La lucidez literaria Simón Viola, de la que hablábamos en la anterior entrada, es tan grande como nuestra gratitud por esta reseña publicada en el diario “Hoy” de Extremadura. La reseña dice así:

DIRECCIÓN BROOKLYN

(Diario 2006-2007)

Hilario Barrero

Mieres, Universos, 2009, 309 págs.

Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde en la actualidad da clases de literatura. Autor de un libro de poemas, In tempori belli (1999, premio de poesía “Gastón Baquero”), ha publicado hasta ahora los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005) y Días de Brooklyn (2007), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe.

Ahora ve la luz Dirección Brooklyn, un nuevo diario elaborado durante 206 y 2007 que alterna instantáneas del entorno urbano con impresiones viajeras y recuerdos familiares. Gran parte de las entradas se localizan en el entorno más próximo al escritor, el barrio de Brooklyn, una de las “ciudades” que configuran la gran metrópoli estadounidense. La asistencia a óperas y conciertos, los cafés y librerías de viejo, el callejeo por avenidas y parques, el encuentro con vecinos y amigos se traducen en docenas de estampas urbanas que radiografían con precisión y belleza una ciudad en constante transformación repleta de sorpresas y contrastes. Especial interés tienen los numerosos retratos captados en el metro: gentes de toda condición, ensimismadas en sus mundos interiores, cuya proximidad física no hace sino acentuar más su lejanía (cultural, afectiva, humana): “Las dos jóvenes judías van rezando en el metro. Van sentadas tan rectas y tan hieráticas que parecen dos estatuas de mármol vivo [...] A su lado una mujer afroamericana con una peluca rubia estilo Verónica Lake lee un libro titulado Hidden Intentions”.

Frente a este territorio suburbano de las clases medias, las estaciones de autobuses suponen un descenso social y una degradación de la condición humana. Nos encontramos entonces en la demarcación de los derrotados, de los expulsados del sueño americano: “cuerpos en el suelo acurrucados, arropados en papel de periódico, en telas sucias, en sacos, fardos de oscuridad”

La atención a la luz que a la vez que ilumina un paisaje urbano de rascacielos y parques lo transforma según la hora del día, las descripciones de amaneceres y atardeceres introducen de rondón el motivo del paso insoslayable del tiempo, del declive físico (como cuando el narrador asiste a una maratón que ya solo se puede contemplar), del recuerdo de pérdidas personales y afectivas.

Dirección Brooklyn es, ante todo, el daguerrotipo de una vida impulsada por la más noble curiosidad intelectual, atraída por la crueldad y la belleza del mundo, a la vez que erige, indirectamente, un retrado del propio narrador, pues “un diario es la huella dactilar del escritor. Por mucho que el autor trate de fingir, un diario siempre dice la verdad, unas veces con palabras, otras con silencios” [José Luis García Martín], pero también participa de la condición del libro de viajes, pues Hilario Barrero es un empedernido paseante de la ciudad de Nueva York y de otras ciudades americanas y canadienses (Boston Miami, Montreal) Con él conoceremos asimismo varias aldeas asturianas en una estancia estival o un Toledo asociado al escritor navarro Félix Urabayen, una ciudad que aparecerá de modo recurrente en el recuerdo unida a una infancia en la que se entrecruzan la casa familiar y las viejas historias de la guerra civil, el padre autoritario y la madre desvalida, y por encima de todo ello, la persistente sensación de claustrofobia en aquella España enlutada y procesional de posguerra.

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