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A través de las líneas de internet llega una nueva reseña de Tulipanes para Zamudio, de Javier González Cozzolino, un libro de relatos que ya tiene muchos lectores. La reseña se puede leer y agradecer aquí, pero la transcribimos a continuación. Gracias efusivas a Edgardo Dieleke:

Sobre Tulipanes para Zamudio de Javier G. Cozzolino

Aclaremos: esto no será una reseña muy ordenada, pero sí pormayorizada sobre el gran libro de cuentos del argentino Cozzolino. Es más bien un breve trabajo sobre algunos de los puntos que con una gran habilidad Cozzolino “hace ver” en ciertas instancias de su estilo y su narrador (y además convengamos, ¿no dan ganas de leerlo, con el titulazo que tiene?)

Entonces, orden mínimo para introducir. Tulipanes para Zamudio es el primer libro de cuentos de Javier G. Cozzolino, quien viene publicando y haciendo de las suyas en varios blogs, y hace tiempo, confeccionando la gran hermanocerdo, revista de literatura y artes marciales. En una de esas movidas raras de nuestro país de origen, la Argentina, Cozzolino es editado primero en España, por algún despabilado caza talentos. Hace no mucho fue entonces publicado, allá en la Madre Patria, para suerte española y por ahora, sin la misma suerte del resto de los sudacas de origen. Pero hay que leer a Cozzolino, hay varios de entre sus diez relatos que son geniales. No es joda.

Veamos algunas de sus apuestas.

1. Cozzolino arma un libro de cuentos que aunque acaso no tenga el mejor orden posible (aquí un mejor editor hubiera ayudado más, creo), va demasiado menor a mayor, colocando en el centro del libro la potencia, con relatos como “504” o “Colchón de agua”, que son inmejorables. Lo extraño, y que no tiene que ver con el perfectible orden (yo hubiera colocado algún relato más potente al comienzo), es que el libro está por momentos cerca de la novela. El volumen va siguiendo a un grupo de personajes y con ellos arma un mundo, que no llega a ser el de la novela, pero excede al de los relatos. Esto que para algunos clasicistas podría ser un error, es sin dudas de lo mejor del libro, porque hay una estructura interna que lo sostiene, y un mundo que se va intercomunicando. Hay fuertes instantáneas de una Buenos Aires que parece ir en dos carriles, narrada desde el “grupo familiar” de Zamudio, un periodista desencantado y en constante sensación de fracaso, y la vida paralela de los nuevos inmigrantes chinos y una increíble fiesta con los peruanos Beto Armijo y parentela. Los mundos, a veces más densos y profundos, a veces más cínicos y divertidos, arman un buen balance, entre el desencanto pertinaz de la clase media argentina venida a menos y su imposibilidad de resignarse a no ser.

0. Uno podría decir que la potencia del libro está en este centro que mencionamos, entre el tener y no tener, entre el querer y no poder, en la probable ausencia del bien, de Di-s, como escribe siempre el narrador. Y este narrador escribe desde ese lado –y eso es también lo que le da cierta unidad al libro, por detrás de todos los relatos parecería estar Zamudio y su ética. Cómo es Zamudio? Por qué merece nuestros tulipanes? Zamudio es un narrador que consigue estar, como la buena literatura, siempre agazapado a punto de dar el zarpazo, o mejor, el cross en la mandíbula, con una frase que desarma el cómodo mundo del progresismo bien pensante, a veces con argumentos nada aceptables. Pero eso es lo genial, es un narrador incómodo, de difícil identificación, que habla desde una indefinible derrota “feliz”. Veamos como ejemplo el lugar de Zamudio:

“La mamá de Zamudio había reservado mesa en un restaurante de Palermo. Todos parecían felices. También Zamudio: había llegado a los treinta y dos años con una mujer y tres hijos; su fracaso como periodista quedaba en segundo plano si pensaba en esas cosas: una vida monótona pero feliz –debía ser feliz-, sin redacciones de diarios ni trasnoches ni supuesta y trillada bohemia ni notas de tapa ni ninguna otra justificación a sus estudios en la escuela de periodismo, pero asistiendo a su madre en el estudio jurídico y diciéndoles a los hijos, a Silvita, Los quiero, los quiero mucho. Debía mirarle el lado positivo a las cosas. Debía parecer feliz. Sosegadamente feliz.” (p.48).

En parte es por esto que los mundos de Cozzolino podrían remitir a Onetti, pero lo hacen con una mirada menos drástica, acaso con la carga de la familia que al mismo tiempo es lo que le da otro material a la literatura, que puede verse en los relatos como “504” o “Colchón de agua”, acaso con un cierto tono que uno podría encontrar en Roth.

