Con retraso se cuelga la reseña que Francisco Álvarez Velasco hizo para El Comercio sobre el libro de Hilario Barrero Dirección Brooklyn. Una agradable presentación que aún se recuerda en editorial Universos. El enlace va aquí, pero la podéis leer a continuación:

Entrar en el hórreo

Leo ‘Dirección Brooklyn’, el último diario de Hilario Barrero, que se corresponde con los años 2006-2007. Tiene una página merecedora de ocupar un lugar en cualquier antología literaria exigente sobre el hórreo: «Entrar en el hórreo es como entrar en la cueva de Altamira del silencio, en la capilla Sixtina de la sombra, en una iglesia románica con olores a incienso y velas. Entrar en el hórreo es entrar en un laberinto donde la muerte cuece manzanas para las tinieblas». ¿Por qué despierta el hórreo a nuestro poeta la imagen de recinto sagrado? Ortega y Gassset escribió: «Un hórreo no es sino el templo de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el dios que asegura las cosechas». Pero la metáfora de Ortega, quien tal vez no llegó nunca a subir a un hórreo, es de génesis bien diversa: una metáfora conceptual al servicio del lucimiento antropológico y clásico.
En Barrero la imagen tiene toda la fuerza de la expresión de su propio estar en el mundo y de su forma de contemplarlo, en esta ocasión con una mirada tensa y los cinco sentidos puestos en vilo. La sacralización del hórreo la refuerza con otras imágenes: «Entramos y la oscuridad nos da a besar el ‘lignum crucis’»; «una llave grande de hierro pesado, una llave para abrir un castillo o una catedral»; «una capilla para la lluvia» (uno de los mayores goces para mi oído es el sonido de la lluvia escuchado desde dentro de un hórreo); y con este hermoso final que de repente nos deja instalados en el más puro realismo mágico con la sorprendente imagen de un dios campesino en madreñas: «En este hórreo guarda Dios sus zuecos cuando visita el cementerio.»
El poeta toledano y profesor en la Universidad de Nueva York, en el hórreo de Grullos que describe, encontró cebollas, manzanas y patatas, una mínima parte de los alimentos de aquella despensa campesina de antaño defendida de la humedad y de los ratones y con planificación de la escasez: «María, si vas al horru / del tocino parte poco / qu’en acabándose aquello / per Christo Dómino Nostro».
Hoy, casi abandonados, difícilmente cumplen la misión de almacén para lo cosechado, bien porque los viejos, que son casi los únicos habitantes de las aldeas, ya no tienen agilidad para auparse desde de la subidera, bien porque en el arcón congelador caben muchos alimentos; o, lo más seguro, porque la despensa está en las grandes superficies. Así que el hórreo tiende a convertirse en el feo y desordenado trastero de los muchos cachivaches con que nos atiborramos en esta incontinente sociedad de consumo. Sin embargo, cuando lo abrimos, lo hacemos con la misma seriedad con que abriríamos un templo y siempre, siempre, «la puerta chirría como un perro herido o como si hubiéramos despertado a la sombra».