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Brooklyn en blanco y negro
[Diario 2008-2009]
de
Hilario Barrero
La presentación correrá a cargo de
José Luis García Martín
Miércoles 27 de julio |  19.30 horas

Sala de conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto | c/ Jovellanos, 21. Gijón/Xixón

Güei tenemos presentación nel Club de Prensa de La Nueva España d’Uviéu a les 20.00 hores. Presentamos tres llibros… Cásique nada… Son “Urraca, l’asturiana”, de Cristina Muñiz Martín, “Einstein y la relatividá”, de Jorge Fernández García y Amparo Sarrión, y “Evaristo Valle, el pintor del Antroxu”, de Sidoro Villa Costales.

Les portades de los llibros son estes:

Los llibros son biografíes novelaes pa nenos ente 9 y 12 años, anque tenemos l’enfotu de que va gusta-y a más xente de toles edaes. Si podéis venir, va prestanos muncho. Si traeis a los guah.es, meyor. Van pasalo bien.

Ah, y les ilustraciones son de Laura Vázquez Valdés, guapísimes…

En La Nueva España se publicó una nota de prensa de la presentación de Cerrar los ojos para verte en Noreña, presentación multitudinaria donde las haya… Aquí va:

Olay presenta en Noreña su poemario, «que busca que el lector se reconozca»

El joven noreñense logró el premio «Asturias Joven de Poesía 2010» con «Cerrar los ojos para verte», «fruto de seis años de lectura y escritura»

NOREÑA, M. NOVAL MORO El hotel Cristina de Noreña acogió ayer la presentación de «Cerrar los ojos para verte», el poemario con el que el joven noreñense Rodrigo Olay (1989) conquistó el premio «Asturias Joven de Poesía 2010». Una presentación en la que el poeta estuvo flanqueado por los colaboradores de LA NUEVA ESPAÑA, el periodista Christian Franco Torre y Juan José Iglesias, así como por Jose Ángel Gayol, el editor del libro. Iglesias y Franco, que conocen a Rodrigo Olay desde que era niño, esbozaron la trayectoria del joven. Sus primeros textos para las clases de Covadonga Molero, los tempranos reconocimientos a su obra adolescente y sus colaboraciones en alguna revista local fueron recapituladas por sus paisanos.

Por su parte, José Ángel Gayol, quien, además de editar «Cerrar los ojos para verte», también fue galardonado en 2010 por la Consejería de Cultura y Turismo, en su caso por el texto teatral «Ensin noticies del fin del mundu», se centró en el volumen objeto de la presentación, un fresco y vigoroso poemario con referencias a Machado, Borges, Quevedo y Ángel González, entre otros. Finalmente, Rodrigo Olay hizo una lectura comentada de algunos de los poemas del libro.

«Este libro es fruto de seis años de lectura y escritura, porque ambas actividades están estrechamente vinculadas», apuntó Olay, antes del inicio del acto. «Es un poemario que busca ser inteligible, libresco y que el lector se reconozca porque recoge las preocupaciones esenciales de la tradición poética española, que también son las de nuestros días», añadió el autor, quien definió su obra como «el libro de un lector, en el que está representada, de alguna manera, la poesía que a mí más me gusta».

Fiel a esta premisa, Olay recoge en su poemario muestras de poesía epitáfica, en la línea de la «Antología palatina», epigramas marcialescos, haikus en la línea orientalizante, sonetos de tradición italo-española e, incluso, algún poema «freak» como «El manco», que destaca las similitudes entre dos de los más afamados mancos de la historia: Cervantes y Luke Skywalker («La guerra de las galaxias»).

El presentador, Christian Franco, destacó, asimismo, el apartado que cierra el volumen, «Appendix Probi: El mapa del tesoro», juego literario que recoge los supuestos poemas de un desconocido rapsoda latino, Gaius Brutus Olius, traducidos por un supuesto estudioso galés llamado Roderick O’Lay”.

Rebelión publicó el pasado domingo 18 el texto de presentación del libro Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio de Inés Illán Calderón, texto leído en la presentación del libro por el propio autor: el escritor y ex-presidente del Principado de Asturias, Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos. A continuación se ofrece el interesante documento, agradeciendo al autor y al medio de comunicación el detalle de acordarse de nosotros:

Presentación de Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio, de Inés Illán

Pedro de Silva

Rebelión

Este es un libro incorrecto y, debo advertirlo ante todo. No “políticamente incorrecto”, que eso se da por descontado, y nadie entre los presentes esperaría otra cosa, pues su autora lo es, pese a su morigerada y profesoral envoltura.

Este es un libro librescamente incorrecto.

Viéndolo así, tan modoso y con tan buenas formas, tan bien editado, con tan buen papel, esa buena letra, la dócil ductilidad de sus tapas, sin mengua de tersura, la inocencia de las ilustraciones (telas, bordados, punto de cruz) y una textura tan amble –pese al satinado que algunos odiamos, pero eso va en gustos-, tan morigerado en fin, nadie lo diría.

