Gracias a Jesús Aparicio González por la reseña de Dirección Brooklyn de Hilario Barrero, que se puede leer a aquí, o a continuación. Seguimos navegando…

Con los siete sentidos: Dirección Brooklyn – Hilario Barrero

Hilario Barrero
Dirección Brooklyn: diario 2006-2007
Editorial Universos 2009
316 páginas | 14,42 €
ISBN: 978-84-937502-0-6

Dirección Brooklyn

«La vida está llena de claves que invisibles desafían al lector “inteligente”. Claves que hay que reconocer, descifrar, comprender y, sobre todo, aprender de ellas.» Así nos advierte Hilario Barrero en la cuarta entrega de sus diarios, iniciados con el siglo, y titulada Dirección Brooklyn (las anteriores fueron Las estaciones del día, De amores y temores y Días de Brooklyn). Hilario Barrero (Toledo-1948) es poeta, escritor, traductor y profesor de español en una Universidad de Nueva York, ciudad en la que reside desde hace treinta y dos años, y sabe que para descubrir, interpretar, gozar, soportar y aprehender la vida hay que emplear los cinco sentidos y alguno más. Y eso nos enseña en todos sus diarios, con una prosa empapada de poesía, azoriniana a veces, con no pocas pinceladas de sugerentes imágenes, greguerías en ocasiones, pero clara, precisa, reflexiva, serena siempre.Ya Luis Cernuda nos había dicho que «al menos mirada y palabra hacen al poeta. Ahí tienes el trabajo que es tu ocio: quehacer de mirar y luego quehacer de esperar el advenimiento de la palabra» e Hilario Barrero mira el mundo (para dibujarlo, pintarlo —_se hace pintura al mirar_— y fotografiarlo también) de manera apasionada, atenta e interesada en descubrir lo que se oculta tras un cielo con camisa azul recién planchada, tras los ojos del joven que lee en el metro, tras las hojas caídas del otoño en los parques, tras su propio rostro reflejado en el espejo…… y lo hace con «una poesía visual, en donde la fe no cabe, en la que solamente la mirada poderosa del poeta observa».

Pero vive y escribe «observando como la mañana tiene un ruido especial…. Sumergido en el ruido de la música…sintiendo el gemir de los violines, el lamento de las maderas, el vibrar de los metales…» porque otro de los motivos, de los asuntos clave, esenciales del diario, es la música, música que disfruta muy a menudo en conciertos y en la ópera… en la calle, en la naturaleza, y… «en la sinfonía del mundo, el rumor de la vida crece fortísimo en un día como hoy. Los instrumentos se oyen claros y precisos, absolutamente sintonizados: el ladrido de un perro, el chasquido de una rama, el ruido de los cuerpos……la mirada se llena de metáforas y el oído de pentagramas». Hilario Barrero en su diario se hace eco y nos hace partícipes de todo cuanto escucha.

Nuestro poeta pasea escuchando los olores de la ciudad y de sus parques, de primaveras siempre inéditas y otoños previsibles; y los olores también de la memoria, en su Toledo natal y familiar, evocador de su infancia y juventud, y el olor a mar y a niebla de sus muchos regresos a su casa de Asturias. Mientras echa de menos los olores que se han perdido….mientras acaricia los libros que reposan entre la ropa y que huelen a alga y a salitre… y libros que huelen a colonia infantil, a noche cerrada, a otoño, a amores pasados… y quisiera preservar el perfume de aquel cuerpo que pasó a su lado tambaleando a la noche y lo mezcla con el perfume de otros cuerpos. Y el perfume también de esa madre enferma, que ya no conoce, y que el hijo, ya crecido, desde la distancia huele.