2. Es difícil, pero hay que pensar en nuevas categorías para poder referir el modo de hablar de estos relatos, su estilo, del mundo que propone Cozzolino a través de su sufriente y ético Zamudio –que nunca transa, una especie de ética inquebrantable, admirable y graciosa a la vez, porque parece ocuparse también de lo mínimo (y allí su grandeza). Uno puede ir a ciertas afiliaciones, como dije, un poco de Onetti, algo de los mundos familiares de Roth, algo de realismo sucio, y muchas referencias religiosas, raras, extremas y completamente ajenas a la literatura actual argentina. Acostumbrados a un panorama en la joven narrativa en que la auto-referencialidad es una de las claves (y Tulipanes puede ser leída por acá también), frente a ciertos textos en los que ciertos problemas parecen muy nimios y hasta demasiado idiotas (la literatura del yo es más vieja que la literatura, con lo que por otra parte habría que avanzar con estas categorías de análisis), Tulipanes vuelve a las experiencias fuertes, debate con Di-s o declara su ausencia, y propone una vuelta al realismo, pero sin consignas panfletarias ni cartoneros fashion. Es un realismo que incomoda, que jode a veces pero que al mismo tiempo encuentra todavía los resquicios de humanidad en lugares cada vez menos transitados.

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La prestigiosa revista literaria Clarín incluye en su sección de “Paliques”, dedicada a las reseñas, un apartado para nuestros “Tulipanes”.

Desde aquí, agradecemos a Alfonso López Alfonso su juicio y sus palabras.

La reseña sobre Tulipanes para Zamudio, de Javier G. Cozzolino, la ponemos escaneada primero, y la transcribimos a continuación:

Javier G. Cozzolino, Tulipanes para Zamudio, Universos, Mieres del Camino, 2009.

 

NOVELA DE AMBIENTE

En 1928 un joven asturiano sorprendía a la intelectualidad madrileña –que entonces, más que ahora, era la que contaba- con la publicación de un conjunto de relatos titulados El blocao. Los relatos, bastante independientes entre sí, tenían en común un tema: la guerra de Marruecos. Su autor, José Díaz Fernández, había estado de soldado en Marruecos entre 1921 y 1922 y en la obra, echándole algo de literatura al asunto, hablaba de lo que había visto. El libro tuvo éxito, pronto alcanzó nueva edición, se tradujo a varios idiomas y fue catalogado muy apropiadamente por la crítica como una novela de ambiente, en cuanto que, si bien en él no estaba presente el desarrollo dramático tradicional de la novela, sí había una precisa unidad atmosférica. Lo que se respira en todos esos relatos es el absurdo de la guerra y la podredumbre humana en que acaba convertido un soldado.

Javier G. Cozzolino no ha escrito una novela de la guerra marroquí, pero sí ha hecho una buenísima novela de ambiente, fundamentalmente del ambiente de la Argentina postMenem –aunque en el relato 504 hay un viaje al pasado reciente, el que emana de la última dictadura-, un país al que la realidad vino a apear de un mazazo de un tren de vida que no le correspondía. Zamudio, el protagonista de varios de los relatos que componen el volumen, es un periodista fracasado y desbordado por las responsabilidades familiares con que lo apremian su mujer Silvita y sus tres hijos, al que un amigo le da la oportunidad de reconducir su vida metiéndolo como redactor en una revista; Zamudio es un personaje a la vez cotidiano y excesivo: “Y yo creo en Di-s, soy católico, apostólico y romano, estoy en contra del uso de anticonceptivos, vivo en un barrio lleno de peruanos y bolivianos y voy por mi tercer hijo”, piensa decirle a su amigo Sisca. Un personaje contradictorio que representa muy bien la deriva de cierta clase media venida a menos. El Beto Armijo, que aparece y desaparece a lo largo del libro, es uno de esos trabajadores bolivianos que pululan por Buenos Aires y tan bien presentó Adrián Caetano en su película Bolivia, un sin papeles abocado al trabajo duro y marginal al lado de los chinos Ming y Ming II, un joven instintivo, visceral y bastante inmaduro que se muestra incapaz de sacar adelante a su mujer y su hijo. Los hermanos del Beto sobreviven con el trapicheo de drogas, él, rudo, sentimental y valiente, no quiere pertenecer a ese mundo y se ve inmerso en otro que se lo pondrá aún más difícil; un mundo en el que predominan los prejuicios y la lucha por la dignidad equivale a la lucha por la vida. Hay otros personajes igualmente incompletos, como Shultz, que deja pasar el tiempo con un cigarrillo pegado a los labios, o el padre de Zamudio, obsesionado con la muerte de su madre cuando él era un niño, y entre todos componen una galería de espectros tan tangibles, tan sumamente verosímiles, que dan para tomarle el pulso a un país amado por sus ciudadanos y en el que, esos mismos ciudadanos, viven reputeando de los gobiernos de turno. Los personajes de Tulipanes para Zamudio parecen la metáfora perfecta de la Argentina actual, son gente con condiciones empujada no se sabe muy bien cómo hacia la incomprensión y la derrota, del mismo modo que un país que lo tiene todo no acaba de levantar cabeza tras la caída de la magra purpurina que sostenía el falso sueño neoliberal hecho añicos en 2001.