La materia del asunto es librescamente incorrecta porque su objetivo es sacar al libro –no a éste en concreto, al libro como ser, o como género- de la casa en que vive, de su habitat natural, que es la literatura, o sea, el sistema de letras y los cuerpos varios que en este sistema nacen o se forman. Aspira a sacar el libro de su nicho categorial, que algunos vaticinan funerario, para lanzarlo a una tumba compartida, sacándolo, pues, de sus casillas.

Todo gira, en el caso, alrededor de una propuesta: la de que escritura y tejido entren en simbiosis, o mejor, escalen en las memorias respectivas, en las que han hecho a lo largo de siglos y milenios vida separada, hasta dar con el lugar común de nacimiento, y en ese lugar común, que se pretende matricial de ambos, se entramen, se intrinquen de nuevo una en el otro y otro en la una, se hagan siameses, como la gitana Aciscla y su hermana (aunque esto sea adelantar el argumento).

Tal como lo cuento parece complicado, pero este modo de hacerlo no es más que una simplificación de la complejidad de la propuesta, de la que me permito extraer algunos párrafo, dando así de paso cuenta, de manera directa, de la bella manera en que la autora enhebra su creatividad feraz en el cordón de una excelente sintaxis:

-Comencemos por el ancestro emocional. Este es un momento de iniciación que la autora tuvo con las primeras letras, y al que finalmente quiere regresar, y hacerlo con una grey no menos iniciática. Ella dice esto de esa primera comunión(así la llama):

Pág. 41: …Y esa vibración, leer, esa primera comunión de la materia- cuerpo y del signo-letra que, con su misteriosa trascendencia, nos descubría el mundo del espacio simbólico, ya nunca se olvidaría: permanecería vagando por las venillas de adentro, toda la vida. Naturalmente, en aquellos momentos, no podíamos poner palabras para entender y explicar todo eso. Sólo notábamos y sentíamos. Pero más tarde, cuando llegó el momento de la Comunión por antonomasia –la Primera, según se llamaba, pero la segunda, según nuestras cuentas –con sus vestidos de organdí, velos de tul ilusión, bolsitos bordados, libritos de nácar o trajes de marinero– , habría sido una insignificancia: un simple ritual o ceremonia de paso –de la minúscula a la mayúscula– , otra Trascendencia….

-Continuemos por la consistencia del hacer que se propone, aquello, pues, en que consiste:

Pág. 57: En el actual estupor que encandila a las ciudades del imperio universal de la economía inmaterial, con sus devocionarios de fórmulas, encantamientos y sortilegios en ristra “créditos”, “calidad”, “excelencia”, “competitividad”, “contabilidad creativa”,“revolución tecnológica”…) parece necesario ir con tiento para desestabilizar asentimientos y evidencias del “buen comportamiento de los precios”. Tal vez, desandar a paso de tortuga y oblicuamente como el cangrejo, las etapas, mansiones y vicisitudes de la escritura y los tejidos, empezando por el hoy de las palabras-luz en la pantalla, hasta el ayer aún vivo, de las palabras-materia en escritura continua y lectura necesariamente lenta. Interrogar detenidamente, con preguntas inéditas, los pies de página y los márgenes, los borrones, los precipicios y fallas, pliegues y arrugas, los puntos críticos y diacríticos, las matres lectionis, los acentos y “neumas”, recordatorios del habla viva y artilugios benditos pero tan maltratados de la lectura entonada y con sentido; recuperar el animus, la memoria corporal de gestos, sones y movimientos olvidados o desapercibidos, atreviéndonos a mimar, como actores de l Comedia del Arte o Cómicos de la Legua, esas figuras del cuerpo, schémata tou sómatou que, en los rituales y ceremonias de la palabra, eran el verbo y el sustantivo antes de que cristalizaran en abstracciones vanas, se apelotonaran entumecidaq y se algebrizaran bajo la cáscara de una razón alienada y sinsustancia….

-Acabemos por el dónde de ese hacer y deshacer: un espacio:

Pág. 73: …Rompe de una vez a decir que la asociación de la escritura y el tejido no es una metáfora vana sino que tiene mucha miga; que el arte de tejer pudiera ser la prefiguración material, física del arte de la expresión escrita y que por eso quieres proponer a discusión pública la conveniencia de habilitar un lugar –¿cómo nombrarlo?, ¿Centro, Palacio, Casa, Albergue, Escuela, Taller o Textrinum de las Artes Texti-Textuales? –, en el que esa relación se dilucide y se indague mediante la experimentación crítica…

–Luego, como es frecuente en este texto de voliciones y de arrepentimientos, pone en crisis la propuesta misma, en su concepto mismo, y luego refuta a los refutadotes:

