A través de las líneas de internet llega una nueva reseña de Tulipanes para Zamudio, de Javier González Cozzolino, un libro de relatos que ya tiene muchos lectores. La reseña se puede leer y agradecer aquí, pero la transcribimos a continuación. Gracias efusivas a Edgardo Dieleke:

Sobre Tulipanes para Zamudio de Javier G. Cozzolino

Aclaremos: esto no será una reseña muy ordenada, pero sí pormayorizada sobre el gran libro de cuentos del argentino Cozzolino. Es más bien un breve trabajo sobre algunos de los puntos que con una gran habilidad Cozzolino “hace ver” en ciertas instancias de su estilo y su narrador (y además convengamos, ¿no dan ganas de leerlo, con el titulazo que tiene?)

Entonces, orden mínimo para introducir. Tulipanes para Zamudio es el primer libro de cuentos de Javier G. Cozzolino, quien viene publicando y haciendo de las suyas en varios blogs, y hace tiempo, confeccionando la gran hermanocerdo, revista de literatura y artes marciales. En una de esas movidas raras de nuestro país de origen, la Argentina, Cozzolino es editado primero en España, por algún despabilado caza talentos. Hace no mucho fue entonces publicado, allá en la Madre Patria, para suerte española y por ahora, sin la misma suerte del resto de los sudacas de origen. Pero hay que leer a Cozzolino, hay varios de entre sus diez relatos que son geniales. No es joda.

Veamos algunas de sus apuestas.

1. Cozzolino arma un libro de cuentos que aunque acaso no tenga el mejor orden posible (aquí un mejor editor hubiera ayudado más, creo), va demasiado menor a mayor, colocando en el centro del libro la potencia, con relatos como “504” o “Colchón de agua”, que son inmejorables. Lo extraño, y que no tiene que ver con el perfectible orden (yo hubiera colocado algún relato más potente al comienzo), es que el libro está por momentos cerca de la novela. El volumen va siguiendo a un grupo de personajes y con ellos arma un mundo, que no llega a ser el de la novela, pero excede al de los relatos. Esto que para algunos clasicistas podría ser un error, es sin dudas de lo mejor del libro, porque hay una estructura interna que lo sostiene, y un mundo que se va intercomunicando. Hay fuertes instantáneas de una Buenos Aires que parece ir en dos carriles, narrada desde el “grupo familiar” de Zamudio, un periodista desencantado y en constante sensación de fracaso, y la vida paralela de los nuevos inmigrantes chinos y una increíble fiesta con los peruanos Beto Armijo y parentela. Los mundos, a veces más densos y profundos, a veces más cínicos y divertidos, arman un buen balance, entre el desencanto pertinaz de la clase media argentina venida a menos y su imposibilidad de resignarse a no ser.

0. Uno podría decir que la potencia del libro está en este centro que mencionamos, entre el tener y no tener, entre el querer y no poder, en la probable ausencia del bien, de Di-s, como escribe siempre el narrador. Y este narrador escribe desde ese lado –y eso es también lo que le da cierta unidad al libro, por detrás de todos los relatos parecería estar Zamudio y su ética. Cómo es Zamudio? Por qué merece nuestros tulipanes? Zamudio es un narrador que consigue estar, como la buena literatura, siempre agazapado a punto de dar el zarpazo, o mejor, el cross en la mandíbula, con una frase que desarma el cómodo mundo del progresismo bien pensante, a veces con argumentos nada aceptables. Pero eso es lo genial, es un narrador incómodo, de difícil identificación, que habla desde una indefinible derrota “feliz”. Veamos como ejemplo el lugar de Zamudio:

“La mamá de Zamudio había reservado mesa en un restaurante de Palermo. Todos parecían felices. También Zamudio: había llegado a los treinta y dos años con una mujer y tres hijos; su fracaso como periodista quedaba en segundo plano si pensaba en esas cosas: una vida monótona pero feliz –debía ser feliz-, sin redacciones de diarios ni trasnoches ni supuesta y trillada bohemia ni notas de tapa ni ninguna otra justificación a sus estudios en la escuela de periodismo, pero asistiendo a su madre en el estudio jurídico y diciéndoles a los hijos, a Silvita, Los quiero, los quiero mucho. Debía mirarle el lado positivo a las cosas. Debía parecer feliz. Sosegadamente feliz.” (p.48).

En parte es por esto que los mundos de Cozzolino podrían remitir a Onetti, pero lo hacen con una mirada menos drástica, acaso con la carga de la familia que al mismo tiempo es lo que le da otro material a la literatura, que puede verse en los relatos como “504” o “Colchón de agua”, acaso con un cierto tono que uno podría encontrar en Roth.

2. Es difícil, pero hay que pensar en nuevas categorías para poder referir el modo de hablar de estos relatos, su estilo, del mundo que propone Cozzolino a través de su sufriente y ético Zamudio –que nunca transa, una especie de ética inquebrantable, admirable y graciosa a la vez, porque parece ocuparse también de lo mínimo (y allí su grandeza). Uno puede ir a ciertas afiliaciones, como dije, un poco de Onetti, algo de los mundos familiares de Roth, algo de realismo sucio, y muchas referencias religiosas, raras, extremas y completamente ajenas a la literatura actual argentina. Acostumbrados a un panorama en la joven narrativa en que la auto-referencialidad es una de las claves (y Tulipanes puede ser leída por acá también), frente a ciertos textos en los que ciertos problemas parecen muy nimios y hasta demasiado idiotas (la literatura del yo es más vieja que la literatura, con lo que por otra parte habría que avanzar con estas categorías de análisis), Tulipanes vuelve a las experiencias fuertes, debate con Di-s o declara su ausencia, y propone una vuelta al realismo, pero sin consignas panfletarias ni cartoneros fashion. Es un realismo que incomoda, que jode a veces pero que al mismo tiempo encuentra todavía los resquicios de humanidad en lugares cada vez menos transitados.