Tengo la impresión de que Tulipanes para Zamudio es un libro más adecuado para leer en estos tiempos de crisis que muchos de esos manuales que ahora –a buenas horas mangas verdes- se dedican a explicarla minuciosamente, con exhaustivas tablas y datos económicos y sociológicos en sus páginas.

En el todavía joven catálogo de la editorial Universos abundan los escritores con trayectoria dilatada en revistas a los que se les da la primera oportunidad de aparecer en libro. En esta misma colección de narrativa en la que aparece el primer libro de Cozzolino en España, están también las asturianas Inés Toledo y Ana Vega con sus operas primas respectivas. Cozzolino colabora habitualmente en la muy original publicación de internet HermanoCerdo, que acrisola literatura y artes marciales. Este autor es todo un descubrimiento, y, lo mejor que se puede decir de él, como de cualquiera que valga la pena en esto de la literatura, es que merece la pena leerlo.

Alfonso López Alfonso

 

 

Estamos de enhorabuena: en la revista digital Calidoscopio hacen una entrevista a Javier G. Cozzolino. Podéis verla aquí o bien seguir leyendo, no  sin antes darle las gracias más efusivas a J. S. de Monfort por el tino e inteligencia de las preguntas:

Entrevista de Javier G. Cozzolino

Javier G. Cozzolino fue alumbrado en Buenos Aires (1973). Redactor, editor, periodista, es sobrino nieto de Eduardo González Lanuza, escritor español que llevó, junto a Borges, el Ultraísmo a Argentina.
Vive en el Barrio de Almagro (Buenos Aires). Colabora en diferentes medios y es uno de los pocos escritores argentinos de la prestigiosa revista de literatura y artes marciales HermanoCerdo.
Tulipanes para Zamudio, su primer libro, está publicado en España por la Editorial Universos.

1. Me da la impresión de que algo atraviesa el libro y es la dicotomía entre el nombrar y el silencio: lo que no se puede decir, pero se dice. Tendría esto que ver bastante con el periodismo. Tulipanes… me parece, entre otras cosas, el relato del colapso entre la literatura y el periodismo. ¿Cómo ves tú ese conflicto?

Es cierta la dicotomía a la que te referís entre nombrar y el silencio. Por ahí se deba a que el libro es en definitiva una larga confesión colectiva de las miserias y yerros de todos sus personajes, y una confesión tiene eso, una tensión entre decir y no decir y, a la vez, la urgencia de que triunfe el decir para así recuperar el cielo.
Personalmente, al escribir el libro, a mí me pasó algo parecido. Había que hacer literatura o algo parecido y ser el amanuense de mis personajes en sus confesiones. Seguro el recelo del que hablás es el rastro que quedó de todo aquello.

2. Tomando de nuevo en cuenta lo innombrable, se erige en el libro como elemento fundamental la figura de Di-s [sic]. Ese eludir la ‘o’ del nombre parece negar la posibilidad de salvación de Zamudio. Así, sin la ‘o’, Dios se constituye, además, como algo incompleto. Encima, la ‘o’ nos recuerda la forma que tienen los “tulipanes” (preservativos) que consigue Zamudio estando en su segunda luna de miel con Silvita, pero que, sin embargo, no puede utilizar. Parece pues (y así se nos dice en repetidas ocasiones) que todo depende de la voluntad de “Di-s”. ¿Es esto cierto?

