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Y otra reseña más sobre Brooklyn en blanco y negro, de Hilario Barrero. Esta vez nos la brinda Manuel Simón Viola Morato, a quien le agradecemos el gesto siempre necesario de la reseña para el autor y para la editorial:

Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde en la actualidad da clases de literatura. Autor de un libro de poemas, In tempori belli (1999, premio de poesía “Gastón Baquero”), ha publicado hasta ahora, además de numerosas traducciones de poetas americanos (De otra manera de Jane Kenyon, Delicias y sombras de Ted Kooser, El amante de Italia de Henry James…), un libro de relatos, Un cierto olor a azufre (2009), y los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2007) y Dirección Brooklyn (2009), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe.

Brooklyn en blanco y negro, el libro que ahora publica la editorial asturiana Universos, es una continuación del diario anterior que incorpora, como aquel, entradas de dos años, 2008 y 2009, lo que viene a constatar que nos hallamos ante una obra similar en su estructura y distinta por su contenido, como la vida que la habita, previsible y siempre imprevista en sus detalles.

Como en diarios anteriores, la mayor parte de las entradas recoge la vida cotidiana en su entorno más próximo que pasará al título del libro, el barrio de Brooklyn, una de esa ciudad de ciudades que compone Nueva York, la “marimacho de las uñas sucias”, según Juan Ramón. Junto con Toledo y Barcelona, constituyen, según afirma el escritor en el arranque del diario, las tres “ventanas” desde las que ha contemplado la realidad este profesor que ha encontrado en la escritura (en la poesía, en la prosa, en la traducción) su más profunda razón de ser.

Dotado de unas singulares dotes de observador, Hilario Barrero nos lleva por los parques, calles y avenidas de una ciudad que las distintas horas del día y las estaciones del año convierten en un paisaje urbano siempre nuevo contemplado a la luz implacable de inviernos o veranos, a la esplendente claridad esperanzada de la primavera o a los sutiles tonos del otoño. Y así, por ejemplo, podemos leer cómo tras el paso de un huracán que limpia la ciudad con su aliento de cíclope “Hanna se llevó los caballos perdidos de la noche y trajo esta luz y llenó las papeleras de paraguas destripados, asomando sus esqueletos entre la tela desgarrada y trajo un edredón de hojas amarillas que ha ido dejando en partes donde crece la hierba y alos pies de algunos árboles” [140]

Tal vez los juicios más negativos provengan del ámbito académico pues aunque impartir clases no deja de ser una tarea gratificante, la burocracia, como sucede en España, ha convertido la enseñanza en una rutina tediosa de reuniones repetidas e ineficaces en departamentos sometidos periódicamente a unas elecciones que enrarecen la relación y dividen los equipos académicos en bandos que se miran de soslayo.

En este entorno también hay, claro, realidades “blancas”: conciertos y óperas, amigos y visitantes, museos y librerías de fondo en las que escudriñar en busca del hallazgo insólito, o los vecinos entrañables, como Estelle, la anciana luchadora progresista que se enfrenta a la muerte con la misma entereza y rebeldía con la afrentó todas sus batallas políticas. Esta ciudad, que le enseñó “sus dientes de loba y sus garras de perra rabiosa”, es, de otro lado, el territorio de los solitarios, de los supervivientes en un paisaje de derrotados, del disparatado amor a los animales de compañía, de los seres solitarios que habitan los cafés como si posaran para un cuadro de Hopper.

Las transformaciones cíclicas de la naturaleza, los cambios en la ciudad, la pérdida de los amigos van impregnándolo todo con una sensación de declive, de merma física, de acabamiento que anuncia la presencia insidiosa de la muerte, y en efecto esta acudirá puntual a su cita con el fallecimiento de la madre, doloroso como una amputación, o la desaparición de la vieja luchadora cascarrabias. Los viajes a Asturias, Toledo y Portugal suelen despertar asimismo el recuerdo del pasado, de otros viajes anteriores, y, por ello, se viven con el desasosiego de encontrar los mismos rincones cambiados en experiencias que acompasan otros cambios y pérdidas íntimos.

Escritos desde un enfoque “machadiano” con el propósito de captar instantes fugaces antes de que se pierdan en el olvido, estos textos exhiben una prosa precisa, cuidadosa en los detalles, que en ocasiones alcanza la gracia metafórica de una greguería: “El faro azul y blanco se recorta garboso en un cielo gris que, de pronto, desprende una tormenta provocativa que deja el pavimento acharolado, un espejo donde las tres palmeras que hacen guardia a la entrada del faro se curvan un poco para mirarse en él”.

