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Y otra reseña más sobre Brooklyn en blanco y negro, de Hilario Barrero. Esta vez nos la brinda Manuel Simón Viola Morato, a quien le agradecemos el gesto siempre necesario de la reseña para el autor y para la editorial:

Nacido en Toledo en 1948, Hilario Barrero vive en Nueva York desde 1978, en cuya universidad se doctoró con una tesis sobre Félix Urabayen y en donde en la actualidad da clases de literatura. Autor de un libro de poemas, In tempori belli (1999, premio de poesía “Gastón Baquero”), ha publicado hasta ahora, además de numerosas traducciones de poetas americanos (De otra manera de Jane Kenyon, Delicias y sombras de Ted Kooser, El amante de Italia de Henry James…), un libro de relatos, Un cierto olor a azufre (2009), y los diarios Las estaciones del día (2003), De amores y temores (2005), Días de Brooklyn (2007) y Dirección Brooklyn (2009), todos ellos en la editorial asturiana Llibros del pexe.

Brooklyn en blanco y negro, el libro que ahora publica la editorial asturiana Universos, es una continuación del diario anterior que incorpora, como aquel, entradas de dos años, 2008 y 2009, lo que viene a constatar que nos hallamos ante una obra similar en su estructura y distinta por su contenido, como la vida que la habita, previsible y siempre imprevista en sus detalles.

Como en diarios anteriores, la mayor parte de las entradas recoge la vida cotidiana en su entorno más próximo que pasará al título del libro, el barrio de Brooklyn, una de esa ciudad de ciudades que compone Nueva York, la “marimacho de las uñas sucias”, según Juan Ramón. Junto con Toledo y Barcelona, constituyen, según afirma el escritor en el arranque del diario, las tres “ventanas” desde las que ha contemplado la realidad este profesor que ha encontrado en la escritura (en la poesía, en la prosa, en la traducción) su más profunda razón de ser.

Dotado de unas singulares dotes de observador, Hilario Barrero nos lleva por los parques, calles y avenidas de una ciudad que las distintas horas del día y las estaciones del año convierten en un paisaje urbano siempre nuevo contemplado a la luz implacable de inviernos o veranos, a la esplendente claridad esperanzada de la primavera o a los sutiles tonos del otoño. Y así, por ejemplo, podemos leer cómo tras el paso de un huracán que limpia la ciudad con su aliento de cíclope “Hanna se llevó los caballos perdidos de la noche y trajo esta luz y llenó las papeleras de paraguas destripados, asomando sus esqueletos entre la tela desgarrada y trajo un edredón de hojas amarillas que ha ido dejando en partes donde crece la hierba y alos pies de algunos árboles” [140]

Tal vez los juicios más negativos provengan del ámbito académico pues aunque impartir clases no deja de ser una tarea gratificante, la burocracia, como sucede en España, ha convertido la enseñanza en una rutina tediosa de reuniones repetidas e ineficaces en departamentos sometidos periódicamente a unas elecciones que enrarecen la relación y dividen los equipos académicos en bandos que se miran de soslayo.

En este entorno también hay, claro, realidades “blancas”: conciertos y óperas, amigos y visitantes, museos y librerías de fondo en las que escudriñar en busca del hallazgo insólito, o los vecinos entrañables, como Estelle, la anciana luchadora progresista que se enfrenta a la muerte con la misma entereza y rebeldía con la afrentó todas sus batallas políticas. Esta ciudad, que le enseñó “sus dientes de loba y sus garras de perra rabiosa”, es, de otro lado, el territorio de los solitarios, de los supervivientes en un paisaje de derrotados, del disparatado amor a los animales de compañía, de los seres solitarios que habitan los cafés como si posaran para un cuadro de Hopper.

Las transformaciones cíclicas de la naturaleza, los cambios en la ciudad, la pérdida de los amigos van impregnándolo todo con una sensación de declive, de merma física, de acabamiento que anuncia la presencia insidiosa de la muerte, y en efecto esta acudirá puntual a su cita con el fallecimiento de la madre, doloroso como una amputación, o la desaparición de la vieja luchadora cascarrabias. Los viajes a Asturias, Toledo y Portugal suelen despertar asimismo el recuerdo del pasado, de otros viajes anteriores, y, por ello, se viven con el desasosiego de encontrar los mismos rincones cambiados en experiencias que acompasan otros cambios y pérdidas íntimos.