No lo había pensado en esos términos al guión en “Di-s”. Pero está muy bien esa interpretación. Siempre está bueno interpretar estos textos seculares, ¿no? Ahora, la verdad, es que el uso del guión dentro de esta palabra en mi caso respondió a cuestiones religiosas. Quisiera ser un mejor cristiano, pero lo cierto es que soy cristiano, supongo, y además medio obsesivo. Y hay entre el pueblo judío quienes todavía practican una escritura parecida del nombre de Dios, y está también la prohibición de nombrar a Dios en vano. Entonces yo, la verdad, que ya con demasiada gente me meto al escribir mis historias, no quiero crearme otro problema mayor con Dios, que aquí lo puedo escribir tranquilo así, porque esto no es una ficción. Prefiero meterle el guión por respeto en la ficción, así como le cambio el nombre a la gente que tomo de la realidad y que modifico en mis textos.
En cuanto a Zamudio, no creo que tenga la salvación vedada, pero sí es cierto que no depende pura y exclusivamente de él. Como alguna vez leí en la letra chica de la Biblia, existe el pecado original, ya sabés, Adán, Eva, la serpiente, la manzana, pero a ese pecado con el que todos nacemos se le suma otro no menor, el pecado social, las injusticias del mundo. En ese contexto nacemos todos y Zamudio digamos que no es la excepción.

3. Todo el libro esa habitado por la culpa, como si esto justificase el rencor. Los dos principales personajes (Zamudio y el Beto Armijo) son personas tristes que buscan el alivio en la fornicación. El sexo es a un tiempo esperanza y derrota.
¿Resulta ineludible la culpa, así como el destino?

La culpa es tremenda pero necesaria. Pero me imagino que no es ineludible, mucha gente se escapa de ella, y si uno es un psicópata, ni hablar (entre los que mandan el mundo me parece que hay una cantidad importante de psicópatas). En cuanto al rencor, no creo que él justifique a la culpa, sino más bien al revés. Y después de la culpa suele venir bronca contra uno mismo, frustración, y entonces sí, otra vez ataca el rencor.
Para hacerla corta, creo que la culpa es el combustible del sueño que algunos soñamos acerca de ser inmortales y querer creer en la existencia de Dios. La culpa exige arrepentimiento y por sobre todo clama por la redención. Y eso también creo que al menos intuyen mis amigos personajes.
Después está el sexo, sí, como alivio incompleto, como esperanza y enseguida como derrota. Pero es que así mis personajes entienden y han vivido al sexo, y así también yo suelo vivirlo.

4.  Los temas del doble como ser inferior y la muerte están bastante presentes en el libro. El mismo Zamudio se considera el profeta de su padre, que es el mismísimo Di-s. Pareces decir que toda ganancia implica una pérdida. La ironía es que toda derrota procede de una pugna y todos los personajes del libro son arrastrados por los acontecimientos, nada sucede por su propia voluntad. ¿Qué opinión tienes al respecto?

Zamudio y el Beto son dobles que pelean con sus circunstancias en desiguales condiciones, eso es lo que hay, creo, y entonces el Beto es al que peor le va, eso es todo. El Beto no tiene casa, es boliviano, vive en la Argentina y en la Argentina generalmente al boliviano se lo discrimina, se lo maltrata, se le dice “bolita”, se le dice “negro de mierda”. Pero eso no significa que sea el artífice de alguna libertad de Zamudio. Zamudio es un burgués con serios problemas de adaptación a la sociedad y al individualismo del que hablás. Sabe que el individualismo es pura basura para él, porque el individualismo requiere que poco a poco te vayas desprendiendo de la culpa, de tu contacto con un orden moral, religioso, para que, por ejemplo, llames “crédito” a lo que en realidad es una “deuda”, o llames “hacer el amor” a lo que es simplemente “sexo” y del más sórdido. Eso causa impotencia en mi amigo Zamudio, porque él no puede cambiar el mundo, es un hombre, nada más. Y ya que me hacés pensar en estas cosas, pienso que tal vez donde hay un paralelo mucho más contundente es entre la relación periodismo-literatura y secularismo-religión. La literatura para Zamudio es un doble de la religión. Ahí sí podés ser libre, el problema es que no es productivo ni políticamente correcto entregarse a la literatura sin mayores especulaciones, como tampoco lo es aferrarse a una fe. Para el individualismo materialista que nos rodea literatura y religión no sirven, son más bien impedimentos, serias disfunciones que deberían ser eliminadas. El paradigma utilitario que signa al individualismo necesita periodismo y necesita secularismo, las falsas promesas de libertad, de libre albedrío, que ofrecen esas dos alternativas.

5. Tulipanes… me parece un libro de realismo urbano profundamente argentino. Incluso más, se trata de un libro bonaerense. En un momento del libro se dice que “la argentina es una puta fácil”. Visto desde España,  para los que no conocemos la ciudad me temo que se nos perderán algunos matices que supongo desvelará mejor quien sí la conozca. ¿Cómo crees, y cómo te gustaría, que recibiesen el libro los lectores de un lado y del otro del Atlántico?