Pág. 84: No se me oculta que esta asociación libre tejido-tela / escritura-texto, esta salida por los limbos textiles, para reclamar un espacio público que propicie el conocimiento de las prácticas de la lectura y la escritura en su desarrollo histórico y sobre otras bases y presupuestos antropológicos, puede parecer un desatino. Sin embargo y quizás porque los tiempos actuales producen relaciones inéditas con y contra natura, con y contra cultura ( injertos, prótesis, clonaciones, nuevos materiales inmateriales; simulaciones y fingimientos reales; emparejamientos y connubia hasta hace bien poco prohibidos o inimaginables; soledades proliferantes, con sus correspondientes tacañerías de pensamiento, palabra y obra y con su felicidad o infelicidad conformes, etc.), me parece que, en comparación, la relación textil-textual no es tan absurda. Quien sabe, a lo mejor, sea pareja conjugada de hecho, podía tener algún fundamento, ignorado o no visto, tal vez por demasiado obvio o por los obstáculos cognitivos que suele provocar esa ley antigua, tan resistente a ser derogada, de la separación de bienes, géneros y derechos entre mano y cerebro, cuerpo y espíritu, individual / colectivo, concreto / abstracto, privado / público, masculino / femenino…En todo caso, hacer pesquisas o inquisiciones (como todavía decía D. Santiago Ramón y Cajal ) sobre esa posible relación, inscrita desde antigua en los trasfondos de las leyes del lenguaje y de la vida, podría ser seguramente una buenaventura de descubrimientos saludables. Pero ¿de qué continentes desconocidos?, no puede saberse de antemano. Por el momento, es sólo un ir haciendo lecturas por una ruta de seda de la escritura que en phantasia estoica, podría ir como la seda o como el esparto…

–La propuesta tiene, pues, su punto de mayor concreción en la demanda de un espacio, un recinto físico, una sede, un templo, que operaría como matriz reconstituida de la originaria. Un espacio en el que convivan y se mezclen, en permanente laboreo intelectual y táctil:.

1 –Las personas, o al menos algunas que el espacio recaude.

2 –Los libros y escrituras en general. El modo y manera en que se constituyen.

3 –Los tejidos. El modo y manera en que llegar a serlo.

Ese encuentro, como por otra parte todo encuentro, es, claro está, sincrónico. Escritura y tejido, en ese espacio común que habrían de compartir si prosperase la propuesta, que sería un espacio impostado, artificial, eco o reflejo del originario matricial, compartirían un tiempo. Pero eso ocurre en este espacio nuevo, no en el original que se evoca y al que se convoca. En el originario llega a sugerirse que el tejido sea el padre y la madre a la vez de la escritura, y por tanto anterior a ella. O sea, que el bastidor formal en que la escritura nace sea el tejido, que el origen del texto sea textil, lo cual, desde luego, filológicamente parecería incluso convincente.

La autora plantea esto entre interrogantes, pero a esta altura del relato sabemos ya que sus dubitaciones son siempre asertivas, vehementemente asertivas, y son signos de interrogación son sólo biombos en los que guardar el cuerpo:

Pág. 82: Preguntas en tropel: el arte del tejido ¿tiene algo que ver con el desarrollo del habla y la escritura? En las danzas de la civilización humana ¿podría ser el tejido el skhéma tou sómatos ,gesto o figuración inaugural de a escritura, su pre-tensión o pretendiente primero?; el rigor estructural del tejido y su flexibilidad ¿pudo contribuir a dar el salto a la escritura y a sus diferentes sistemas? ¿puede haber relación de parentesco y en qué grado entre esas dos artes, esas dos matrices e institutrices de la civilización? El arte del tejido ¿podría ser algo así como el eslabón perdido, la casilla vacía del arte de la escritura, su Ars antecessora? El tejido que es ritmo, cuenta, memoria, estructura visible y palpable, siempre entredós ¿podría ser el órganon o condición material primera de la escritura, su instinto básico de relación y estructura?….Los poderes civilizadores del tejido y la escritura ¿se pueden comparar en alcance y valor intelectual y cultural?….Esa relación generativa e intelectiva textil-textual ¿sería una relación peligros contra natura / contra cultura?, ¿sería desacertado considerar al arte textil como una pasarela material, histórica y antropológicamente necesaria, de la escritura?

La propuesta es arriesgada. Hasta ahora, en verdad, se pensaba otras cosas. Que la escritura nace con la agricultura es, sin llegar a ser lugar común, un lugar muy frecuentado, y hay muchos caminos, aparte del arqueológico, para llegar a él. El pagus y la página el del rectángulo demarcado para afrontar ambas prácticas, el de los surcos y los renglones, el del cultivo y la cultura, etc.

