En el suplemento de Cultura de La Nueva España, José Luis García Martín firma una reseña sobre “Armensallé” de Inés Illán que se puede ver aquí.

No obstante, transcribimos la reseña:

Socráticas gitanerías

Una mujer, cierto hermoso día de primavera en que ha llovido y ha lucido un doble arco iris, se asoma a la ventana. Entre la gente que camina sin prisa por el muro de San Lorenzo, le llaman la atención tres muchachas que charlan animadamente. En seguida reconoce a dos de ellas. Una es Alicia, la criatura de Lewis Carrol, esa Alicia que «en tiempos de regiones devastadas, de estrecheces y oscuridades de pensamiento, le mostró en un libro de pastas amarillas y dibujos extraños, un País de las Maravillas tan real y matemático como la vida misma de la gracia y el talento». Otra es Celia, la Celia de Elena Fortún, «esa niña de Madrid que tenía una miss o institutriz inglesa y que iba con su lindo uniforme a un Colegio de monjas en el que se aprendían buenos modales y se jugaba y se hacían excursiones en bicicleta y se hablaba francés, que era otra lengua, otro mundo, otra historia y otras formas de vida».

La tercera se parece a doña Letizia y efectivamente es la Princesa de Asturias en persona. Y la mujer que las ve venir desde una ventana, y luego se acerca a ellas (durante medio libro dialogarán las cuatro sobre cuestiones de varia hondura), es Aciscla, una gitana que no sabe leer ni escribir, pero que se las sabe todas.

¿De qué les habla Aciscla a las tres muchachas? Pues de un empeño suyo que lleva rumiando muchos años, un «Proyecto symploké o ABCD de ideas para la construcción de una morada de las letras». Tal proyecto pretende valorar debidamente, «mediante la observación crítica de sus materiales, formas y funciones históricamente consolidadas», a esas artes civilizadoras por excelencia que son el tejido y la escritura.

Con creciente asombro leemos este libro que es y no es un libro, este Manifiesto Fenicio en que Inés Illán compendia todos sus muchos saberes y lo hace entremezclando los modos universitarios de la cita y la continua nota a pie de página con los de la fantasía, el capricho y la real gana.

Con creciente asombro y con alguna irritación. El lector que busque certezas, el político que quiera recetas para llevar a su próximo programa electoral, se sentirá al principio animado y pronto desilusionado. Inés Illán juega con nuestras expectativas, dice y no dice, cuando esperamos una fórmula magistral, ella se sale por bulerías o parodia alguna conocida canción: «Mirad mi texto tatuado / por una letras que ni sé».

¿Un libro de humor? Si tenemos en cuenta que por sus páginas danza Antonio Gades (a ratos disfrazado de Bill Gates) de la mano de un Ministro de Cultura, podríamos pensarlo, incluso que se trata de una broma.

Pero no, no es una broma, aunque esté lleno de juegos y de bromas, ni un libro humorístico, aunque esté escrito con buen humor. Armensallé del tejido y la escritura es una propuesta seria, aunque a más de un lector le pueda parecer que esa propuesta, continuamente anunciada, no aparece claramente enunciada por ninguna parte.

¿Qué es lo que pretende Inés Illán, aparte de que se estudien conjuntamente el tejido y la escritura? No lo tengo yo muy claro, no parece que ella lo tenga tampoco. Y quizá eso es precisamente lo que pretende: poner en cuestión ciertas falsas claridades, presuntas certezas que nos tapan el conocimiento de la verdadera realidad.

Extraña que no cite ni una sola vez a quien yo creo que fue su iniciador y maestro en este volver del revés la filología clásica, Agustín García Calvo. De él me parece que aprendió a dejar de lado la erudición curricular y a no desdeñar los recursos de la fantasía poética. Pero García Calvo pronto quedó preso de su propio sistema, de sus esquemáticas ideas sobre el Pueblo y el Capital, y acabó reduciendo sus deslumbrantes intuiciones a un catecismo donde todas las preguntas tienen su previsible respuesta.

Inés Illán, en este año en que cumple setenta años, tras largas décadas de socrático magisterio oral, no quiere formular ningún catecismo. Todo lo contrario. Demoler certezas, eso es lo que intenta. Devolvernos el asombro del niño que aprende a leer y a garabatear las primeras letras.

Con surrealista desenfado juega con nosotros a la gallina ciega, se disfraza de gitana, nos regala infinitas precisiones eruditas, pero no permite que la encerremos en una fórmula. No en vano lleva el mismo nombre que aquel don Illán de Toledo y de Borges (y del infante don Juan Manuel) que se burló de un deán que quería por codicia aprender el arte de la magia.

Los lectores que buscan saberes prácticos o confirmación de sus prejuicios ideológicos mejor que se vayan a otra parte. Este hermoso Armensallé -también un hermoso objeto gracias al buen hacer de Marina Lobo- no es un libro útil ni fácil, pero sí inagotable y mágico.

José Luis García Martín