Otra reseña sobre Brooklyn en blanco y negro, de Hilario Barrero, en este caso de Ángeles Prieto en la revista literaria Clarín:

De la vida que pasa

Hace tiempo que los lectores avezados, pero también los escritores más agudos, aparcaron exigencias editoriales de sempiternas novelas de género buscando comunicar de una manera menos frívola, más directa, sencilla, honesta y cálida. Coetzee, Amis, Oates o Ellroy son los últimos en incorporarse a esta necesidad de registro y confesión autobiográfica, de ofrecer testimonio directo de sus vivencias, tendencia que alcanzó su cénit durante la Ilustración. Y los Diarios en concreto, esos que ahora recuperan una vitalidad importante gracias a los blogs, utilizan una forma de expresión óptima para registrar el paso del tiempo cronológico y sentimental, a veces cíclico. Unos sirven para dejar constancia de algún suceso histórico acotable, como el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, o la caída de las Torres en la primera entrega de Hilario Barrero. Otros albergan algún periodo vital ceñido a un lugar concreto, como el diario londinense de James Boswell, o el Viaje a Italia de Goethe. Los más se limitan a recoger el vaivén de los días. En España, seguimos las andanzas y reflexiones de diaristas con clase y solera como Trapiello, Sánchez Ostiz, Llop o García Martín, sin olvidarnos que quizá nuestra mayor joya narrativa de todo el siglo xx sea El cuaderno gris de Josep Pla. En el caso que nos ocupa, el de los diarios literarios de Hilario Barrero, estos presentan una serie de características que los hacen distintos y especiales a todos los demás. Lo más destacable es sin duda que ni su autor, ni la farándula literaria y académica que a todo escritor rodea, son sus protagonistas. Barrero escribe con honestidad, rigor y también ternura toledana, para luchar contra el olvido o la muerte de sus recuerdos, no para defenderse a sí mismo, jamás para justificarse o tirarse flores. De hecho, apenas nos habla de sí mismo, aunque sí conocemos bastante bien sus aficiones: su diosa la poesía, su amante la ópera y su novia la pintura, con las que ejerce de aprendiz y galán gozoso permanentemente.

No, los personajes principales de este diario son grandiosos y bellos sin esa necesidad de tener que expresar su mundo interior por escrito, no tienen por qué ser artistas, ni siquiera escritores conocidos. Ni falta que les hace. Y en esta quinta entrega del diario, dos hermosas y valientes damas, maravillosamente anónimas, sobresalen, al despedirse de este mundo con ejemplo y dignidad. Con valentía, genio y figura. Unas muertes que nos vienen anunciadas con ternura y tacto, como ese Liebestod de Isolda que se escucha al principio o esa otra foto en blanco y negro que separa a los poetas vivos de pie, de los poetas muertos sentados. Pues a pesar de sus edades elevadas, y de que ambas cumplieron sus ciclos vitales, despedirlas no fue tarea indolora. Perder a la madre, la persona que te crió y te defendió siempre, la que más te quiere supone, entre otros desgarros, ser más consciente que nunca del propio fin, colocarte en primera línea de fuego para ser el siguiente. Un duelo largo y no asumible el de Hilario Barrero donde a la vez que le duele esa muerte, le duelen también todas las muertes incomprensibles y crueles dentro de un ciclo de la Naturaleza que sigue su curso inconmovible. Y en el transcurso de ese duelo, el Duelo con mayúsculas por su madre, Estelle la vecina especial, siempre mandona, entusiasta y libertaria, también nos dirá adiós iluminando de otra manera la imposible comprensión y aceptación de los óbitos de quienes tenemos cerca, el único conocimiento que nos ha sido dado tener sobre nuestro propio fin.

Imágenes en negro lúcido que contrasta con el blanco luminoso de esas otras imágenes hermosas que Barrero nos proporciona, tomando el pulso a las ciudades que visita. Así, captaremos brevemente y con toda su magia ciudades como Lisboa, León, Oviedo, Gijón o Toledo, pero sobre todo esa Nueva York donde reside, acercándonosla, sintiéndola viva, humana y habitable, lejos de la artificiosa postal turística de Manhattan. Así, la avenida Flatshbush, el Prospect Park, Chinatown o la calle Montague dejarán su impronta en el Diario junto al destacado barrio de Brooklyn, en constante transformación vital de costumbres que se pierden, mientras surgen otras. Un paisaje que no sería tal, meros edificios hueros, sin las personas que lo dotan de sentido, por ello son Mari Carmen y Gregorio, por ejemplo, quienes convierten Asturias en tierra fértil, abierta y generosa. Del mismo modo que Nueva York se nos presenta cálida y cercana gracias a las maravillosas historias o’henrianas que Hilario suele intercalar, producto de su observaciones asombradas en el metro.

Pero estas luces alegres, producto del transcurso de los días hilarianos donde el vivir y el sentir del autor se proclaman siempre vencedores sobre el triunfar y el tener, no serán nada ante el deslumbre glorioso que sentimos cuando, ante una especie de broma literaria injustificada, el poeta nos cuente su historia más hermosa, aquella que inició un siete de julio de mil novecientos setenta y uno. Porque solo hay algo fuerte e intenso que la muerte, lo que nos rescata de miedos y temores, lo único que de verdad logra que superemos los duelos. Quien lo probó lo sabe y el sabio Hilario nos lo revela.

Para concluir, cabe señalar que todos los temas importantes, las tres heridas que señaló Miguel Hernández, se desarrollan a lo largo de este diario mediante una prosa directa, esmerada y brillante, sin alardes y sin ripios. Y como propina generosa, propia de la personalidad abierta, la cultura integradora y la vocación educadora del autor, como arias que concentraran la belleza de vivir, cada mes de este magistral diario será cerrado con un precioso, desconocido y deslumbrante poema.