Escritos desde un enfoque “machadiano” con el propósito de captar instantes fugaces antes de que se pierdan en el olvido, estos textos exhiben una prosa precisa, cuidadosa en los detalles, que en ocasiones alcanza la gracia metafórica de una greguería: “El faro azul y blanco se recorta garboso en un cielo gris que, de pronto, desprende una tormenta provocativa que deja el pavimento acharolado, un espejo donde las tres palmeras que hacen guardia a la entrada del faro se curvan un poco para mirarse en él”.

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Otra reseña sobre Brooklyn en blanco y negro, de Hilario Barrero, en este caso de Ángeles Prieto en la revista literaria Clarín:

De la vida que pasa

Hace tiempo que los lectores avezados, pero también los escritores más agudos, aparcaron exigencias editoriales de sempiternas novelas de género buscando comunicar de una manera menos frívola, más directa, sencilla, honesta y cálida. Coetzee, Amis, Oates o Ellroy son los últimos en incorporarse a esta necesidad de registro y confesión autobiográfica, de ofrecer testimonio directo de sus vivencias, tendencia que alcanzó su cénit durante la Ilustración. Y los Diarios en concreto, esos que ahora recuperan una vitalidad importante gracias a los blogs, utilizan una forma de expresión óptima para registrar el paso del tiempo cronológico y sentimental, a veces cíclico. Unos sirven para dejar constancia de algún suceso histórico acotable, como el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, o la caída de las Torres en la primera entrega de Hilario Barrero. Otros albergan algún periodo vital ceñido a un lugar concreto, como el diario londinense de James Boswell, o el Viaje a Italia de Goethe. Los más se limitan a recoger el vaivén de los días. En España, seguimos las andanzas y reflexiones de diaristas con clase y solera como Trapiello, Sánchez Ostiz, Llop o García Martín, sin olvidarnos que quizá nuestra mayor joya narrativa de todo el siglo xx sea El cuaderno gris de Josep Pla. En el caso que nos ocupa, el de los diarios literarios de Hilario Barrero, estos presentan una serie de características que los hacen distintos y especiales a todos los demás. Lo más destacable es sin duda que ni su autor, ni la farándula literaria y académica que a todo escritor rodea, son sus protagonistas. Barrero escribe con honestidad, rigor y también ternura toledana, para luchar contra el olvido o la muerte de sus recuerdos, no para defenderse a sí mismo, jamás para justificarse o tirarse flores. De hecho, apenas nos habla de sí mismo, aunque sí conocemos bastante bien sus aficiones: su diosa la poesía, su amante la ópera y su novia la pintura, con las que ejerce de aprendiz y galán gozoso permanentemente.

No, los personajes principales de este diario son grandiosos y bellos sin esa necesidad de tener que expresar su mundo interior por escrito, no tienen por qué ser artistas, ni siquiera escritores conocidos. Ni falta que les hace. Y en esta quinta entrega del diario, dos hermosas y valientes damas, maravillosamente anónimas, sobresalen, al despedirse de este mundo con ejemplo y dignidad. Con valentía, genio y figura. Unas muertes que nos vienen anunciadas con ternura y tacto, como ese Liebestod de Isolda que se escucha al principio o esa otra foto en blanco y negro que separa a los poetas vivos de pie, de los poetas muertos sentados. Pues a pesar de sus edades elevadas, y de que ambas cumplieron sus ciclos vitales, despedirlas no fue tarea indolora. Perder a la madre, la persona que te crió y te defendió siempre, la que más te quiere supone, entre otros desgarros, ser más consciente que nunca del propio fin, colocarte en primera línea de fuego para ser el siguiente. Un duelo largo y no asumible el de Hilario Barrero donde a la vez que le duele esa muerte, le duelen también todas las muertes incomprensibles y crueles dentro de un ciclo de la Naturaleza que sigue su curso inconmovible. Y en el transcurso de ese duelo, el Duelo con mayúsculas por su madre, Estelle la vecina especial, siempre mandona, entusiasta y libertaria, también nos dirá adiós iluminando de otra manera la imposible comprensión y aceptación de los óbitos de quienes tenemos cerca, el único conocimiento que nos ha sido dado tener sobre nuestro propio fin.