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Otra reseña sobre Brooklyn en blanco y negro, de Hilario Barrero, en este caso de Ángeles Prieto en la revista literaria Clarín:

De la vida que pasa

Hace tiempo que los lectores avezados, pero también los escritores más agudos, aparcaron exigencias editoriales de sempiternas novelas de género buscando comunicar de una manera menos frívola, más directa, sencilla, honesta y cálida. Coetzee, Amis, Oates o Ellroy son los últimos en incorporarse a esta necesidad de registro y confesión autobiográfica, de ofrecer testimonio directo de sus vivencias, tendencia que alcanzó su cénit durante la Ilustración. Y los Diarios en concreto, esos que ahora recuperan una vitalidad importante gracias a los blogs, utilizan una forma de expresión óptima para registrar el paso del tiempo cronológico y sentimental, a veces cíclico. Unos sirven para dejar constancia de algún suceso histórico acotable, como el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, o la caída de las Torres en la primera entrega de Hilario Barrero. Otros albergan algún periodo vital ceñido a un lugar concreto, como el diario londinense de James Boswell, o el Viaje a Italia de Goethe. Los más se limitan a recoger el vaivén de los días. En España, seguimos las andanzas y reflexiones de diaristas con clase y solera como Trapiello, Sánchez Ostiz, Llop o García Martín, sin olvidarnos que quizá nuestra mayor joya narrativa de todo el siglo xx sea El cuaderno gris de Josep Pla. En el caso que nos ocupa, el de los diarios literarios de Hilario Barrero, estos presentan una serie de características que los hacen distintos y especiales a todos los demás. Lo más destacable es sin duda que ni su autor, ni la farándula literaria y académica que a todo escritor rodea, son sus protagonistas. Barrero escribe con honestidad, rigor y también ternura toledana, para luchar contra el olvido o la muerte de sus recuerdos, no para defenderse a sí mismo, jamás para justificarse o tirarse flores. De hecho, apenas nos habla de sí mismo, aunque sí conocemos bastante bien sus aficiones: su diosa la poesía, su amante la ópera y su novia la pintura, con las que ejerce de aprendiz y galán gozoso permanentemente.

No, los personajes principales de este diario son grandiosos y bellos sin esa necesidad de tener que expresar su mundo interior por escrito, no tienen por qué ser artistas, ni siquiera escritores conocidos. Ni falta que les hace. Y en esta quinta entrega del diario, dos hermosas y valientes damas, maravillosamente anónimas, sobresalen, al despedirse de este mundo con ejemplo y dignidad. Con valentía, genio y figura. Unas muertes que nos vienen anunciadas con ternura y tacto, como ese Liebestod de Isolda que se escucha al principio o esa otra foto en blanco y negro que separa a los poetas vivos de pie, de los poetas muertos sentados. Pues a pesar de sus edades elevadas, y de que ambas cumplieron sus ciclos vitales, despedirlas no fue tarea indolora. Perder a la madre, la persona que te crió y te defendió siempre, la que más te quiere supone, entre otros desgarros, ser más consciente que nunca del propio fin, colocarte en primera línea de fuego para ser el siguiente. Un duelo largo y no asumible el de Hilario Barrero donde a la vez que le duele esa muerte, le duelen también todas las muertes incomprensibles y crueles dentro de un ciclo de la Naturaleza que sigue su curso inconmovible. Y en el transcurso de ese duelo, el Duelo con mayúsculas por su madre, Estelle la vecina especial, siempre mandona, entusiasta y libertaria, también nos dirá adiós iluminando de otra manera la imposible comprensión y aceptación de los óbitos de quienes tenemos cerca, el único conocimiento que nos ha sido dado tener sobre nuestro propio fin.

Imágenes en negro lúcido que contrasta con el blanco luminoso de esas otras imágenes hermosas que Barrero nos proporciona, tomando el pulso a las ciudades que visita. Así, captaremos brevemente y con toda su magia ciudades como Lisboa, León, Oviedo, Gijón o Toledo, pero sobre todo esa Nueva York donde reside, acercándonosla, sintiéndola viva, humana y habitable, lejos de la artificiosa postal turística de Manhattan. Así, la avenida Flatshbush, el Prospect Park, Chinatown o la calle Montague dejarán su impronta en el Diario junto al destacado barrio de Brooklyn, en constante transformación vital de costumbres que se pierden, mientras surgen otras. Un paisaje que no sería tal, meros edificios hueros, sin las personas que lo dotan de sentido, por ello son Mari Carmen y Gregorio, por ejemplo, quienes convierten Asturias en tierra fértil, abierta y generosa. Del mismo modo que Nueva York se nos presenta cálida y cercana gracias a las maravillosas historias o’henrianas que Hilario suele intercalar, producto de su observaciones asombradas en el metro.

Pero estas luces alegres, producto del transcurso de los días hilarianos donde el vivir y el sentir del autor se proclaman siempre vencedores sobre el triunfar y el tener, no serán nada ante el deslumbre glorioso que sentimos cuando, ante una especie de broma literaria injustificada, el poeta nos cuente su historia más hermosa, aquella que inició un siete de julio de mil novecientos setenta y uno. Porque solo hay algo fuerte e intenso que la muerte, lo que nos rescata de miedos y temores, lo único que de verdad logra que superemos los duelos. Quien lo probó lo sabe y el sabio Hilario nos lo revela.