La Argentina, y esta es mi opinión, trata mal a los argentinos, eso es lo peor de mi país. Es como estar en tu casa y que todo el tiempo te griten, te escupan, te burlen. Es muy doloroso vivir en esas condiciones. Y te da mucha rabia cuando, a la vez, la gente de tu casa es de lo más correcta y afable con ciertos hijos de puta que le traen dinero. Pero la Argentina no es los argentinos, la Argentina como “puta fácil” a la que me refiero es la clase dirigente de mi país: políticos y hombres de negocios, y también buena parte de la supuesta fuerza intelectual. Seguramente hay excepciones, pero lo cierto es que aquellos que han manejado los destinos de la Argentina en las últimas tres o cuatro décadas supieron entregar a su pueblo por monedas. Y es triste, porque estamos hablando de un país que tiene recursos naturales, que tiene gente educada, que no está superpoblado, que todavía conserva una clase media imposible de imaginar en otros países latinoamericanos.
Lo que uno ve con este entreguismo continuo es que, día tras día, vamos cayéndonos en el olvido de quienes gobiernan y dirigen el capital y la cultura. Para que te des una idea de lo que te digo: mi mujer es descendiente de uno de los hombres de la revolución de mayo. En 2010 se cumplen dos siglos de esa revolución que sacó al virrey español del gobierno. Hace unos meses, llamó a casa otro descendiente de estos revolucionarios. El tipo está formando algo así como un “club de patriotas”. Pero eso no interesa, aunque está bueno para un cuento…
Lo que importa: el tipo le dijo a mi mujer, bromeando, que tenía ganas de que todos los descendientes de los revolucionarios de mayo firmaran una carta al rey de España pidiéndole por favor disculpas por lo hecho en el siglo XIX por nosotros los argentinos. Es patético. No el tipo, sino que se llegue, como argentino, a sentirse tan poco orgulloso de la historia que se inició tras 1810. Y es que la historia argentina es realmente asombrosa y triste, es una serie de episodios con unos pocos héroes y muchos hombres miserables, que fueron, lamentablemente, los que triunfaron.
Me preguntás también por cómo me gustaría que sea recibido el libro aquí en la Argentina y en Europa. Por lo pronto quiero que se pueda vender el libro en España y que aquí, si pueden, también lo compren por internet, y que me lean. Que para eso está. Para ser leído. Y sí logra gustar y, además, consigue otros fines, digamos que mejor.
Uno quiere que a los hijos les vaya bien y ganen campeonatos de lo que sea. Bueno, yo deseo también lo mismo con mi libro. Pero eso ya no depende de mí.

6. Siempre me ha parecido que tu escritura es rara y clásica. Y esto en el sentido de que es muy personal, que funciona como una especie de ventosa sobre sí misma, se abre y se cierra, se abre y se cierra. Será tal vez por ello que uno no puede dejar de acordarse de la tristeza y la sordidez de Onetti, la gozosa inutilidad de la poesía de los cuentos de Feliberto Hernández, e incluso de la demencia bulliciosa por vivir de Roberto Arlt. Incluso la soledad y el fracaso de Julio Ramón Ribeyro. ¿Te reconoces en estas influencias? Háblanos también de los autores que más te gustan.

