Hay una serie de autores jóvenes en los que la frialdad aparece como un rasgo notable de su escritura, tanto por su temática como por el tratamiento escéptico y distanciado que hacen de la misma, y, al mismo tiempo, por el desapego de los recursos estilísticos tradicionales que observamos en su prosa, ofreciendo al lector unos escritos desnudos, descarnados; muchas veces, además, dolorosamente cerebrales. Los escritores del siglo XXI han leído; tienen la perspectiva peculiar de un siglo desastroso como el que dejamos atrás, en el que la guerra no dio respiro al hombre ni a su reflexión sobre él mismo; se alimentan de las diezmadas despensas posmodernas; y sufren, en distintos grados, el problema de la identidad, desde el momento en que todas las creencias religiosas, éticas, políticas o nacionales que vertebraron la generación de los padres de estos autores se han puesto en tela de juicio, lo que, a su vez, ha conducido a una redefinición de los roles del hombre y la mujer que acentúa ese problema identitario. La economía y su orquestación del culto la imagen se han convertido en el gurú de referencia de nuestros jóvenes. En nuestra literatura, como digo, no es difícil encontrar autores que parecen niños prisioneros de la Reina de las Nieves, el personaje del cuento infantil de Hans Christian Andersen (1805-1875), lo que no supone un demérito sino una constatación estética y tal vez ética. Cabe recordar cómo comenzaba este cuento: “Atención, que vamos a empezar. Cuando hayamos llegado al final de esta parte sabremos más que ahora; pues esta historia trata de un duende perverso, uno de los peores, ¡como que era el diablo en persona! Un día estaba de muy buen humor, pues había construido un espejo dotado de una curiosa propiedad: tolo lo bueno y lo bello que en él se reflejaba se encogía hasta casi desaparecer, mientras que lo inútil y feo destacaba y aún se intensificaba (…)”.

En Ana Vega (Oviedo, 1977), la gelidez alcanza su máxima expresión. El Cuaderno Griego es el primer libro de la escritora, en el que se recogen una serie de aforismos y relatos que escribió en su momento en un cuaderno en blanco regalo de un viaje a Grecia. El clima al que nos transportan sus páginas se aleja, sin embargo, del generoso calor mediterráneo para invitarnos a caminar por una estepa displicente, rigurosa, interminable, junto al No muerto, su alter ego. Además, encontramos unos cuantos poemas que nos sorprenden a lo largo de la lectura: “La luz se ha apagado/ en el cuarto,/ no hay nadie./ La oscuridad te deslumbra/ como una piedra preciosa./ Se te clava en todas partes./ Te invade ese presentimiento/ de las cosas muertas,/ los muebles viejos./ La llegada de ese determinado/ momento/ en el que todo ha sido./ Ya nada te pertenece”. Son poemas que la autora va dejando caer como para iluminarnos el camino, casi milagrosas auroras boreales.

Tal y como otros parecen cincelados en mármol, estos aforismos están cincelados en hielo. “Dinámica del frío” es la primera parte del libro, la que reúne los aforismos y que retorna posteriormente, alternándose con la sección de los cuentos titulada “Sombras”. Y resulta apropiada esta idea de retorno, pues la propia autora desea lo que Nietzche a sus lectores para estas reflexiones duras, buen diente. De este modo, Ana Vega demuestra sabiduría en la dosificación del material que nos entrega, ya que, si consideramos la lectura de este libro un camino, los cuentos nos salvan de la extenuación a la que nos lleva en su recorrido por la realidad más expuesta y desarropada. Las ficciones que se intercalan inciden en el color, y en ellos se aprecia agilidad, vigor y una ausencia de retórica que las convierte en esenciales. “Instinto”, “Chocolate azul”, “Transportador de Ángulos”, “La decisión” o “Papá vuelve a casa” son ejemplos perfectos de que nos encontramos frente a una escritora que, como las mejores plumas, se sale del tópico e introduce el cuchillo en la herida de la realidad.

Un libro breve pero denso, con puertas a otros escritores y directores como Marguerite Duras, Herman Hesse, Albert Camus, Giusseppe Tornatore, Julio Médem, Kafka… El Cuaderno Griego es un ejercicio sobre la soledad, el dolor, el sufrimiento de las mujeres y la superación, afrontado con valor y humanidad. Indispensable.

 

Reseña publicada originalmente en el periodico La Nueva España, en su suplemento Cultura, jueves, 25 de septiembre de 2008.