Para concluir, cabe señalar que todos los temas importantes, las tres heridas que señaló Miguel Hernández, se desarrollan a lo largo de este diario mediante una prosa directa, esmerada y brillante, sin alardes y sin ripios. Y como propina generosa, propia de la personalidad abierta, la cultura integradora y la vocación educadora del autor, como arias que concentraran la belleza de vivir, cada mes de este magistral diario será cerrado con un precioso, desconocido y deslumbrante poema.

Tenemos que dar las gracias a Ovidio Parades por su reseña sobre el último libro de nuestro escritor Hilario Barrero, la nueva entrega de sus diarios neoyorkinos. Aquí la tienen:

Llevo varios días sumergido en la lectura de “Brooklyn en blanco y negro”. Desde que Hilario Barrero, su autor, tuvo la gentileza de dejarme un ejemplar en casa, con una hermosa dedicatoria, mientras Íñigo y yo estábamos con mis padres celebrando sus cuarenta y un años de matrimonio. (La cara de mi madre, ese día, pese a la recaída de esa enfermedad reumática que la atormenta, con todos nosotros a su alrededor, parecía otra: como si hubiese hecho una especie de pacto con los dolores para esa jornada). Ese mismo día, el de la celebración de mis padres, cuando llegué a casa y lo recogí, empecé a leerlo y no pude parar. Tan seductora es su lectura, tan apasionante. Se trata de un diario, y de mucho más que eso. Un puñado de fotografías donde el pasado y el presente, Asturias, Toledo o Nueva York, la ciudad en la que vive desde hace muchísimos años, o algunas de las personas que forman parte de la vida de su autor, están muy presentes. La casa de la infancia en Toledo y la casa de su barrio neoyorquino. Los paseos por los alrededores, las charlas con los amigos, las caminatas hasta Manhattan, la afición por la ópera… Y la vida que va pasando de modo inevitable, los amigos que se fueron, las huellas y el vacío que dejaron, el tiempo que corre y corre, los sucesivos viajes, las maletas que se abren y se cierran, las cosas que van cambiando, los poemas que se escriben y los que no llegan nunca a escribirse porque así lo dictamina esa mano invisible que está detrás de la inspiración (o como se llame) y que es más determinante que cualquier razonamiento. Ah, todos esos pequeños detalles: tan bien reflejados con esa prosa minuciosa que atrapa y cautiva. Y la muerte, claro, como el poderoso reverso de la vida, de los momentos felices y de los otros. La muerte de Estelle, esa vieja conocida. Y la muerte de su madre. Cuántas páginas se han escrito sobre la muerte de la madre en la historia de la literatura. Aquí, Hilario escribe algunas de las más bellas. El silencio y el dolor. La mirada última de la madre, el recuerdo de un sonido, de un olor, de una boca que se cierra para siempre y del pañuelo de seda que la cubrirá para toda la eternidad, las flores y la tierra que se desparraman sobre el féretro. Un desgarramiento silencioso, nada arrebatado. Unas páginas de una gran intensidad y hermosura. Pero no quiero terminar con algo tan triste como resulta eso, la muerte de la madre (cualquier muerte, en realidad), porque este diario no lo es. En el diario van pasando tantas cosas como en la propia vida, y en la vida no todo lo que pasa es triste, aunque a ratos desfallezcamos y así nos lo parezca. Me quedo, para finalizar, con ese momento en un bar de Gijón, “La sacristía”, donde el autor comparte un vermú y recupera el delicioso sabor de esa bebida. En eso, en un instante compartido, en el disfrute de un sabor recuperado, observando otras vidas que se mueven y pasan ante los ojos, consiste lo mejor de vivir, esos momentos que hacen que los otros queden relegados a un segundo plano, a ese rincón donde se van fermentando las arrugas y las cicatrices. Y por los que, pese a todo, merece la pena estar aquí.

Ovidio Parades.  Del libro Ventanas compartidas.

Brooklyn en blanco y negro
[Diario 2008-2009]
de
Hilario Barrero
La presentación correrá a cargo de
José Luis García Martín
Miércoles 27 de julio |  19.30 horas

Sala de conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto | c/ Jovellanos, 21. Gijón/Xixón

Tenemos nuevo libro en la editorial, también para chavales de entre 8 y 12 años, aunque en este caso en castellano. ¡Atención! Es el nuevo Harry Potter, el nuevo fenómeno de ventas infantil y juvenil… ¿De qué va?

Una hermosa mañana de verano, dos hermanos reciben la visita de una criatura que les hace llegar una desesperada petición de ayuda. Su mundo se muere, y solo ellos podrán impedir que eso suceda. A partir de ahí, los hermanos se verán envueltos en una grandiosa aventura que les hará viajar hasta los mismísimos confines del Universo. Allí conocerán nuevos amigos, y se enfrentarán a seres todopoderosos para intentar evitar la destrucción de su planeta, librando una batalla en la que, al final, también se decidirá el destino de la Tierra.