No soy un gran lector. No quiere decir que no lea. Sucede que empecé a leer a conciencia hacia los 15 años, más o menos, y poco. Tengo amigos que se leyeron todo Salgari de muy chicos. Mi hijo mayor, en ese sentido, es un genio. Tiene diez años y sabe un montón de mitología griega y hasta puede describirte todas las escalas del periplo de Ulises hasta Ithaca. Yo a su edad quería ser conductor de televisión.
Todo este introito para decirte que pienso que uno escribe como escribe más a consecuencia de las faltas de lectura que por lo que leyó, y paradójicamente esa ignorancia a veces es fructífera, porque de ese modo evitás la tentación de copiar, porque no tenés a quién copiar, y si tenés suerte te puede salir hasta algo original.
Por supuesto, hay formas de contar y de escribir que son mías y que tienen detrás ejemplos contundentes de escritura. Así rápidamente te confirmo que sí, que Onetti y que Arlt, no sólo en mi escritura, sino en mi vida, fueron y son fundamentales. Siento una enorme empatía por esos dos tipos.
Philip Roth, Carver, el tan injustamente criticado Ernesto Sábato y Cheever también andan por ahí, creo que es evidente. Especialmente por Cheever experimento una conmoción sentimental difícil de explicar. Llegué a llorar de emoción leyendo, por ejemplo, “Adiós hermano mío” o Falconer. Chejov también me ha producido cosas parecidas. Esos digamos que creo que están implicados en mis intenciones literarias; ahora, si los honro o no, eso no lo sé, eso no lo tengo que decir yo.
Después hay escritores que siempre he disfrutado mucho aunque no me sienta tan influido por ellos. Naturalmente Borges está en el top ranking de mi corazón. Pero también está Antonio Di Benedetto. Y Bioy Casares, que se merece el cielo en el que nunca creyó solamente por La invención de Morel, una novela perfecta, perfectísima, un monumento a la estética y la inteligencia. Y Cortázar, qué joder, me pasé años, con este sí, años tratando de imitarlo, algo bastante típico cuando uno comienza a escribir y tiene a Cortázar entre sus lecturas.
Y no me quiero olvidar de otro escritor gigante: Manuel Mújica Láinez. Toda gente a la que no se parece, supongo, mi escritura, pero que tiene una producción increíble.

7. Hablando de semejanzas, Tulipanes… no creo que se pueda considerar un libro de relatos, sino una novela construida al modo de una sucesión de cuentos. Así como hacía Cheever en algunas de sus novelas. Se siente una clara conciencia de la estructura de relato de conjunto, y esto permite unos finales mucho más abiertos que dejan bastante espacio para el lector y garantizan la coherencia y continuidad de un relato más largo.
Además el libro vuelve del final al comienzo, y en este sentido se vuelve infinito, gana su capacidad de reinvención, como diciéndonos que este libro son muchos libros. Es un libro, me parece, que pelea definitivamente contra la vida,  igual que un mecanismo incombustible que nunca se detuviese ¿lo sientes tú también así?

Sí. Pero eso no significa que sea la única manera de sentir a Tulipanes…. Que cada uno lo llame como le parezca: libro de cuentos, novela fragmentaria, genialidad, basura… Hay cosas igual que son evidentes, y muchas vos, felizmente, las mencionás.

8 El personaje de Sisca en el último relato dice que “la nostalgia no sirve para escribirla”. Sin embargo, Tulipanes… está preñado de nostalgia, de una nostalgia vaporosa, incluso de una especie de nostalgia futura. Y aquí entra el tema de la paternidad. Tú eres padre. Todos los padres que habitan el libro parece transmitir su desdicha a los hijos, como si una vez la desdicha te tocase hubiese de ser eterna. La gestación de un libro es un acto de sublimación.
¿Cabe la posibilidad de que suceda lo mismo con los hijos, en el propio acto de educarlos?

Sisca dice eso refiriéndose a cierto periodismo, al periodismo que se enfrenta con la literatura, que hace de la nostalgia una cursilería, por eso Sisca se ataja, es un tipo muy inteligente, Sisca.
Ahora bien, el embarazo de nostalgia que presenta mi libro tiene su explicación, en primer lugar, porque creo que la literatura, como el tango, pueden y deben hablar de la nostalgia. En segundo lugar, hay nostalgia por lo siguiente: Tulipanes… es el producto de una serie incontable de fracasos personales. Detrás de las páginas de este libro hay, y no te miento, como seiscientas páginas que son pura basura, y antes que eso hubo una infancia felicísima y pura y un mundo lleno de gente buena. Y Tulipanes… recibió toda la consecuente carga de frustración de mi parte, como mis hijos lamentablemente reciben mis frustraciones y nostalgias junto a mis puntos positivos.
Eso no significa que carguen necesariamente con mi desdicha y que el día de mañana se la transmitan a mis nietos, pero hay cosas que son inevitables, tan inevitables como el fracaso y la felicidad que precede a Tulipanes….
Entre lo inevitable está que mis chicos también se planteen el problema de Dios, la existencia y la muerte. No porque yo les hable de eso. No. Sino porque tienen una sensibilidad especial sobre el tema y porque respiran el mismo aire que yo respiro.
Entonces pueden soñar con muertos, o pueden participar de la nostalgia por el futuro que yo siento y que ellos, sobre todo los más grandes, a veces sienten. Esa nostalgia por el futuro es como estar velando a los muertos que vendrán. Pero no todo es tan negro. También pueden verme vestido de princesa un sábado, o escucharme hacer voces, o simplemente sentir que los acompaño en sus días.
Yo no sé si con todo eso uno sublima. No lo sé. Sí sé que quisiera hacerles menos mal. Quisiera ser más bueno con ellos. Quisiera darles una seguridad económica que hoy no tengo. En fin, ser el mejor padre del mundo. Y uno es lo que no es, uno es lo que quiere ser, digamos, y hacia allí trato de dirigirme, con muchos inconvenientes, claro.

