Al enfrentarme a la lectura de este primer libro de Inés Toledo (Oviedo, 1973), El final del cuento, me han venido a la memoria algunas de las performances que la compleja y controvertida artista francesa del body art, Gina Pane, llevó a cabo a lo largo de su vida. En sus representaciones la artista se autoinflingía heridas con cuchillas, tachuelas, espinas… que provocaban en el espectador sensaciones encontradas: aversión y atracción ante esta inmensa metáfora del dolor que, en caso de Gina Pane, era su cuerpo autolesionado.
En El final del cuento, libro que se mueve entre el verso y la prosa en perfecto equilibrio, Inés Toledo nos ofrece unos textos en donde la autora, distanciada de los mismos y con una causticidad que a veces llaga, va desvelándonos los pliegues de unas heridas autoinfligidas, si no en el cuerpo, sí en el alma.
Estructurado en seis partes: “Cardiologías”, “Heraldos negros”, Hábitats”, “La estirpe de Lilith”, “Teorías evolutivas” y “Final”, nada en El final del cuento nos deja indiferentes, ni siquiera las citas que abren cada parte del mismo, que están como imbricadas en los textos. Si no, juzguen la de Simone de Beauvoir con la que se inicia “La estirpe de Lilith”: “No se puede jugar a ser una princesa con un paño ensangrentado entre las piernas”.
La prosa y la poesía de Inés Toledo se asientan en el dolor. Dolor que la autora utiliza como práctica de supervivencia. Es como si el reconocimiento del mismo uniera los trozos rotos y dispersos del corazón que nos presenta en el poema “Sístole- diástole” y
aliviara herida profundas a la “luz de la inteligencia”, como dice Javier Almuzara en el epílogo del libro.
Los poemas y los cuentos van revelándonos el complejo mundo por el que se desenvuelve la autora. El caos interior que evocan los textos nos es vertido mediante una lucidez descarnada, aséptica y reveladora. Inés Toledo no nos facilita ni un momento de espacio para la complacencia. El final del cuento se mantiene dentro de esa poética del dolor, de la que ya habíamos hablado antes, desde el primer poema que abre el libro, hasta el último. Textos cargados de una intensidad tan revulsiva que los lectores no podrán obviar ni olvidar fácilmente: ”Las uñas del ángel / más pálido del cielo, / de tanto sujetarme, urbanizaron / mi cuerpo de señales. / Por eso sé, desnuda, en el espejo, /que ya puedo marcharme a donde quiera, / irme al infierno, / porque no tengo pérdida.” (“Señales de tráfico”, pág. 105)
Inés Toledo no nos pone vendas en los ojos. Nos lleva por su tierra de niña desterrada del paraíso y nos cuenta historias de princesas desoladas que saben que el final nunca se cierra con un “fueron felices y comieron perdices: “Me desperté sin beso / en un castillo blanco, rodeada de espectros. / Y, no sé bien cómo, / abrí los ojos. / Fea y despierta, nada / se parecía al cuento. Excepto el bosque. / Dudé de mi existencia entre los árboles, / pero aún así corrí durante meses / huyendo de mi lecho, / de los sueños malditos, / los pies entumecidos, tropezando en las sábanas… / Todo / fue aliento helado de fantasmas. / Ahora he llegado al final, y no hay perdices. / Qué más me da si soy una princesa, / si todos los espejos / me saludan de nuevo, encuentro besos, / abrigada en mi cama / duermo, despierto desnudándome de miedo…/ Y otra cosa: domino / las ruecas, las agujas, / y el estremecimiento cerval que me produce / saber que hace cien años / yo misma fui la bruja. / Esta es la historia, niños. / La historia en la que vivo.” (“Bella despierta” pág. 75).
Mientras leemos El final del cuento y avanzamos por los recovecos del corazón de la autora, tenemos la impresión de que, en cualquier momento, tropezaremos e irremediablemente nos precipitaremos en el abismo. Pero no. Sabiamente Inés Toledo nos va reconduciendo al camino seguro a través de la serenidad que entraña la asunción de un dolor que sabemos liberador y catártico y que, como se dice en la contraportada del libro, hace que el lector descubra también “el lado amable de los clavos.”
El final del cuento no ha terminado. Con él ha nacido una poeta, una autora con una voz personal que sabe poco de convencionalismos y mucho de las agridulces heridas que proporciona el existir. Si César Vallejo levantara la cabeza, sin duda admiraría a Inés Toledo. El estigma de su poesía de dolor les uniría. Ustedes compren el libro, léanlo y, si no les conmueve de alguna forma, es que están muertos…

© Herme G Donis

Reseña publicada en “Clarín” nº73, Enero-Febrero de 2008