Pero esto es tan solo el prólogo de mayores y más excitantes aventuras…

Roberto del Sol se presenta al lector juvenil con una trepidante novela de intriga y ciencia ficción, llena de humor desopilante y una habilidad natural para mantener al lector enganchado página tras página. Original, excitante y divertida, Los cosechadores de estrellas está dirigida a niños entre ocho y doce años, aunque los niños entre 0 y 99 años también se lo pasarán bien.

¿Y quién es el autor?

Roberto del Sol ve la luz de este mundo en el verano del 68. Se doctora leyendo literatura de terror y fantástica desde su más tierna infancia y, porque no le queda más remedio y necesita ganarse la vida con dignidad, obtiene la diplomatura de Ingeniería Técnica Mecánica hace tanto tiempo que ya ni se acuerda. Desde 1995 trabaja en la Caja Rural de Asturias. Los cosechadores de estrellas es su primera novela, una historia de ciencia ficción.

«Evaristo Valle tuvo una vida muy prestosa y completa»

Sidoro Villa presenta una biografía sobre el pintor gijonés

Lo suyo es la ficción, pero una convocatoria de la editorial Universos para realizar una biografía destinada al público infantil sobre el personaje que eligiera dio como resultado ‘Evaristo Valle, el pintor del antroxu’. El escritor, ilustrador, maestro de primaria y columnista de EL COMERCIO Sidoro Villa Costales presenta esta tarde en Oviedo su cuarto libro, escrito en asturiano y englobado en la colección ‘Xente que mola’, que comienza con una trilogía sobre la vida de tres personajes, entre ellos la del pintor gijonés. Los otros dos libros son ‘Urraca l’asturiana’, de Cristina Muñiz Martín y ‘Einstein y la relatividá’, de Jorge Fernández García y Amparo Elena Sarrión.
«Evaristo Valle es un personaje mítico, me gusta desde siempre, por como pintaba y también por su vida, que es muy atractiva para novelarla», explicó ayer Villa. «Fue el que renovó la pintura asturiana del siglo XIX y tanto él como Nicanor Piñole sirvieron de ejemplo para los que vinieron después e hicieron pintura figurativa», añadió.
El libro hace un recorrido por la vida del pintor gijonés y, además, dedica un capítulo a su pintura. «Me prestó mucho trabajar en este proyecto por el personaje, porque tuvo una vida muy prestosa y muy completa; triunfó en muchos sitios, pero también pasó muchas dificultades, le tocó vivir la Guerra Civil y la posguerra y por aquel entonces tenía que pintar estampas y cosas pequeñas para venderlas rápido», comentó Villa.
Ajedrez con Lenin
Asimismo, el escritor poleso se centró en las anécdotas del pintor gijonés, muchas de ellas publicadas por el propio Evaristo Valle en un libro. «Estuvo en París a principios del siglo XX y de aquella hacía retratos para ganarse la vida. Un día, acudió a él un indiano de Argentina con una foto descolorida de su abuelo y le pidió un retrato que mejorara la foto y le diera un aspecto noble para colgarlo en el salón de su casa. Cuando Evaristo lo terminó, avisó al indiano para que fuera a buscarlo y éste envió a un mozo. El pintor estaba ocupado en otra cosa y le dijo al chaval que lo cogiera él mismo, pero se confundió y cogió un retrato de Napoleón que estaba en la misma sala. Pocos días después recibió un sobre con mucho dinero y el agradecimiento del indiano, que había quedado encantado con el resultado», relató Villa.
De París también es la anécdota de las tres partidas de ajedrez que Valle jugó en un café con Lenin sin saber que era el futuro líder de la revolución rusa. Y una más cercana tiene que ver con el Ayuntamiento de Gijón. «Le concedió una beca para París con la condición de que mandara un cuadro desde allí. Pero como le pareció poco dinero fue a casa de unos familiares en Noreña y se quedó allí; con tan mala suerte de que lo pillaron y le quitaron la beca», comentó el escritor poleso.
El enllaz d’esta entrevista ta equí, onde podemos ver al sonriente autor.

Gracias a todos los lectores de “Dirección Brooklyn” de Hilario Barrero, y gracias a los críticos que realizaron el trabajo de comentar un libro que merece la pena. Estas son algunas cosas que dijeron:

Todos los barrios son iguales, pero también todos tienen algo que los hace diferentes. Hilario Barrero ensaya cien maneras de describir lo que su barrio tiene en común con cualquier otro y lo que lo hace diferente a todos: un olor especial, la luz que se cuela entre un árbol que es como un enorme candelabro de muchos brazos con velas verdes, algunas tiendas únicas en las que venden productos étnicos o difíciles de conseguir, ciertos vecinos, el hombre que limpia la calle, el musgo que crece en un pequeño jardín, la ventana de esa cafetería donde hacen un café fuerte y lleno de sabor, ese restaurante con viejas fotografías de recién casados y niños vestidos de primera comunión? «Vienes de Manhattan un poco perdido», escribe, «cruzando estaciones que a ti te parecen oscuras y frías, sales en tu estación y ya te encuentras seguro». Estás en tu barrio, estás en casa. Hilario Barrero vive en Brooklyn, cerca del Prospect Park y del Jardín Botánico (un jardín de jardines: hay un jardín japonés, otro de plantas citadas en las obras de Shakespeare, uno para niños, otro para ciegos?). De sus paseos por ambos —y por otros muchos lugares— está lleno este libro inagotablemente peripatético.

