegada al evento, los moteros se manifestaban en la esquina de la Escandalera contra la Ley de Montes y en la capilla de la Universidad se celebraba una boda con pétalos, confeti y coches antiguos. El patio estaba animadísimo. La directora del Area de Actividades Culturales, Marta P. Toral fue la encargada de conducir el acto en el que también intervino el editor de Universos y escritor, José Angel Gayol. La glosa, crítica, descripción, repaso, extracción de párrafos, comentario de texto y demostración de haberse leído el libro, corrió a cargo de Pedro de Silva.

Los barrenos espaciados de la manifestación, el sonido del carillón de la Caja de Ahorros y las toses y crujidos de las bancadas del aula indicaban que la presentación-crítica literaria se estaba alargando demasiado. No procede que la intervención del glosador-a supere en tiempo a la del autor-a. Ultimamente estoy asistiendo a varios eventos de este tipo en el que la figura que precede al protagonista, se excede en despliegues apabullantes de verborrea. Armensallé significa, en romaní: libro libre . El editor lo definió, cariñosamente, como “auténtica gamberrada intelectual”. Una mezcla sorprendente de texto y fotografía realizada por la estupenda maquetadora Marina Lobo. En él, la autora, con la que comparto apellido, hace coincidir a la Alicia de Lewis Carrol, con la Celia de Elena Fortún, la Letizia princesa y a la gitana Aciscla. “Como roja española”, bautizó De Silva, “este libro es la travesura que siempre quiso hacer”. En su obra, Illán quiso conectar el tejido (tela) con la escritura. Según afirmó, es “un libro hecho a conciencia”. Por mi parte, yo sólo me atrevo a recomendarlo vivamente.

La revista digital de cultura y pensamiento  “Rebelión”, ofrece el anuncio de la publicación de Armensallé del tejido y la escritura (Manifiesto fenicio) de Inés Illán, aquí.

Transcribimos la nota, no obstante:

Novedad editorial
“Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio” de Inés Illán Calderón

Este armensallé (término romaní que significa «libro» y «libre») pretende invitar al lector común y a las autoridades políticas, a pensar en la posibilidad de que en las ciudades se cree un espacio público, un lugar físico para la reconstrucción colectiva de la historia de la lectura, la escritura y el tejido.

En los tiempos de la Información, el Conocimiento, la Innovación tecnológica, se requiere una modificación general de los hábitos político– culturales. Para ello es necesario habilitar nuevos espacios de sociabilidad, otras instituciones culturales, otras metáforas y otros modelos de aprendizaje: tejer y destejer con muchas agujas al mismo tiempo, leer y escribir del revés o al bies lo ya sabido, alterar la arbitraria división del trabajo de la inteligencia (Ciencias, Letras, Artes) así como los esquemas académicos y empresariales de investigación.

La asociación texto / tejido, escritura / lenguaje / tejido es universal y sus metáforas antiguas y permanentemente vivas. Partiendo de ahí se sugiere que el tejido podría ser el arte «antecesora», la casilla vacía de la escritura, su condición misma. En consecuencia y con ese pre–texto se propone la edificación de un lugar inédito para seguir en paralelo la historia de las dos artes en relación con la memoria, los recuerdos y las experiencias individuales



Inés Illán Calderón, nació en Don Benito ( Badajoz). En la Universidad de Madrid se licencia en Filología Clásica. Fue Becaria del CSIC. En el curso 67–68 llega a Oviedo en cuya Universidad da clases desde entonces. Se doctora en 1981 con la tesis Aspectos del vocabulario político en los Anales de Tácito. Desde el curso 1982-83 es Titular de Filología Latina.

No se considera especialista ni experta en nada, sólo una estudiosa indisciplinada, de profesión «sus labores»: sacar punta y tirar del hilo, especialmente en torno a la historiografía, retórica, literatura científico-técnica y tradición clásica, cuestiones sobre las que ha impartido algún curso de Doctorado, conferencias o charlas. Ha participado en varios Congresos con intervenciones orales y escritas de las que algunas han quedado registradas como hebras sueltas en breves publicaciones. Ha intervenido en movimientos político–sociales de resistencia crítica al estado político–militar de las cosas y sus avalanchas sucesivas. De ello ha ido dejando constancia en hojas volanderas y en la prensa escrita, especialmente en el diario La Nueva España.