En el diario El Comercio apareció una reseña sobre Dirección Brooklyn, de Hilario Barrero. Nuestro excepcional diarista encuentra su eco cibernético aquí, y en las líneas que siguen a cargo de Alberto Piquero. Gracias al reseñista.

El arte de la mirada

En los diarios caben tantas cosas que el autor vive en el filo de la confesión interior y la mirada exterior. Hilario Barrero muestra su intimidad púdicamente y es al asomarse a la calle, al arte, a los otros, cuando alcanza su mejor dimensión. Posee una mirada morosa en la que las anécdotas se hacen poesía y vida.

Es así, no todos los días se alumbran con la misma intensidad. Sin embargo, cabe que la adquieran si no se les observa por encima del hombro. Dirección Brooklyn. Diario 2006-2007 se desenvuelve en un tiempo presente al que llega a visitar el pasado y que atisba el futuro donde se consumirán definitivamente todos los tiempos del verbo. Son muchas las ocasiones en las que al autor adivina en los cuerpos jóvenes que pasan a su lado, la fecha de caducidad que aguarda al cabo de la esquina. Tal vez porque él mismo ha entrado en esa perspectiva que nos descubre el espejismo de la inmortalidad. «Poco a poco nos vamos muriendo todos los que pensábamos que nunca nos íbamos a morir». El pasado que retorna tiene su lugar en Toledo, cuna de Hilario Barrero, profesor y poeta que allí creció entre lutos que causó a su familia el desafuero republicano durante los trágicos acontecimientos de nuestra guerra civil. Y, no obstante, el presente -mecido por un amor de aquellos que no podían decir su nombre- situado en el distrito neoyorquino de Brooklyn, ciudad en la que reside desde hace más de treinta años, se acompaña de la amistad de Estelle -personaje digno de novela-, una nonagenaria devota del comunismo. Barrero escribe y describe usando lápices discretos, sin caer en la tentación de las espinas, desnudando tenuemente sus convicciones. Entre los poemas, que va traduciendo al paso, estos versos de Emily Dickinson, estampados en el metro de Nueva York: «(…) Demasiado brillante para nuestra débil delicia,/ la soberbia sorpresa de la verdad/ ha de ser explicada con delicadeza, como se le explica a un niño un relámpago./ La verdad debe deslumbrar poco a poco,/ o todo el mundo se quedaría ciego”. Es cierto que en algún momento se suelta el pelo. Por ejemplo, al enjuiciar a Paco Umbral, «(…) emite sus opiniones, en muchas de las cuales se adivina una profunda ignorancia y una falta de preparación académica» (se refiere a ‘El día que llegué al café Gijón’). Y tampoco se pone reparos a la hora de enfrentar a Ernesto Sábato con Jorge Luis Borges: «Sábato es más la razón diáfana y honesta, el dato verdadero que el borgiano invento superfluo e innecesario». Asturias y un puñado de asturianos -José Luis García Martín, Pelayo Fueyo, Xuan Bello, Javier Almuzara…- también forman parte de estas páginas, en viajes de ida y vuelta que hermanan Brooklyn con Oviedo y Gijón de un modo más vinculante que las formalidades institucionales. EL COMERCIO no es ajeno a esas transacciones del espíritu. Y la música clásica se hace omnipresente, en una lección impagable que suele detenerse en el Metropolitan Opera House, de Nueva York. El muestrario sociológico que se le puede anticipar al lector, acaso encuentre su más fiel reflejo en los alumnos a los que Hilario Barrero explica la literatura española: (…) madres solteras, abuelas lentas pero con mucha fuerza de voluntad, lesbianas orgullosas y admirables, soldados veteranos de guerras ajenas (…). Todos deseosos de superarse, de formar parte del sueño americano». Mientras, Brooklyn, va cambiando de piel, se suceden cierres de tiendas entrañables y aperturas de nuevos negocios, nieves y luces, la delincuencia cede al vigor de los restaurantes y Estelle sigue igual de refunfuñona. Una frase para pensar: «Hay escritores que escriben como hablan y hablan muy mal. Hay escritores que hablan como escriben y así no habla la gente. Los primeros deberían recordar que por la boca muere el pez y los segundos tener cuidado con la saliva de la tinta, que puede ser venenosa».