José Luis García Martin, La Nueva España

 

En los diarios caben tantas cosas que el autor vive en el filo de la confesión interior y la mirada exterior. Hilario Barrero muestra su intimidad púdicamente y es al asomarse a la calle, al arte, a los otros, cuando alcanza su mejor dimensión. Posee una mirada morosa en la que las anécdotas se hacen poesía y vida.

Alberto Piquero, El Comercio de Gijón

Dirección Brooklyn es, ante todo, el daguerrotipo de una vida impulsada por la más noble curiosidad intelectual, atraída por la crueldad y la belleza del mundo, a la vez que erige, indirectamente, un retrato del propio narrador, pues “un diario es la huella dactilar del escritor”.

Simón Viola, Hoy de Extremadura.

Hilario Barrero es poeta, escritor, traductor y profesor de español en una Universidad de Nueva York, ciudad en la que reside desde hace treinta y dos años, y sabe que para descubrir, interpretar, gozar, soportar y aprehender la vida hay que emplear los cinco sentidos y alguno más. Y eso nos enseña en todos sus diarios, con una prosa empapada de poesía, azoriniana a veces, con no pocas pinceladas de sugerentes imágenes, greguerías en ocasiones, pero clara, precisa, reflexiva, serena siempre.

Jesús Aparicio González. Libro de notas.

 

Hilario Barrero es un agudo observador de esa vida que pasa por ahí, por su lado, y sabe atraparla memorablemente en las páginas de su diario… Nueva York, sí, al fondo. Entre medias, la literatura, la buena literatura.

Ovidio Parades, Estoyu, revista de llibros.

 

“Dirección Brooklyn” es un texto que exige varias lecturas, una primera que te engancha y te lleva, día a día, hasta el final, como si de un libro de aventuras fuera, y otra que reclama la reflexión necesaria para descubrir la vida, obras y milagros de un maestro de la palabra y del verso y solazarnos en el gozo y el placer. Y en una lectura al bies, una reflexión sobre una de las modernas Torre de Babel.

José Gares Crespo, Qué escriben los poetas

 

El diario de Hilario se construye a base de contrapuntos que siempre dejan, como si de un Jano se tratase, una salida amable o dramática a lo dramático o amable que se acaba de narrar. Y está la poesía, y los viajes (Canadá, Lisboa, Florida, Gijón…), los amigos, los trayectos en metro, el amor, cuyo tú convierte al diario en una confesión privada, y la ópera, la ópera. Se sale del laberinto, pero ya nos llevamos impregnada en la ropa y el cuerpo parte de las esporas que componen la vida, narrada, de Hilario Barrero.

Marcos Taracido, Libro de notas.

 

Leo ‘Dirección Brooklyn’, el último diario de Hilario Barrero, que se corresponde con los años 2006-2007. Tiene una página merecedora de ocupar un lugar en cualquier antología literaria exigente sobre el hórreo: «Entrar en el hórreo es como entrar en la cueva de Altamira del silencio, en la capilla Sixtina de la sombra, en una iglesia románica con olores a incienso y velas. Entrar en el hórreo es entrar en un laberinto donde la muerte cuece manzanas para las tinieblas».

Francisco Álvarez Velasco, El Comercio

La editorial Universos retoma el curso editorial después del parón veraniego con un nuevo hijo editorial, en este caso del dominicano Juan Dicent. A partir de ahora, procuraremos mantenernos al día.

Y de momento, sed bienvenidos a la República Dominicana, donde siempre es verano, Summertime, salvo cuando no lo es para los dominicanos: siempre.

Juan Dicent ofrece en este libro de relatos la vida del dominicano de la calle, la ausencia y la desesperanza que se esconde tras los grandes hoteles de diversión artificial. El verano de los dominicanos es un invierno crudo de necesidades y sueños. Su prosa está sembrada de modismos, anglicismos y sinceridad; la suya es la narrativa del hombre o la mujer anónimos, desamparados bajo un velo azul de miseria, emigración, esperanzas truncadas, y un humor negro inteligente y certero.

Un escritor soberbio, un descubrimiento.

Juan Dicent (Bonao, República Dominicana, 1969) se formó en Administración de Empresas y Altas Finanzas. Actualmente reside en Nueva Cork, donde trabaja en una entidad bancaria y se dedica a escribir. Ha publicado relatos y poemas en distintas revistas dominicanas, con premio y menciones en varios concursos importantes.

Ha sido incluido en numerosas antologías de relatos publicadas en lugares tan dispares como Argentina, India, Alemania o Paraguay. El cuento “Happy New Year to You” formó parte de Pequeñas Resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (Páginas de Espuma, España, 2006). Ha publicado recientemente un libro de poemas, Poeta en Animal Planet (Editorial Vox, Argentina, 2009) y un breve volumen de relatos, My Uncle’s first jeans y otros cuentos (Textos de Cartón, Argentina, 2009).