Pero el riesgo que la propuesta afronta es mayor aún. Un poco más al fondo todavía, donde empieza la oscuridad de las cosas, y por tanto su verdad, o sea, antes de darse a la luz y perder propiedad (igual que ocurre con los sueños cuando intentamos recordarlos en el borde del sueño y la vigilia), lo que sugiere es que las dos categorías –escritura y tejido– vengan a ser la plasmación matérica de algo así como la matriz reticular de todo entendimiento. O sea: en el principio era el tejido, bien que en una dimensión todavía ideal o, por así decir, morfogenética.

Estas propuestas son siempre sugestivas, pues ya de mano desconciertan, y obligan a tejer un nuevo concierto. Hablando de conciertos: tenía yo entre manos, cuando cayó en ellas el Armensallé, el texto tejido por Eugenio Trías a propósito de la música (“El canto de las sirenas”), en el que trata de tirar del que llama “El hilo de Ariadna musical”. No traigo a Trías a cuento por esto, sino por su propuesta igual de subversiva: que la música haya sido el bastidor de la filosofía. Recuelos tal vez de un antiguo juego en la matriz originaria de una generación: aquel de poner sobre sus pies materiales el idealismo hegeliano, dándole la vuelta, que ensayó el judío Carlos de Tréveris.

Volviendo al asunto aquel de la matriz reticular y textural de todo entendimiento, y sin perder del todo de vista a Trías, cabría decir, a modo de escolio, que el fondo del fondo de las cosas y su límite o borde, son, en el fondo (y, pues, en el límite), la misma cosa. El fondo del entendimiento y el límite del entendimiento vienen a ser lo mismo.

Son muchas las vías ensayadas para darse cabezadas en el mentado límite. Hay la vía poética y la de las artes, hay la de las magias varias, hay las de las sustancias. Ernst Jünger ensayó bastantes. En sus experiencias con las últimas citadas, las sustancias, que relata en su gigantesco libro Acercamientos, dice tropezarse, al final, con un borde al que denomina la retícula. Una suerte de textura o red que envuelve la pecera del discernimiento, esa en la que hacemos vida acuática como peces ornamentales.

Bien, ese (o aquel que dije, y algunos todavía recordarán), es el fuego nuclear del libro. La propuesta a la que hice mención se articula como una solicitud por escrito a la administración autonómica para que, con cargo a presupuestos, articule el espacio o matriz de llegada –a imitación inevitablemente torpe o paródica de la de salida –en el que hacer chocar, en una sucesión de colisiones premiosas, fuera del tiempo de la vida actual, los tres cuerpos antes expresados, o sea, personas, escrituras, tejidos.

La propuesta no aclara del todo lo que los agentes incluidos en el espacio a crear –agentes digo, sean personas, libros o tejidos– van a agenciar. No se trata tanto de saber-qué-hacer, ni siquiera de saber-qué-va-a pasar, como de intuir que algo-va-a pasar, algo grande, aunque no esté muy claro qué. Esto puede parecer insensato, pero en el fondo la ciencia siempre ha operado así, a través de experimentos en los que el investigador hace las mezclas, a la espera de que algo suceda, en cuyo momento grita EUREKA, como si hubiera encontrado algo que buscara. En la cocina creativa ocurre igual. La autora propone un experimento, metiendo a los insectos en una caja vacía.

Ella está segura de que algo nuevo ocurrirá, pues el origen del libro, de este libro, es, probablemente, una visión. Ese espacio en que ocurrirán cosas tal vez no dé, al final, para un milagro que modifique la dirección del asteroide en que viajamos camino del desastre, pero, en todo caso, y aunque no pase nada, en ese no-pasar-nada hay un gran algo, como en el silencio de Miguel de Molinos. Ese gran algo del no-pasar-nada tiene una función redencional. En el espacio textual-textural las personas pueden redimirse, o curarse, al menos de tres males: el mal de la velocidad, el mal de la virtualidad y el mal del olvido, que al final son tres caras de un mismo mal. Si volvemos a la dimensión material de la escritura, a su filiación con el tejido, al lento curso de sus manufacturas, al dominio de lo tangible y lo táctil, y empezamos a desandar la desmemoria, retomando la función memorística originaria de lo escrito, habremos rescatado a los humanos de la vorágine, o al menos al grupo breve de elegidos que han subido al Arca de Noé, fabricada por mandato divino.