Imágenes en negro lúcido que contrasta con el blanco luminoso de esas otras imágenes hermosas que Barrero nos proporciona, tomando el pulso a las ciudades que visita. Así, captaremos brevemente y con toda su magia ciudades como Lisboa, León, Oviedo, Gijón o Toledo, pero sobre todo esa Nueva York donde reside, acercándonosla, sintiéndola viva, humana y habitable, lejos de la artificiosa postal turística de Manhattan. Así, la avenida Flatshbush, el Prospect Park, Chinatown o la calle Montague dejarán su impronta en el Diario junto al destacado barrio de Brooklyn, en constante transformación vital de costumbres que se pierden, mientras surgen otras. Un paisaje que no sería tal, meros edificios hueros, sin las personas que lo dotan de sentido, por ello son Mari Carmen y Gregorio, por ejemplo, quienes convierten Asturias en tierra fértil, abierta y generosa. Del mismo modo que Nueva York se nos presenta cálida y cercana gracias a las maravillosas historias o’henrianas que Hilario suele intercalar, producto de su observaciones asombradas en el metro.

Pero estas luces alegres, producto del transcurso de los días hilarianos donde el vivir y el sentir del autor se proclaman siempre vencedores sobre el triunfar y el tener, no serán nada ante el deslumbre glorioso que sentimos cuando, ante una especie de broma literaria injustificada, el poeta nos cuente su historia más hermosa, aquella que inició un siete de julio de mil novecientos setenta y uno. Porque solo hay algo fuerte e intenso que la muerte, lo que nos rescata de miedos y temores, lo único que de verdad logra que superemos los duelos. Quien lo probó lo sabe y el sabio Hilario nos lo revela.

Para concluir, cabe señalar que todos los temas importantes, las tres heridas que señaló Miguel Hernández, se desarrollan a lo largo de este diario mediante una prosa directa, esmerada y brillante, sin alardes y sin ripios. Y como propina generosa, propia de la personalidad abierta, la cultura integradora y la vocación educadora del autor, como arias que concentraran la belleza de vivir, cada mes de este magistral diario será cerrado con un precioso, desconocido y deslumbrante poema.

Tenemos que dar las gracias a Ovidio Parades por su reseña sobre el último libro de nuestro escritor Hilario Barrero, la nueva entrega de sus diarios neoyorkinos. Aquí la tienen:

Llevo varios días sumergido en la lectura de “Brooklyn en blanco y negro”. Desde que Hilario Barrero, su autor, tuvo la gentileza de dejarme un ejemplar en casa, con una hermosa dedicatoria, mientras Íñigo y yo estábamos con mis padres celebrando sus cuarenta y un años de matrimonio. (La cara de mi madre, ese día, pese a la recaída de esa enfermedad reumática que la atormenta, con todos nosotros a su alrededor, parecía otra: como si hubiese hecho una especie de pacto con los dolores para esa jornada). Ese mismo día, el de la celebración de mis padres, cuando llegué a casa y lo recogí, empecé a leerlo y no pude parar. Tan seductora es su lectura, tan apasionante. Se trata de un diario, y de mucho más que eso. Un puñado de fotografías donde el pasado y el presente, Asturias, Toledo o Nueva York, la ciudad en la que vive desde hace muchísimos años, o algunas de las personas que forman parte de la vida de su autor, están muy presentes. La casa de la infancia en Toledo y la casa de su barrio neoyorquino. Los paseos por los alrededores, las charlas con los amigos, las caminatas hasta Manhattan, la afición por la ópera… Y la vida que va pasando de modo inevitable, los amigos que se fueron, las huellas y el vacío que dejaron, el tiempo que corre y corre, los sucesivos viajes, las maletas que se abren y se cierran, las cosas que van cambiando, los poemas que se escriben y los que no llegan nunca a escribirse porque así lo dictamina esa mano invisible que está detrás de la inspiración (o como se llame) y que es más determinante que cualquier razonamiento. Ah, todos esos pequeños detalles: tan bien reflejados con esa prosa minuciosa que atrapa y cautiva. Y la muerte, claro, como el poderoso reverso de la vida, de los momentos felices y de los otros. La muerte de Estelle, esa vieja conocida. Y la muerte de su madre. Cuántas páginas se han escrito sobre la muerte de la madre en la historia de la literatura. Aquí, Hilario escribe algunas de las más bellas. El silencio y el dolor. La mirada última de la madre, el recuerdo de un sonido, de un olor, de una boca que se cierra para siempre y del pañuelo de seda que la cubrirá para toda la eternidad, las flores y la tierra que se desparraman sobre el féretro. Un desgarramiento silencioso, nada arrebatado. Unas páginas de una gran intensidad y hermosura. Pero no quiero terminar con algo tan triste como resulta eso, la muerte de la madre (cualquier muerte, en realidad), porque este diario no lo es. En el diario van pasando tantas cosas como en la propia vida, y en la vida no todo lo que pasa es triste, aunque a ratos desfallezcamos y así nos lo parezca. Me quedo, para finalizar, con ese momento en un bar de Gijón, “La sacristía”, donde el autor comparte un vermú y recupera el delicioso sabor de esa bebida. En eso, en un instante compartido, en el disfrute de un sabor recuperado, observando otras vidas que se mueven y pasan ante los ojos, consiste lo mejor de vivir, esos momentos que hacen que los otros queden relegados a un segundo plano, a ese rincón donde se van fermentando las arrugas y las cicatrices. Y por los que, pese a todo, merece la pena estar aquí.

Ovidio Parades.  Del libro Ventanas compartidas.

Gracias a todos los lectores de “Dirección Brooklyn” de Hilario Barrero, y gracias a los críticos que realizaron el trabajo de comentar un libro que merece la pena. Estas son algunas cosas que dijeron:

Todos los barrios son iguales, pero también todos tienen algo que los hace diferentes. Hilario Barrero ensaya cien maneras de describir lo que su barrio tiene en común con cualquier otro y lo que lo hace diferente a todos: un olor especial, la luz que se cuela entre un árbol que es como un enorme candelabro de muchos brazos con velas verdes, algunas tiendas únicas en las que venden productos étnicos o difíciles de conseguir, ciertos vecinos, el hombre que limpia la calle, el musgo que crece en un pequeño jardín, la ventana de esa cafetería donde hacen un café fuerte y lleno de sabor, ese restaurante con viejas fotografías de recién casados y niños vestidos de primera comunión? «Vienes de Manhattan un poco perdido», escribe, «cruzando estaciones que a ti te parecen oscuras y frías, sales en tu estación y ya te encuentras seguro». Estás en tu barrio, estás en casa. Hilario Barrero vive en Brooklyn, cerca del Prospect Park y del Jardín Botánico (un jardín de jardines: hay un jardín japonés, otro de plantas citadas en las obras de Shakespeare, uno para niños, otro para ciegos?). De sus paseos por ambos —y por otros muchos lugares— está lleno este libro inagotablemente peripatético.

José Luis García Martin, La Nueva España

 

En los diarios caben tantas cosas que el autor vive en el filo de la confesión interior y la mirada exterior. Hilario Barrero muestra su intimidad púdicamente y es al asomarse a la calle, al arte, a los otros, cuando alcanza su mejor dimensión. Posee una mirada morosa en la que las anécdotas se hacen poesía y vida.

Alberto Piquero, El Comercio de Gijón

Dirección Brooklyn es, ante todo, el daguerrotipo de una vida impulsada por la más noble curiosidad intelectual, atraída por la crueldad y la belleza del mundo, a la vez que erige, indirectamente, un retrato del propio narrador, pues “un diario es la huella dactilar del escritor”.

Simón Viola, Hoy de Extremadura.