Summertime ya fue publicada en Argentina (Santiago Arco Editores, 2007), con una gran acogida crítica, y ahora editorial Universos ofrece a los lectores españoles, por fin, la brillante prosa de Juan Dicent.

En el diario El Comercio apareció una reseña sobre Dirección Brooklyn, de Hilario Barrero. Nuestro excepcional diarista encuentra su eco cibernético aquí, y en las líneas que siguen a cargo de Alberto Piquero. Gracias al reseñista.

El arte de la mirada

En los diarios caben tantas cosas que el autor vive en el filo de la confesión interior y la mirada exterior. Hilario Barrero muestra su intimidad púdicamente y es al asomarse a la calle, al arte, a los otros, cuando alcanza su mejor dimensión. Posee una mirada morosa en la que las anécdotas se hacen poesía y vida.

Es así, no todos los días se alumbran con la misma intensidad. Sin embargo, cabe que la adquieran si no se les observa por encima del hombro. Dirección Brooklyn. Diario 2006-2007 se desenvuelve en un tiempo presente al que llega a visitar el pasado y que atisba el futuro donde se consumirán definitivamente todos los tiempos del verbo. Son muchas las ocasiones en las que al autor adivina en los cuerpos jóvenes que pasan a su lado, la fecha de caducidad que aguarda al cabo de la esquina. Tal vez porque él mismo ha entrado en esa perspectiva que nos descubre el espejismo de la inmortalidad. «Poco a poco nos vamos muriendo todos los que pensábamos que nunca nos íbamos a morir». El pasado que retorna tiene su lugar en Toledo, cuna de Hilario Barrero, profesor y poeta que allí creció entre lutos que causó a su familia el desafuero republicano durante los trágicos acontecimientos de nuestra guerra civil. Y, no obstante, el presente -mecido por un amor de aquellos que no podían decir su nombre- situado en el distrito neoyorquino de Brooklyn, ciudad en la que reside desde hace más de treinta años, se acompaña de la amistad de Estelle -personaje digno de novela-, una nonagenaria devota del comunismo. Barrero escribe y describe usando lápices discretos, sin caer en la tentación de las espinas, desnudando tenuemente sus convicciones. Entre los poemas, que va traduciendo al paso, estos versos de Emily Dickinson, estampados en el metro de Nueva York: «(…) Demasiado brillante para nuestra débil delicia,/ la soberbia sorpresa de la verdad/ ha de ser explicada con delicadeza, como se le explica a un niño un relámpago./ La verdad debe deslumbrar poco a poco,/ o todo el mundo se quedaría ciego”. Es cierto que en algún momento se suelta el pelo. Por ejemplo, al enjuiciar a Paco Umbral, «(…) emite sus opiniones, en muchas de las cuales se adivina una profunda ignorancia y una falta de preparación académica» (se refiere a ‘El día que llegué al café Gijón’). Y tampoco se pone reparos a la hora de enfrentar a Ernesto Sábato con Jorge Luis Borges: «Sábato es más la razón diáfana y honesta, el dato verdadero que el borgiano invento superfluo e innecesario». Asturias y un puñado de asturianos -José Luis García Martín, Pelayo Fueyo, Xuan Bello, Javier Almuzara…- también forman parte de estas páginas, en viajes de ida y vuelta que hermanan Brooklyn con Oviedo y Gijón de un modo más vinculante que las formalidades institucionales. EL COMERCIO no es ajeno a esas transacciones del espíritu. Y la música clásica se hace omnipresente, en una lección impagable que suele detenerse en el Metropolitan Opera House, de Nueva York. El muestrario sociológico que se le puede anticipar al lector, acaso encuentre su más fiel reflejo en los alumnos a los que Hilario Barrero explica la literatura española: (…) madres solteras, abuelas lentas pero con mucha fuerza de voluntad, lesbianas orgullosas y admirables, soldados veteranos de guerras ajenas (…). Todos deseosos de superarse, de formar parte del sueño americano». Mientras, Brooklyn, va cambiando de piel, se suceden cierres de tiendas entrañables y aperturas de nuevos negocios, nieves y luces, la delincuencia cede al vigor de los restaurantes y Estelle sigue igual de refunfuñona. Una frase para pensar: «Hay escritores que escriben como hablan y hablan muy mal. Hay escritores que hablan como escriben y así no habla la gente. Los primeros deberían recordar que por la boca muere el pez y los segundos tener cuidado con la saliva de la tinta, que puede ser venenosa».

Gracias a José Garés Crespo por la reseña que ha publicado en su blog de Dirección Brooklyn de Hilario Barrero, una reseña amplia, rigurosa e inteligente:

Dirección Brooklyn.

DE GABRIEL MIRÓ A HILARIO BARRERO, PASANDO POR CERNUDA.

