Una reseña de Javier Lasheras del libro de Natalia Menéndez.

Original aquí.

La editorial Universos nos ofrece el último libro publicado por Natalia Menéndez. Aunque considerando que Restos de un naufragio es la obra premiada en el año 2006 con el IV Premio de Poesía Nené Losada Rico y que posteriormente ha publicado otros dos libros, tal vez sea lógico pensar que no es el último que la autora ha escrito.

Fundamentalmente, el libro aborda la historia de un naufragio sentimental en el que ya en los primeros versos la autora se encarga de presentarnos sin ambages la personalidad del sujeto poético: Yo me quedo sola y te recuerdo. / Soy los pétalos / entre las páginas de un libro, / una montaña recién llovida, / un océano de luz entre los brazos.

Pero lo que más destaca es el riesgo que asume para contar una historia a través de los treinta y cinco poemas que constituyen el libro y en donde la idea de narración se apuntala por el tono de monólogo teatral que a veces logra. Además, la ausencia de títulos en los poemas, proporciona un equilibrado encadenamiento de toda la historia desde el inicio hasta el final del poemario. En este caso no seré yo quien dude de esta opción. En primer lugar porque esa es la decisión de la autora y en segundo porque una apuesta por titular cada poema tal vez hubiera dificultado más el tránsito en las emociones y las imágenes que Natalia Menéndez ofrece al lector. Así, no sólo va construyendo el desgarro, el desamparo y la ausencia con la simbología del rastro del equipaje sentimental que la persona amada deja, sino también con las texturas veloces de quien desvela una confidencia urgente.

Y sin embargo, Lo que hoy queda de aquel día / es sólo el misterio de la pluma, la tinta y las palabras. Es decir, una poesía (una experiencia) concebida no sólo como terapia, sino también como conocimiento y, en ocasiones, transformación del mundo exterior e interior.

Es cierto que algún poema parece quebrado, como Él nunca… en el que se pierde su hilo conductor interno, esa falta de relación entre el inicio, la transición y el final de su contenido, no dejando otra opción al lector que una interpretación excesivamente personal y a buen seguro inapropiada para la propia autora. Otros, como La playa…, parecen aislados del conjunto. Esto sólo va a provocar una sensación de montaña rusa, con sus llanuras, sus curvas peraltadas y esas emociones que no siempre llevan al corazón a desbordarse por la boca. A esta idea contribuye también que la voz de la narradora va mostrándose dulce o seca, como si la frontera de la pérdida todavía no se hubiese materializado. Y con todo, van haciéndose visibles, emergen de repente, los mejores versos incardinados dentro de Nostalgia…, Siempre… o Las aves fugaces…, mezclándose con otros que ayudan a comprender tanto los motivos y caracteres de los personajes como el argumento y la peripecia narrativa. Así podemos entender Nos equivocamos…, Ahora…, Soy la guardiana… o Su montaña…, entre otros. Pero todo este rompe piernas poético merece ser andado cuando al fin la historia despega: Le seguí… es un buen ejemplo de lo mejor de este libro, un contraste muy bien logrado entre el tedio y el deseo. Sabiéndote… contiene una imagen poderosa: Porque un rostro es la metáfora / que aún arde en mi memoria. Lo que la pluma… convence en su música y en la letra. Sé que he estado… muestra la contundencia de la pasión amorosa cuando se vuelve al lugar del crimen.

En definitiva, una historia bien esculpida que supera el riesgo asumido por sus logros puntuales —materializados más en imágenes que en ritmos y sonidos— así como por su vocación de voz clara e inteligible, bien escrita y compuesta en la mayoría de las ocasiones. Todo hace pensar que, junto con sus otros dos poemarios, Las virtudes cardinales y La nostalgia del caníbal, Natalia Menéndez es una voz que ya augura nuevas y atractivas construcciones. Una magnífica noticia para los años que vienen.