El olor de la comida recién hecha en las casas toledanas, de amigos de la familia, a las que muchas veces en su infancia le invitaban a cenar, le fue preparando a Hilario Barrero para la buena mesa y «cuando uno vive en “tierra extraña”, máxime si lleva casi treinta años, las cosas de España, desde el queso manchego a un cuadro de El Greco pasando por un rioja o una zarzuela, cobran, con la distancia, un sabor más fuerte, una visión más clara, una dimensión especial». Pero buen conocedor de los restaurantes de la zona nos comenta que allí se come de todo, si vives en Brooklyn, no necesitas viajar a otros países para comer sus especialidades_… desde el plato más exótico que se pueda imaginar… _a los platos que saben a lo que tu madre hacía. Y nos informa que en los últimos años la comida vegetariana es de la que más gusta.

E Hilario Barrero gusta de tocar la piel de un libro y el papel de una persona ( y viceversa), pues quien toca un libro, como es este diario, toca un hombre —ya lo dijo Witman— …y hay hombres que son como un libro abierto. Veo como su dedo corre a lo largo de un trayecto de papel. Posiblemente ese dedo ha recorrido otros caminos de piel y un hormigueo les camina por el cuerpo, por los labios, por los ojos…. y les llena de felicidad. Aunque no toda felicidad es completa, «no me podrán quita el dolorido sentir” profetizó su paisano Garcilaso, porque el tacto de sus dedos borrados de respuestas chocó contra la áspera mirada de la gente». Mas vive y toca.

Creo que fue Ángel González, otra paisano, ahora en la tierra de adopción, de Hilario Barrero, quien dijo que «la poesía surge casi siempre de la visión sorprendente de un hecho cotidiano que no tiene relieve ninguno para nosotros y que, de repente, cobra una especie de súbita iluminación que lo hace extraño, que lo hace diferente». Así podemos descubrir nítida y palpablemente en este escritor de diarios —uno de los mejores en nuestra lengua— ese sexto sentido que llamamos intuición. Intuición que es esa mirada que ve por dentro de las cosas y que le ayuda a entender que _la vida de algunos es como una maleta llena de cosas que no se puede cerrar: inservible; y que lo que la vejez le roba de agilidad al cuerpo se la da a la experiencia_…y muchas otras sabidurías que quien leyere este libro podrá intuir.

Aún nos queda el séptimo, el más importante, el amor. («Si no tengo amor nada soy»). El amor es quien potencia, y anula en ocasiones, todos los sentidos anteriores. (Manhattan es un capítulo de una larga historia de amor para esa pareja que, sentados en una plaza, no ven pasar la gente, no oyen el ruido, no sienten la velocidad, como no sea la de su corazón.) Y esto es lo más señero del libro, su clave fundamental, el amor en sus múltiples facetas: a la madre, al compañero, al amigo, al vecino, al arte, a la poesía, a la naturaleza… aunque todo amor suponga muchas renuncias, muchas pérdidas, es mejor haber amado y haber perdido que no haber sentido nunca el amor.

Y así se va haciendo el diario, la vida, de Hilario Barrero, pero sabiendo que este diario no es otra cosa que un intento de fijar lo fugitivo, sabiendo que este material es perecedero. Que todo se acaba. La preocupación por el paso del tiempo es un tema repetidamente recurrente en la obra del escritor toledano: «¡Con qué facilidad la vida pasa, cómo seca el perfume de un cuerpo, cómo borra el brillo de unos ojos, cómo vacía de sonido los recuerdos y extrae la fuerza de aquellas que fueron dichas para siempre!» Si, si , si… «Sí, un diario fija la mirada de un perro…..este atardecer….la lectura de unos versos… el olor intenso, embriagador y gratificante de un árbol lleno de lluvia… fija la llamada diaria de la amiga vieja y solitaria… Fija sobre todo la fugacidad del verano, la prisa de la vida, la llegada de la muerte. Detiene la vida que pasa con hojas de papel que se ha de llevar el viento y la fija para que luego el tiempo lo borre todo». Ninguna manera mejor hay para decirlo que con las palabras del propio autor, ninguna manera mejor para decir lo que importa, que con las palabras de los grandes autores que nos precedieron y que vivieron muchas veces en la sombra, paciente y solitaria, dedicados a garabatear papeles, como estos de Hilario, para que la sombra que les acompañó en vida se convierte en luz clara.