“Dirección Brooklyn” es el tercer volumen que publica Hilario Barrero con este formato de diario. Los dos anteriores son, Las estaciones del día y De amores y temores.
Direccion Brooklyn es un libro que, aunque formalmente está secuenciado como un diario en el que va anotando algunas observaciones y reflexiones sobre algunas de las cosas u hechos que le rozan, Barrero aprovecha, en ocasiones, de forma aparentemente aleatoria, cualquier detalle para, en un continuo flash-back, transformarlo en un libro de memorias cuyo hilo conductor no son los días que durante su vida, desde la infancia hasta la madurez, recuerda haber vivido, sino los días que mientras escribe vive ahora y en Brooklyn, su actual residencia, confirmando lo que decía J.P. Lavall, “Escribir de otros es una forma, de las muchas que hay, de escribir sobre uno mismo”.
De esta manera, Brooklyn aparece como un telón de fondo sobre el que los personajes del libro, que son la mirada y los recuerdos de Hilario Barrero, pasean. Podríamos decir, que Barrero, en un ejercicio de humildad casi franciscana, nos propone en el título del libro hablar de Brooklyn, cuando en realidad nos habla de sí mismo. Como los magos que procuran centrar la atención del espectador en alguna triquiñuela evidente, mientras realizan todos los cambios en el resto de su parafernalia para que de repente, ¡voilà¡, misteriosamente aparezca el objeto no anunciado, así Barrero nos anuncia un diario de una ciudad, cual gacetillero neoyorquino, y nos deja caer en un excelente texto cuyo personaje central es él mismo. Barrero, más allá de las diferentes clases sociales y etnias que pululan por Brooklyn, entra directo a la persona y lo hace desde un profundo humanismo solidario. Sin duda una actitud claramente definitoria de su personalidad. Como decía A. Hauser, “la mentalidad de un escritor no es tanto por quien toma partido, como a través de quien mira el mundo”. Pero en cualquier caso, nada que ver con un escritor déclassé
En 1960, en su ensayo “Lingüística y poética”, se preguntaba R. Jakobson: “¿Qué es lo que hace que un mensaje verbal sea una obra de arte?”. Posteriormente, en 1971, G. Díaz Plaza tratando de explicar qué es la prosa poética señalaba, “el mayor acontecimiento estético de nuestro tiempo es el de la creación de un lenguaje capaz de alcanzar los elementos propios del verso, la tensión y el ‘clima’ propios de la poesía”
A partir de la pregunta de Jakobson y de la contestación de Díaz Plaja, aunque sigue en vigor el problema de definir teóricamente la prosa poética, al menos se nos abre un ángulo de lectura, una perspectiva interesante para leer “Dirección Brooklyn” y llegar a la conclusión de que nos encontramos delante de un texto escrito en “prosa” pero de un magnífico poeta. Y el poeta se introduce adquiriendo, en muchos casos, un protagonismo central.
Sin duda, el ejercicio literario que realiza Barrero es sumamente delicado, como el del equilibrista que se desliza por un cable a 10 metros de altura, realizando el triple salto sin red al final del trayecto. Barrero, teniendo a un lado, no el verso, aunque una lectura dirigida puede incluso extraerse versos pautados,
…el teatro de sus gestos se encarceló de sombra / su cuerpo se quedó inmóvil como un árbol, / atravesado por una flecha venenosa / como un pájaro con las alas de seda, / un río con las orillas llenas de ortiga, / una hoguera de cieno. (“Dirección Brooklyn”, pag.41),
pero sí la poesía, y al otro lado la prosa desnuda y cuidada, se desliza suavemente, inclinándose a un lado y a otro, sin tomar pié totalmente en ninguno de los dos. Lo cual demuestra un dominio de la palabra, de su música y su ritmo verdaderamente encomiable y que inevitablemente nos orienta respecto a una de sus pretensiones, posible en quien tiene un largo camino de estudio y elaboración de textos poéticos y que podemos denominar, prosa poética, con todo lo inconcreta que esta denominación mantiene. En cualquier caso, eso sí, un espléndido libro.
Más acá de los ejercicios literarios de este tipo, que los modernistas de finales del XIX realizaron de prosa poética, siguiendo a los simbolistas y el impacto de Boudelaire con sus poemas en prosa donde dio ejemplo de “glorifier le cult des images, ma grand, mon unique, ma primitive passion”, el libro de Barrero está más cerca de las estampas de Gabriel Miró en su Libro de Sigüenza y su peculiar entonación poética, en palabras de Baquero Goyanes, y en otros numerosos casos, por la estructura, el simbolismo y el ritmo, de los sesenta y tres poemas en prosa de Ocnos de Cernuda, éstos escritos desde el exilio mexicano y en continuas referencias a su infancia y juventud en Sevilla, y en “Dirección Brooklyn”, desde Nueva York en numerosos recuerdos y evocaciones del Toledo de los primeros 20 años de Barrero.