Hilario Barrero es poeta, escritor, traductor y profesor de español en una Universidad de Nueva York, ciudad en la que reside desde hace treinta y dos años, y sabe que para descubrir, interpretar, gozar, soportar y aprehender la vida hay que emplear los cinco sentidos y alguno más. Y eso nos enseña en todos sus diarios, con una prosa empapada de poesía, azoriniana a veces, con no pocas pinceladas de sugerentes imágenes, greguerías en ocasiones, pero clara, precisa, reflexiva, serena siempre.

Jesús Aparicio González. Libro de notas.

 

Hilario Barrero es un agudo observador de esa vida que pasa por ahí, por su lado, y sabe atraparla memorablemente en las páginas de su diario… Nueva York, sí, al fondo. Entre medias, la literatura, la buena literatura.

Ovidio Parades, Estoyu, revista de llibros.

 

“Dirección Brooklyn” es un texto que exige varias lecturas, una primera que te engancha y te lleva, día a día, hasta el final, como si de un libro de aventuras fuera, y otra que reclama la reflexión necesaria para descubrir la vida, obras y milagros de un maestro de la palabra y del verso y solazarnos en el gozo y el placer. Y en una lectura al bies, una reflexión sobre una de las modernas Torre de Babel.

José Gares Crespo, Qué escriben los poetas

 

El diario de Hilario se construye a base de contrapuntos que siempre dejan, como si de un Jano se tratase, una salida amable o dramática a lo dramático o amable que se acaba de narrar. Y está la poesía, y los viajes (Canadá, Lisboa, Florida, Gijón…), los amigos, los trayectos en metro, el amor, cuyo tú convierte al diario en una confesión privada, y la ópera, la ópera. Se sale del laberinto, pero ya nos llevamos impregnada en la ropa y el cuerpo parte de las esporas que componen la vida, narrada, de Hilario Barrero.

Marcos Taracido, Libro de notas.

 

Leo ‘Dirección Brooklyn’, el último diario de Hilario Barrero, que se corresponde con los años 2006-2007. Tiene una página merecedora de ocupar un lugar en cualquier antología literaria exigente sobre el hórreo: «Entrar en el hórreo es como entrar en la cueva de Altamira del silencio, en la capilla Sixtina de la sombra, en una iglesia románica con olores a incienso y velas. Entrar en el hórreo es entrar en un laberinto donde la muerte cuece manzanas para las tinieblas».

Francisco Álvarez Velasco, El Comercio

En el Suplemento de Cultura de La Nueva España del día 28 de abril salió la siguiente reseña. Queremos dar las gracias públicas al autor. Cualquier palabra es un aprendizaje.

El pulsu d’una época

ANTÓN GARCÍA

Hai quien diz que l’estilu creativu d’una época lu marquen les revistes: el modelu disquisitivu del sieglu XVIII, la novela por entregues del XIX, la variedá de xéneros nel sieglu XX… Pal casu de la llingua asturiana les revistes, si facemos balance, resulten imprescindibles. Asturias Semanal nos años setenta, primera plataforma d’expresión y difusión del nuevu mensaxe asturianista. Lletres Asturianes, dende los ochenta hasta agora, obligatoria referencia onde cabe too. Adréi, a finales de los ochenta, señala’l camín de la desixencia y el rigor lliterariu. Asturies, Cultures, Revista de Filoloxía Asturiana, Erada (por citar namás dalgunes), ocupen espacios esenciales nel desarrollu cultural d’Asturies nestes últimes décades. Nestes revistes pue siguise la evolución del pensamientu y la fixación del estilu creativu que caracteriza esti terciu de sieglu de recuperación cultural.

Lleendo la tercer entrega d’Estandoriu asalta a ún la pregunta inquietante d’a quién van dirixíes les revistes de lliteratura. Nuna cultura más potente que l’asturiana, entendemos que llegaríen a organismos oficiales (universidaes con departamentu interesáu nel tema, biblioteques, fundaciones…), a editores, escritores, profesores y por fin a llectores curiosos y atentos, que se mandaríen d’elles como guía de lo que va salir, de lo que flota nel ambiente. Por eso, sabedores del poco recorríu que van tener n’asturianu, tien tovía mayor méritu’l fechu de qu’una revista empiece a salir y que llegue al númberu tres. Nesti casu, siguiendo la estela de les revistes del sieglu XX, Estandoriu recueye xéneros diversos: prosa, versu, traducción y reseñes. L’índiz, mui artísticu con forma de T, la verdá ye que nun axuda muncho a echar una vistada a los conteníos.