Ese núcleo se envuelve, en el libro, en diversos prefacios y postfacios, que dan cuerpo exterior o volumen al producto, en los que se mezcla memoria y presente, sueño y vigilia, y la autora se desdobla en ella misma y una hermana suya, de etnia gitana, cuya presencia, a partir de un momento preciso desplaza la historia, o al menos la atmósfera que le sirve de envoltorio, a otro plano, el plano de la magia, o, por mejor decir, del duende. Todo ello trufado de incursiones filológicas a través de las que demuestra la tesis central del libro, o sea, que tirando de una cereza salen todas, enganchadas unas en otras por el rabo, y por tanto el palabrero es un tejido, una urdimbre, una red e nudos. El relato –pues el envoltorio del que hablo relato es– incluye idas y venidas, proyecto o propuesta en mano, para presentarlo o no presentarlo ante los poderes públicos constituidos, episodios de vacilación o desánimo, avances y retrocesos de la voluntad, e incluso un juicio que sobre la propuesta, y estando la autora o su hermana gitana de acusada, hace un Tribunal constituido por Alicia (la miguita de Carroll), por Celia (la de los cuentos juveniles), y por la mismísima Princesa Leticia, a la que la autora, agradecida como todos al atajo del suegro que nos libró del gasto de energía del empujón final, trata de Alteza Real. En este relato hay una morosidad, un tejer y destejer al mismo tiempo, una incapacidad del lector para percibir que ha dado un paso, que recomponen de un modo literariamente muy feliz el tiempo estancado de los sueños, al modo de Alicia, que no deja de ser el patrón literario del invento, e incluso de la autora, que se ve, en su aventura, no menos perpleja que la niña.

El libro, si se quiere, funciona también como un producto de la memoria sentimental de la autora, como un viaje al centro emocional de sí misma, que es siempre la niñez, y ella llega a identificarse tanto con su niña que el libo al final es la travesura que la autora siempre quiso hacer, o cometer, y que las voces de la impostación académica le decían “no lo hagas”.

La escritura es, a lo largo del libro, sin excepción de página, de alto nivel, está recorrida por los chisporroteos de una inteligencia en estado de gracia, no pocas páginas tienen una potencia conceptual y expositiva poco frecuente en las lecturas hoy frecuentes, el esfuerzo en ilustrar al lector sobre cosas que a casi ningún lector de hoy le importan es admirable, y, en su conjunto, aunque se trate de un libro un tanto caótico, y molesto de leer si uno no adopta el raro ritmo arrítmico bajo el que fue creado –razones por las que no estoy seguro de atreverme a recomendar su lectura– debo decir que quien tenga tiempo para perderse en su tejido, y empantanarse en él, sin ese afán estúpido de obtener a cada paso conclusiones o verificaciones de cosas ya sabidas, gozará del contagio del espíritu irreverente, sagaz, curioso y altamente ilustrado de su autora. Ese lector capaz de tomar riesgos, si se toma uno más, y se mete de cuerpo entero en el camino de Carmenta, puede precipitarse en los abismos del duende, pues el libro, para quien así lo quiera, puede funcionar también como un alucinógeno.

Sobre lo que signifique “armensallé” y “fenicio” dejo en suerte a la propia autora, que sabrá explicarlo, quiero decir, sacarlo de la plica, el pliegue (el libro: plica o pliegue el fin) en que lo ha metido, y que pregona ya en título y portada, a modo de anuncio para ahuyentamiento de simples, raudos y pragmáticos.

Texto de la Intervención de D. Pedro de Silva en la Presentación del Armensallé. El acto, presidido por Dª Marta Pérez Toral, Directora del Área de Culura del Vicerrectorado de Extensión Universitaria, tuvo lugar en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo, el día 26 de Junio de 2009, a las 19 h. Junto a la autora intervino también José Angel Gayol, editor del libro. Inés Illán, Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio, ed. Universos, Mieres, 2009.

Con retraso se cuelga la reseña que Francisco Álvarez Velasco hizo para El Comercio sobre el libro de Hilario Barrero Dirección Brooklyn. Una agradable presentación que aún se recuerda en editorial Universos. El enlace va aquí, pero la podéis leer a continuación:

Entrar en el hórreo

Leo ‘Dirección Brooklyn’, el último diario de Hilario Barrero, que se corresponde con los años 2006-2007. Tiene una página merecedora de ocupar un lugar en cualquier antología literaria exigente sobre el hórreo: «Entrar en el hórreo es como entrar en la cueva de Altamira del silencio, en la capilla Sixtina de la sombra, en una iglesia románica con olores a incienso y velas. Entrar en el hórreo es entrar en un laberinto donde la muerte cuece manzanas para las tinieblas». ¿Por qué despierta el hórreo a nuestro poeta la imagen de recinto sagrado? Ortega y Gassset escribió: «Un hórreo no es sino el templo de una religión muy vieja, donde lo fuera todo el dios que asegura las cosechas». Pero la metáfora de Ortega, quien tal vez no llegó nunca a subir a un hórreo, es de génesis bien diversa: una metáfora conceptual al servicio del lucimiento antropológico y clásico.
En Barrero la imagen tiene toda la fuerza de la expresión de su propio estar en el mundo y de su forma de contemplarlo, en esta ocasión con una mirada tensa y los cinco sentidos puestos en vilo. La sacralización del hórreo la refuerza con otras imágenes: «Entramos y la oscuridad nos da a besar el ‘lignum crucis’»; «una llave grande de hierro pesado, una llave para abrir un castillo o una catedral»; «una capilla para la lluvia» (uno de los mayores goces para mi oído es el sonido de la lluvia escuchado desde dentro de un hórreo); y con este hermoso final que de repente nos deja instalados en el más puro realismo mágico con la sorprendente imagen de un dios campesino en madreñas: «En este hórreo guarda Dios sus zuecos cuando visita el cementerio.»
El poeta toledano y profesor en la Universidad de Nueva York, en el hórreo de Grullos que describe, encontró cebollas, manzanas y patatas, una mínima parte de los alimentos de aquella despensa campesina de antaño defendida de la humedad y de los ratones y con planificación de la escasez: «María, si vas al horru / del tocino parte poco / qu’en acabándose aquello / per Christo Dómino Nostro».
Hoy, casi abandonados, difícilmente cumplen la misión de almacén para lo cosechado, bien porque los viejos, que son casi los únicos habitantes de las aldeas, ya no tienen agilidad para auparse desde de la subidera, bien porque en el arcón congelador caben muchos alimentos; o, lo más seguro, porque la despensa está en las grandes superficies. Así que el hórreo tiende a convertirse en el feo y desordenado trastero de los muchos cachivaches con que nos atiborramos en esta incontinente sociedad de consumo. Sin embargo, cuando lo abrimos, lo hacemos con la misma seriedad con que abriríamos un templo y siempre, siempre, «la puerta chirría como un perro herido o como si hubiéramos despertado a la sombra».

Anunciamos que el lunes, 11 de enero de 2010, se presentará en Gijón el último libro de Hilario Barrero: Dirección Brooklyn, Diario 2006-2007. Se trata de la última entrega de sus reconocidos diarios en los que funde poesía, reflexiones, lugares, libros…, en definitiva, vida.

Estáis todos invitados, sin excepción. El acto será en la Sala de Conferencias del Centro de Cultura del Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón, el lunes, 11 de enero de 2010, a las 19.30 horas. Nos vemos allí.

Gracías al gestor del blog de cultura literaria Grafosfera por la referencia a nuestro querido “Armensallé del tejido y la escritura”, un libro de éxito de público y crítica como suele decirse. Aquí va el enlace, y a continuación el comentario:

Inés Illán Calderón

Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio

 

Mieres: Universos, 2009, 304 págs. 25€

Armensallé es un término romaní que significa «libro». Inés Illán, profesora de Lenguas Clásicas en la Universidad de Oviedo, ha escrito este curioso ensayo en el que asocia texto-escritura-tejido en un juego de metáforas vivas. En él se sugiere que el tejido podría ser el arte «antecessor» de la escritura, la pre-condición de ésta, su pre-texto, y propone una nueva reconstrucción de la historia de las artes en la que se entrecrucen las de la escritura, la lectura y el tejido. También propone crear nuevos espacios de sociabilidad para tejer y destejer redes que pongan en interacción las artes. Un ingenioso y culto estudio para repensar una nueva teoría del texto. Este armensallé (que significa «libre») pretende invitar al lector común y a las autoridades políticas, a pensar en la posibilidad de que en las ciudades se cree un espacio público, un lugar físico para la reconstrucción colectiva de la historia de la lectura, la escritura y el tejido. En los tiempos de la Información, el Conocimiento, la Innovación tecnológica, se requiere una modificación general de los hábitos político-culturales. Para ello es necesario habilitar nuevos espacios de sociabilidad, otras instituciones culturales, otras metáforas y otros modelos de aprendizaje: tejer y destejer con muchas agujas al mismo tiempo, leer y escribir del revés o al bies lo ya sabido, alterar la arbitraria división del trabajo de la inteligencia (Ciencias, Letras, Artes), así como los esquemas académicos y empresariales de investigación.

Inés Illán Calderón es Licenciada en Filología Clásica por la Universidad de Madrid. En 1981 obtuvo el título de Doctora, con una Tesis titulada Aspectos del vocabulario político en los Anales de Tácito. Actualmente es profesora de Lenguas Clásicas en la Universidad de Oviedo.

Seguimos recibiendo los ecos de nuestras publicaciones. Es este caso tenemos que agradecer a Blog del Ceince que cuelgue una pequeña nota sobre “Armensallé del tejido y la escritura” de Inés Illán. Aquí. Y también transcribimos la noticia:

Armensallé, la escritura como tejido

Armensallé es un término romaní que significa libro. Inés Illán, profesora de lenguas clásicas en la Universidad de Oviedo, nos ha dejado en su reciente visita al CEINCE este curioso ensayo en el que asocia texto-escritura-tejido en un juego de metáforas vivas. En él se sugiere que el tejido podría ser el arte “antecessor” de la escritura, la pre-condición de ésta, su pre-texto, y propone una nueva reconstrucción de la historia de las artes en las que se entrecrucen las de la escritura, la lectura y el tejido. También propone crear nuevos espacios de sociabilidad para tejer y destejer redes que pongan en interacción las artes. Un ingenioso y culto estudio para repensar una nueva teoría del texto (Mieres, Universos, 2009).