No se trata de proponer al lector que al leer “Dirección Brooklyn” entre en una convención semiótico-literaria que fuerce la lectura del texto, pero sí explorar un proyecto textual que está implícito y que asoma en ocasiones, tal vez no el primigenio, ni quizá el más fundamental, pero si una perspectiva, entre otras posubles, que ofrece una comprensión decisiva para responder a la pregunta de quien habla o construye la polifonía que es, en última instancia, todo texto con un alto componente poético, y sobre todo desde dónde. Aquí conviene recordar que, como dice U. Eco, el escritor realiza “un complejo trabajo de manipulación de la expresión, estimulando la capacidad interpretativa del destinatario”.
Conforme vamos leyendo las anotaciones de cada día, en muchos casos pudiera dar la impresión que Barrero intenta mantener una actitud aparentemente de observador imparcial, de fotógrafo stendheliano que va anotando cuanto sucede a su alrededor, como si quisiera darnos a conocer su actual ciudad sin más, comprimiendo el sentimiento y manifestándolo únicamente cuando nos habla de una tercera persona o acontecimiento en lo que aparece como un inocente deslizamiento de un espejo, e intercalando tímidamente alguna apreciación personal. Pero como demuestra el psiconeurólogo, profesor en Harvard, Pascual Leone “El cerebro solo ve lo que busca”, lo cual ciertamente nos lleva a hacer una pirueta intelectual y darle la vuelta, como a un calcetín, transformando el axioma escolástico de ver para creer por el, al parecer más riguroso de creer para ver. De tal modo que el lector atento observa como “Dirección Brooklyn” con frecuencia, rompe la aparente objetivación del texto que traiciona la pretensión del autor, si es que tal hubiese sido su intención. Y así, mediante este recurso, consciente o no da igual, Barrero nos cuenta de sí mismo sus sensaciones, los sentimientos y los recuerdos que lo que observa le provoca y que considera debemos saber. Conviene tener en cuenta que todo recuerdo, en tanto que recuerdo, lo es desde el hoy que el autor vive y relata, de manera que si todos somos producto de nuestra historia inevitablemente, ésta se recuerda contextualizada y en interacción con el hoy desde el que la recordamos siempre. De aquí que probablemente dentro de un año el mismo recuerdo tendría un perfil distinto a cómo lo recordamos hoy y por consiguiente produciría un texto asimismo diferente.
En el caso de “Dirección Brooklyn”, lo que importa , en esta lectura que propongo, no es desde dónde ni con qué técnica Hilario Barrero nos está contando su vida, sino cómo. Tengo la impresión de que es ahí donde reside la importancia de “Dirección Brooklyn”. De hecho, desde una deriva sociológica, aspecto no pretendido, al parecer, Barrero podría contarnos aproximadamente lo mismo viviendo en París, Roma, Madrid o Buenos Aires, ya que seguro en cualquiera de estas ciudades encontraría los mismos elementos objetivos que le provocan los estados de ánimo que, en última instancia, es el objeto del libro. En este sentido y como una lección marginal, pero no baladí que nos ofrece el libro, sería sugestivo hacer una lectura atendiendo a los efectos de la globalización, considerando lo mucho que se parecen los ciudadanos de estas ciudades nombradas u otras que se nos puede ocurrir. Unos comportamientos, los de los habitantes de estas metrópolis, que hace escasamente 40 años no serían tan parecidos ni previsibles. A caballo de La tercera ola de Toffler, de la aldea global se evidencia en su expansión inexorable.
Pudiera parecer, pues, habida cuenta de que el único sujeto claramente definido y evidente del texto es el autor, que estamos delante de una obra eminentemente lírica, pero tampoco es exactamente así. Hilario Barrero, comedido, entrañable e intimista de una intensa humanidad, desparrama su calidez por su vecindario, compañeros de trabajo, transeúntes…por dondequiera que arrastra su humanidad. Barrero que es un cuidadoso y exigente melómano, amante y buen conocedor de la ópera, continuamente nos cuenta sus asiduas asistencias a las mejores audiciones que se ofrecen en el Metropolitan Opera House. Cuando pasea por las calles de Brooklyn y observa las gentes que van y vienen, por la calle, en el metro, que vuelven cansados del trabajo o se lanzan, aún medio dormidos, al fragor de la vida diaria, se diría que preside su mirada un sentimiento agridulce de amor y tristeza, como si estuviera observando grandes coros que actúan según la partitura y el libreto de una ópera. Generalmente más cerca del Coro de los esclavos de Verdi que del coro de los peregrinos de Wagner. Un intenso y diluido sentimiento que preside la palabra de este excelente escritor y poeta que es Hilario Barrero y que forma parte del clima que nos posee desde la primera anotación en el primer día, Domingo, uno de Enero de 2006.
“Dirección Brooklyn” es un texto que exige varias lecturas, una primera que te engancha y te lleva, día a día, hasta el final, como si de un libro de aventuras fuera, y otra que reclama la reflexión necesaria para descubrir la vida, obras y milagros de un maestro de la palabra y del verso y solazarnos en el gozo y el placer. Y en una lectura al bies, una reflexión sobre una de las modernas Torre de Babel.