La Web Solo de libros ha realizado esta reseña de La vida misma:

Aunque pueda parecer que es una moda reciente, lo cierto es que la escritura de diarios ha sido y es una de las actividades literarias más practicadas, si bien no es la mejor considerada por algunos, ya sea por la calidad literaria que se le atribuye (y que depende siempre del genio del escritor, y no del género escogido) o por el interés que se espera de ella. Jose Luis García Martín es quizá, junto con Andrés Trapiello, el escritor que ha dedicado la mayor parte de su producción a esta actividad narrativa.

Quizá es complicado entender qué tiene de interesante el diario de alguien, sea escritor o tornero fresador. En realidad, el interés radica en la mirada que el escritor ostenta frente a la realidad y aquello que le rodea, la originalidad que puede extraer de todo lo que los demás no percibimos o pasamos por alto. No se trata de poner por escrito sus —nuestras— rutinas, sino de que éstas muestren lo innominado, lo entrevisto.

En este sentido, García Martín hace gala de su talento para la poesía en cada entrada de este diario que mantiene desde hace casi dos décadas. Entre sus páginas se dan cita sus aficiones, sus viajes, sus manías, sus conversaciones, sus lances (literarios en algunas ocasiones, personales en otras), sus amoríos, sus fantasías… todo lo que hace de unos días cualquiera algo luminoso y brillante. No en vano el título del diario, “La vida misma”, ya hace referencia a ese acontecer mundano de las obligaciones y las rutinas.

Y nadie más rutinario que José Luis García Martín, que acude con puntualidad a sus clases, a sus reuniones y a sus tertulias, pero también a sus escapadas italianas o lusas, a sus devaneos quizá no siempre imaginarios o a sus pensamientos aforísticos. Como éste, que titula «Insaciable vanidad»:

Como la tengas demasiado tiempo encerrada en casa se vuelve insoportable. Hay que sacarla a pasear de vez en cuando; siempre bien sujeta y, a ser posible, con bozal porque acostumbra a morder a todo el que se pone por delante. Pero nada le gusta devorar más que la propia mano que le da de comer.

Sin embargo, no hay nada de cotidiano ni de vulgar en este diario tan, por otra parte, rutinario. Las cosas más irrelevantes y mundanas, conversaciones, lecturas, charlas o paseos se convierten, gracias a la hábil mirada del escritor, en universos que se abren para el lector; a lo largo del libro asistimos a las revelaciones de lo intrascendente, a la gracia que se esconde en algo tan nimio como contemplar a sus sobrinos corretear por el salón.

Quizá por eso, por esa magia que sólo trasciende y asoma a la superficie cuando la sutil prosa de García Martín lo permite, la lectura de “La vida misma” (como de sus otros diarios) es más que una lectura: es casi un viaje de conocimiento, de uno mismo y de lo que le rodea. Un viaje amistoso, tranquilo, con la morosidad de una vida cualquiera en cualquiera de sus días, pero lleno de descubrimientos felices y minúsculos. La mejor recompensa después de leer estos diarios no es conocer mejor al autor, ya que, por otra parte, su máscara narrativa es evidente; el premio estriba en comprender que las pequeña cosas, los detalles ínfimos, son los que nos conforman como personas.

Con razón está elegida la única y solitaria frase de la contraportada: «Los únicos amigos a los que un verdadero diarista no traiciona jamás son sus lectores.» Quizá “La vida misma” no esté repleta de grandes tramas ni de grandes historias, pero a través de su aparente sencillez descubriremos que de lo que sí está llena es de grandes verdades.