Ahora dejamos aquí el artículo de Manuel Rodríguez Rivero, aparecido en “Babelia”, el suplemento cultural de El País, y en el que también se cita ese libro hiperbólico y liminar de Inés Illán titulado “Armensallé del tejido y la escritura”. Además transcribimos el artículo, realmente brillante:

Por tres bragas, un libro

Ya estamos (casi) todos de vuelta. Asfixiados de calor, estupefactos ante lo breve de lo bueno (Gracián se equivocaba) y haciendo esfuerzos para controlar nuestros materiales psíquicos mejor de lo que lo hace Isabel Coixet con los cinematográficos en su Mapa de los sonidos de Tokio, esa película que podría haber sido hermosa si su autora no se hubiera empeñado en contarnos todo, todo, y el resto. Ya estamos aquí: con nuestros buenos propósitos de cambiar de vida, nuestros rostros menos tensos por el efecto balsámico del descanso, nuestra estima más firme por la frecuentación estacional del sexo tras once meses de cansancios a la vuelta del trabajo. Y es que en vacaciones hasta las parejas más sólidas se redescubren y se enroscan y copulan, lo que es prueba evidente de que sí hay otro mundo posible. En el planeta Libro, sin embargo, todo sigue más o menos igual. Contrastando con la prudencia que preside la rentrée francesa (“sólo” 659 nuevas novelas, incluyendo las traducciones), nuestros editores parecen decididos a conseguir el palmarés de la sobreproducción en el hipotético Guiness del oficio. No se dan cifras de conjunto (ya se sabe: la transparencia se considera pecado), pero a juzgar por las programaciones, las noticias de “apuestas” y los ejemplares de “ediciones en pruebas” que se amontonan junto a mi sillón de orejas, aquí sigue sin haber crisis. Y, además, siempre nos quedará nuestra proverbial capacidad de improvisación. Mi amiga Inés Illán, titular de filología latina en la Universidad de Oviedo y autora reciente de un libro singular y fenicio (Armensallé del tejido y de la escritura, Editorial Universo, Mieres), me remite una fotografía tomada por un amigo suyo en el mercadillo del Fontán, ese ámbito novelesco en el que Pérez de Ayala cifraba el comercio de “todas las murmuraciones y cuentos de la ciudad”. La foto es de un puestecillo de ropa interior barata, y en ella se muestra una mesa cubierta de montones de braguitas y tangas de coquetones diseños y atractivos colores. Junto a ellas, un cartel colocado sobre una pila de libros de poesía aún intonsos (quizás rescatados de un polvoriento almacén) grita a los posibles clientes: “Por la compra de tres bragas regalamos un libro”. No está mal como reclamo: tomemos nota para cuando se inicie el desfile de devoluciones desde la librería al almacén. O quizás habría que plantearse una alternativa: por la compra de tres libros (devueltos), un par de bragas. Al fin y al cabo, la nuestra (ya) no es una época trágica -como señalaba D. H. Lawrence en el incipit de El amante de Lady Chatterley-, sino tan sólo posliteraria. O eso parece.

Patético

Aeropuerto de Newark, Nueva Jersey, rebautizado tras el 11 de septiembre Newark Liberty International Airport (de él despegó el vuelo 93 de la United Airlines que acabó misteriosamente estrellado en un campo de Pensilvania). Un no-lugar inmenso y odioso en el que he tenido que combatir muchos tedios y tragarme no pocas humillaciones (a cuenta de la siempre manipulable seguridad) en los últimos años. Encaramados en altísimos taburetes frente a mesas que semejan setas de larguísimos pies, algunos viajeros esperamos el anuncio de salida de nuestro vuelo de vuelta mientras consumimos enormes cantidades de café aguado. La dama sesentona y elegante de la mesa vecina extrae de un bolso grande como el mundo un flamante Sonyreader, le da al botón de inicio, recupera la página en que se quedó, y se pone a leer uno de los libros virtuales almacenados en los entresijos tecnológicos de sus 283 gramos de peso y 300 dólares de precio. Los demás viajeros la observamos con envidia matizada de curiosidad. Ella, consciente de la expectación, sonríe suavemente, da otro sorbo al contenido de su vaso de papel, y sigue leyendo las líneas virtuales que le transmiten la que imagino historia inmortal. De repente, cuando ya no la estaba mirando, escucho un ruido sordo y, un instante después, una especie de lamento apagado. Observo a la dama en cuclillas junto al pie de su seta gigante, recogiendo del suelo el artilugio empapado de café, y tratando de reanimar, mediante la presión compulsiva de todos sus botones, la pantalla ahora obstinadamente ciega. Nadie abandona su mesa para ayudar a la dama, que, tras unos instantes, recoge el bolso y el cadáver electrónico y escapa del campo de setas, como huyendo de una vergüenza. Al poco, las mesas de mis vecinos se pueblan de libros con hojas. Me da la impresión de que los que los leen sonríen. Y hay quien deja caer el suyo y, luego, lo recoge y sigue leyendo. Hasta que los fabriquen irrompibles e impermeables estamos salvados, pienso con la patética esperanza del náufrago a quien una enorme ola acaba de depositar sano y salvo en la playa de la isla desierta.