9. De Tulipanes… ya habían sido publicados algunos de los relatos en la revista HermanoCerdo. Sin embargo, reunidos ahora en libro y con la ordenación que tienen cobran un sentido nuevo y parecen haber sido escritos como una idea de conjunto.
¿El libro se armó a posteriori o ya lo tenías previsto tal cual se ha publicado?

El libro nace de una entrevista malograda que le hice a un tipo que hace armaduras samurai y es séptimo dan de karate. Ahí sentí un desdoblamiento, me sentí Zamudio, y comencé a conocerlo.
No era un buen momento mental para mí, no estaba muy bien. Así arrancó todo, con un samurai por un lado y conmigo por el otro sufriendo alguna alteración mental nada severa, pero muy molesta.
No me publicaron la nota, todo iba cuajando con la derrota de Zamudio, yo también vivía mis derrotas personales, y comencé una historia larguísima y triste que me sirvió de base para armar finalmente el libro: el samurai, claro, quedó fuera, pero por cuestiones técnicas.
Lo cierto es que siempre tuve la idea del conjunto, desde un principio. Pasa que en HermanoCerdo fui publicando algunos textos sin orden, e incluso sin corregir demasiado, para apoyar el proyecto, que es un gran proyecto; hay, de hecho, muchísimas diferencias entre esos primeros textos de HermanoCerdo y los finalmente publicados en el libro.
Ahora, el esfuerzo final de estructurar el libro se lo debo a Mauricio Salvador, editor de HermanoCerdo y un muy buen escritor, así como el título se lo debo a otro escritor al que admiro, Daniel Espartaco, que me sugirió que así llamara al libro, el libro se iba a llamar “Zamudio” a secas. Mauricio, por su parte, me dijo que debía armar el libro de una vez, me estimuló a que lo hiciera, y entonces me puse a pensar y, oh sorpresa, no fue necesario tanto esfuerzo, la estructura estaba, era evidente.
Meses después me escribió un editor catalán que había leído algunas cosas en HermanoCerdo. Y luego un asturiano. El catalán leyó primero el libro, le gustó mucho, pero ahí quedaron las cosas por falta de recursos. El asturiano directamente me dijo “te publico”, y bueno, ahí está mi libro editado por Universos.
Si algo me deja relativamente tranquilo es que no busqué publicar, no anduve con esa fiebre, ya no tengo veinte años, ya no puedo darme el lujo de esas fiebres. Un par de editores vino a mí, y eso, más el apoyo de un puñado de lectores, me dieron alguna seguridad o alguna certeza de lo que venía haciendo.
Digamos que no necesité, por suerte, coquetearle a nadie, quienes coquetearon fueron mis textos, y es importante saber que te publican por tus textos y no porque conocés a fulano o a mengano. Es importante que tus textos vayan adelante, que el autor sea nomás un nombre.
Es también una enorme felicidad que otros escritores que participaron en HermanoCerdo se sumen a la colección de la que participa mi libro. Confirma que el proyecto de la revista que hacemos con Mauricio Salvador (mexicano) y Javier Moreno (colombiano) realmente tiene sentido y calidad. Y todo sin recursos, por amor al arte, como se dice, y a los hombres y mujeres que dedican su tiempo a estas cosas.

10. Uno le perdona a Zamudio sus faltas, y creo que es porque uno se enternece con su debilidad. Justo por ello se le quedan a uno las ganas de saber más de Zamudio, ¿sabremos más de él en el futuro? ¿Qué planes de escritura tienes? ¿Trabajas ahora mismo en algo?

Estoy escribiendo, en algunos textos Zamudio está, claro. Y también está el samurai ése que alguna vez conocí y que no es igual pero que se le parece al samurai verdadero. Tengo entonces muy avanzado algo, algo con Zamudio, sí. Pero Horacio El Samurai Gómez también pisa fuerte y avanza.
Espero antes de fin de año tenerlo todo ya armado, pero ya se verá.

11. Más que el amor Tulipanes… viene a afrontar la conveniencia y la convivencia. Da la sensación que al crecer, al abandonar la infancia la infelicidad fuese la única realidad posible. En un momento Zamudio le espeta a su madre “ya no somos felices”. ¿Proporciona, al menos, la escritura esa necesaria felicidad?

