Recibes un sobre. Lo abres, como abriste previamente el portal, como abriste el buzón, como abriste la puerta de tu casa y como abres ahora el sobre que te envían mientras avanzas ya por el pasillo, sin quitarte aún el abrigo, sin quitarte aún los zapatos, ni el cansancio, ni aquel rumiar sobre cualquier pasión del día que te rondaba aún mientras caminabas las últimas manzanas. Abro el sobre.

El título del libro habla del final de un cuento, pero sabes antes de abrirlo que contiene versos. Los libros de poemas se sienten de inmediato, se huelen a distancia. Como si los dedos apoyados en su portada quemaran ya de una forma distinta. Creces, cumples años, conoces la muerte ajena y la enfermedad propia, controlas tus emociones, crees menos en los milagros, incluso a veces piensas que eres menos romántico y confiado que antes, pero tus manos siguen temblando cada vez que sientes la proximidad de unos versos. Y más aún si se trata de un autor o autora desconocida quien acompaña la promesa. Me quito el abrigo.

No hay nadie en casa, estamos a solas. Toda lectura es una historia de amor que comienza. Que necesita intimidad. Concentración, lumbre, alas, pértiga. Una ilusión sagrada que dura muy poco luego, la mayoría de las veces, como los encuentros y los dioses que más prometen. Abres por fin la cita a ciegas por cualquier página, te invitan de pronto a Morir de Amor en Cinco Pasos, e intuyes de inmediato que ahora toca la apertura más difícil de todas: abrirse por dentro. Tomo asiento.

Uno le rodeó los hombros al Otro con su abrigo, el  Otro parecía la persona más desvalida de la tierra cuando se encontraron. Uno le abrió su casa… Y sigo leyendo, estrofa a estrofa, hasta llegar al anunciado quinto paso para morir de amor, pero en el cuarto siento ya un picor en los ojos, como si alguien cortara cebollas con el filo de un verso o la punta de un cuchillo en algún lugar del salón, y en el quinto agonizo al compás del poema, porque han pasado ya cinco meses de la historia, dice quien la escribe, y aquel Uno –que ya soy yo, irremediablemente- agoniza, desnudo y tiritando. Muere de frío, de hambre y de sed… Tanto, que hasta para exhalar el último suspiro le falta el aire… Cierro el libro.

Pero un segundo después lo abro otra vez. Sabía de antemano que lo haría, como se abre siempre de nuevo todo aquello en lo que al salir dejaste una parte de ti. Tu edificio, tu buzón, tu pasado, tu casa. Y yo había cerrado el poemario, es cierto, pero había dejado en aquella página olvidado el dedo pulgar –que es el más carnal marcapáginas cuando se leen los libros-, y por allí volví a entrar de inmediato en el pasillo, la intimidad y el vértigo de quien ya me entregaba a manos y uñas llenas –de hoces, de arañazos, de piel, de sensibilidad, de versos- las señas acantiladas  de una insomne sucesión de poemas a mitad de camino entre un puñado de lazos rotos y un sinfín sin embargo de nuevas ataduras haciéndose a la vez en otro lugar del corazón, porque eso somos al fin y al cabo los individuos de esta bendita, extraña y complicada especie que avanza sólo a golpes de hacerse y deshacerse y volver a rehacerse. Bebo agua.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien cuyo nombre no puedo escuchar sin un escalofrío… Recuerdo un momento aquellos versos de Luis Cernuda y me dejo caer de nuevo hacia el vacío que acompaña estos poemas y prosas poéticas de Inés Toledo, aunque lo hago con más calma, porque sé ya a estas alturas de lectura y comunión poética que estoy ante una poeta de las que sirven el frío acompañado del paño que lo abriga, pues al final de cada una de sus caídas emerge siempre el mullido e inesperado armisticio de unas horas o el color de unas adelfas que amortiguan el vértigo, o lo doblan, pero en todo caso en una dirección más amable, más humana, más nuestra, porque existe también la belleza del abismo y ya Adonis, en uno de sus versos más celebrados, invitaba a lo jóvenes poetas a mezclar siempre la tos con el paraíso en cada uno de sus poemas. Me pongo de nuevo el abrigo.

No, no voy a salir de casa, pero me siento así más a gusto ante este descarnado escalofrío. Arrebujarme en mí mismo mientras me adentro ya en todo el temporal y los aullidos que estaban aún por llegar, y la forma sin embargo que esta autora tiene de doblarlos poco a poco y dejarlos luego sobre la silla de cada uno de sus poemas, como se dobla la ropa o se doma a los lobos que uno más teme. O más quiere. O ambas cosas a la vez y a la vez ninguna de ellas. Respiro hondo.

Poesía como queja, como miedo a la nada, como acta de sombras, pero poesía también para rastrear y urdir la armonía, las ganas de sentirnos vivos y esas fuerzas que a veces nos faltan y que milagrosamente nos devuelve la insospechada belleza que salta y sobresalta de repente desde el lugar, la emoción, la persona o el objeto más inesperado de todos. El lado amable de los clavos… O ese cisne que, antes de hundirse, es capaz de interrogarnos… Cierro el libro.

O lo cierran, mejor dicho, las palabras de Javier Almuzara apuntalando en certero epílogo la voluntad de ordenar el caos que late en cada poema de Inés Toledo. Una poeta que ha escrito con este libro el final de un cuento, pero también la primera piedra de una carrera poética que empieza la casa por el mejor tejado posible: el don del vuelo.

Creces, cumples años, crees menos en los milagros, incluso a veces piensas que has perdido el don y las ganas de descubrir voces nuevas, pero tiemblan tus dedos aún cuando llega un poemario desconocido a tu buzón, y de todas las maneras que existen de llegar a casa sigues pensando que cada una de las más hermosas es hacerlo sin duda con un buen libro. Suena al fondo la puerta. Llega alguien.

 

Reseña publicada originariamente en La Nueva España, en su suplemento Cultura, el jueves, 6 de marzo de 2008.