Programa

Conozco a Elena Ramírez desde hace tiempo. La conocí enmendando pruebas y corrigiendo estilos en Alfaguara y Aguilar, y he seguido su trabajo en los últimos años como directora de Seix Barral, donde ha sabido conciliar con inteligencia los planteamientos de negocio de un gran grupo (Planeta) con un interés nunca decreciente por la literatura contemporánea (con una indisimulada querencia hacia la producción norteamericana). No todo lo que publica me parece bien, pero en todo deja su huella personal, algo que no siempre puede predicarse de los responsables de otros sellos literarios. En su programa para esta rentrée otoñal alternan grandes novelas (y recuperaciones) de los nombres señeros de su “fondo de armario” extranjero -Don DeLillo, Philip Roth, Kenzaburo Oé- con los últimos trabajos de autores importantes, como Lorrie Moore o Sebastian Faulks, y nuevas entregas de otros que han proporcionado a su sello pingües beneficios (como Sam Savage, el autor de la -para mí- insufrible Firmin) o llevan camino de convertirse en best sellers (como The Numerati, de Stephen Baker). En lo que respecta a la literatura española el trimestre seixbarralino también se presenta deslumbrante: además de la esperada novela de Antonio Muñoz Molina (La noche de los tiempos, en noviembre), y de un libro de relatos de Eduardo Mendoza (Tres vidas de santos, octubre), me llama la atención El mapa de la vida (septiembre), una nueva novela de Adolfo García Ortega en la que se cuenta una historia de amor contra el telón de fondo de la tragedia del 11-M. No puedo decirles más porque todavía no la he leído, pero aún conservo en mi recuerdo el buen sabor que me dejaron las dos últimas de su autor: El comprador de aniversarios (Ollero y Ramos, 2003) y Autómata (Bruguera, 2006).

Nos citan en “La Voz de Asturias” y nos gusta, por eso ponemos el enlace aquí, y el texto de Lluis Xabel Álvarez a continuación:

OCTUBRE / INES / “ARMENSALLE”

Al sol de este verano extendido un currante que arrastra bulto de peso se para a encender lo que a todas luces es un Montecristo -el cigarro puro-, tamaño cuatro. Le cuesta pero lo logra. Así está la crisis. Por contraste, a mí no se me despinta la memoria de estos días de Octubre: aquella Revolución de 1934. Se entrelaza el relato de las anécdotas familiares de cada quien con una versión de los acontecimientos cada vez más común y aceptada. El tiempo cura las heridas? Sin duda, pero exige cada vez más examen y verdad. Leyendo las anécdotas ajenas se da cuenta uno de hasta qué punto les pasa lo mismo a las propias: que lo que ha pasado en la familia, lamentable o glorioso, se transmite en forma de mito y de arquetipo. Es imposible mantener los detalles rastreros o casuales, que desvalorizan la efeméride. Yo quiero estar cerca de lo del 34 por algo que resulta obvio: que lo más antiguo cae más cerca de mi nacimiento que de mi presente. Sea lo que sea Octubre-34, revolución utópica, traición a la República, inconsciente afirmación nacional asturiana, episodio de la lucha de clases en España, ocurrió catorce añitos antes de mi orto. Si recuerdo desde hoy lo que me pasó hace esa cantidad de años, en 1994, es como si fuera ayer. Pero la pesada herencia del 34, en mi pueblo ´llangreanu´, me ha hecho viejo desde el inicio. Los clásicos lo decían de diversas maneras: “Nacemos viejos; hay que esforzarse por morir jóvenes”. Yo me esfuerzo en eso pero otras gentes lo hacen sin duda mejor que yo. Que la vida del intelecto es un camino hacia la juventud lo demuestra la trayectoria de Inés, dado que mayormente “Inés” es, en el ámbito universitario de aquí, Inés Illán, la filóloga, escritora y activista. Ella acaba de publicar “Armensallé, del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio” (Universos, Mieres). ´Armensallé´ significa ´libro´ y ´libre´ en romaní. Lo del manifiesto le viene a Inés de lejos: del casticismo conceptual de Agustín García Calvo. Como él exhibe su erudición grecolatina en un castellano descarado y chispeante. Resuenan Valle Inclán y García Lorca y la telúrica voz de las diosas madres y hermanas. Inés Illán se muestra plástica y flexible, abierta a los espectros de los asuntos y a todos los asuntos de los espectros. Es una futurista impenitente.