Hay libros que dan felicidades y hay veces que escribir algunas cosas también da cierta felicidad. Como antes te decía, la literatura y la religión son del partido de la felicidad, pero de una felicidad que no es de este mundo. Y ojo, también cierto periodismo genera esa felicidad, ese periodismo es el de Operación masacre o el de A sangre fría y La hoguera de las vanidades.
Luego, de las felicidades de este mundo se ocupan el secularismo y el periodismo más difundido, ellos te dicen qué es la felicidad y qué no, pero yo ahí no puedo ser feliz, no me satisfacen.
Los suplementos culturales de los diarios, por ejemplo, me ponen nervioso. Tanto ego, tanta jactancia de críticos y escritores. Es inaguantable. No me aguanto ahora mismo respondiéndote todas estas cosas, me siento repelente.

12. ¿Cómo es esa historia de que tu abuelo introdujo el ultraísmo en Argentina, junto a Borges?

Así dicen los libros. Eduardo González Lanuza nació en Santander, pero de muy chico se vino a la Argentina con un número importante de hermanos y sus padres, esa historia la relata en un libro muy bueno y que fue premiado, que se llama Cuando el ayer era mañana.
Ya de joven, Borges se hizo su amigo. Y a través de una revista, que era más bien un pasquín, empezaron a agitar el mundillo cultural con el ultraísmo. Eran jóvenes y como jóvenes eran rebeldes, así sea difícil imaginarse a Borges rebelde. La amistad siguió hasta que fueron viejos, según tengo entendido.
Fue un buen poeta, Eduardo, y un gran biógrafo. Yo lo vi pocas veces, no tuve una relación estrecha, sino más casual, de encuentro en velorios o en contadas reuniones familiares. Creo que no le gustaría mi libro, y no es una crítica hacia él, sino una frustración que, junto con otras, me genera Tulipanes….

13. Dinos cómo se siente uno al ver por fin su primer libro entre las manos.

Raro. Como cuando tengo sexo, hay felicidad física, material, por las tapas duras, y hay derrota espiritual porque todo podría haber sido mucho mejor y más limpio, las dos cosas. Y más raro aún cuando publicás a miles y miles de kilómetros de distancia y en tu ciudad no hay librería que tenga tu libro.
Y después lo que también siento es un compromiso mayor por seguir escribiendo, lo que no es una sensación placentera necesariamente. Después no siento más nada, y no es desdén ni es una postura. Me seguiré muriendo igual y el recuerdo o el olvido de la gente con respecto a mí es algo inmanejable. Ahí siguen mis problemas: Dios, la existencia, la muerte, la salvación, mis hijos, el dinero para llegar a fin de mes, el colesterol y el tabaquismo.
Son demasiadas cosas, y un libro no puede tapar esas demasiadas cosas.

EDITORIAL UNIVERSOS presenta el libro de relatos Tulipanes para Zamudio, de Javier G. Cozzolino, y acompañamos la nota de prensa para todos aquellos que quieran anticipar el contenido del libro.

NOTA DE PRENSA

Los personajes de Tulipanes para Zamudio viven al límite: son seres inadaptados, que habitan este principio de siglo bajo el signo de la sospecha y la derrota. Algunos recorren estos cuentos buscando una salida, y otros encuentran la explicación de su propia naturaleza.

Zamudio es un periodista que asiste y resiste ante la última oportunidad de ser alguien. Beto es un hombre brutal y simple, que atraviesa varios de los relatos de este volumen arrasándolo todo a su paso, envuelto en sexo y violencia. La responsabilidad de los hijos ataca a ambos personajes. Zamudio participó en la edición de un libro verde, un libro que contiene una historia. Beto pierde un hijo. Elsa Gutierrez nació sin orejas. También están Shultz, Ming y Ming II. Son historias de derrotados.

Javier G. Cozzolino firma su primer libro de relatos con una prosa deslumbrantemente fresca, llena de giros dialectales, con la que acercarse a la realidad sin deformarla, pero diagnosticando al mismo tiempo los males de la cotidianiedad.

Portada Cozzolino

Javier G Cozzolino fue alumbrado en Buenos Aires (1973). Redactor, editor, periodista, es sobrino nieto de Eduardo González Lanuza, escritor español que llevó, junto a Borges, el Ultraísmo a Argentina.

Vive en el Barrio de Almagro (Buenos Aires). Colabora en diferentes medios y es uno de los pocos escritores argentinos de la prestigiosa revista de literatura y artes marciales Hermano Cerdo.

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