Relatos de Nicolás V. Bardio, Xavier Frías y Costante Álvarez; poemes de Darío Aceba, Xabiero Cayarga, Carlos X. Blanco y Héctor Fernández; traducciones de Gianni Rodari, Marcèu Esquieu, Bernard Manciet, Yeats, Maria Luise Weissmann y Wulf Kirsten conformen el cuerpu de la revista, que se completa con un averamientu del director de la revista, José Ángel Gayol, a les «Llibreríes de Nueva York», un títulu que nun cumple les espectatives que promete. Tamién les reseñes (tres, nuna publicación que sal una vez al añu) son otru de los aspectos que cabe meyorar, más si pensamos que Gayol ta ganando a pulsu fama de críticu pedrés; cabía esperar que na revista que dirixe la crítica tuviera mayor dinamismu.

Estandoriu permite, en tou casu, facese una idea parcial de lo que se ta escribiendo y traduciendo n’Asturies. Ye una revista heteroxénea, variada, a la que ye posible que-y falte un mayor desarrollu na parte final. Pero que siga saliendo yá ye la meyor noticia.

En el diario El Comercio apareció una reseña sobre Dirección Brooklyn, de Hilario Barrero. Nuestro excepcional diarista encuentra su eco cibernético aquí, y en las líneas que siguen a cargo de Alberto Piquero. Gracias al reseñista.

El arte de la mirada

En los diarios caben tantas cosas que el autor vive en el filo de la confesión interior y la mirada exterior. Hilario Barrero muestra su intimidad púdicamente y es al asomarse a la calle, al arte, a los otros, cuando alcanza su mejor dimensión. Posee una mirada morosa en la que las anécdotas se hacen poesía y vida.

Es así, no todos los días se alumbran con la misma intensidad. Sin embargo, cabe que la adquieran si no se les observa por encima del hombro. Dirección Brooklyn. Diario 2006-2007 se desenvuelve en un tiempo presente al que llega a visitar el pasado y que atisba el futuro donde se consumirán definitivamente todos los tiempos del verbo. Son muchas las ocasiones en las que al autor adivina en los cuerpos jóvenes que pasan a su lado, la fecha de caducidad que aguarda al cabo de la esquina. Tal vez porque él mismo ha entrado en esa perspectiva que nos descubre el espejismo de la inmortalidad. «Poco a poco nos vamos muriendo todos los que pensábamos que nunca nos íbamos a morir». El pasado que retorna tiene su lugar en Toledo, cuna de Hilario Barrero, profesor y poeta que allí creció entre lutos que causó a su familia el desafuero republicano durante los trágicos acontecimientos de nuestra guerra civil. Y, no obstante, el presente -mecido por un amor de aquellos que no podían decir su nombre- situado en el distrito neoyorquino de Brooklyn, ciudad en la que reside desde hace más de treinta años, se acompaña de la amistad de Estelle -personaje digno de novela-, una nonagenaria devota del comunismo. Barrero escribe y describe usando lápices discretos, sin caer en la tentación de las espinas, desnudando tenuemente sus convicciones. Entre los poemas, que va traduciendo al paso, estos versos de Emily Dickinson, estampados en el metro de Nueva York: «(…) Demasiado brillante para nuestra débil delicia,/ la soberbia sorpresa de la verdad/ ha de ser explicada con delicadeza, como se le explica a un niño un relámpago./ La verdad debe deslumbrar poco a poco,/ o todo el mundo se quedaría ciego”. Es cierto que en algún momento se suelta el pelo. Por ejemplo, al enjuiciar a Paco Umbral, «(…) emite sus opiniones, en muchas de las cuales se adivina una profunda ignorancia y una falta de preparación académica» (se refiere a ‘El día que llegué al café Gijón’). Y tampoco se pone reparos a la hora de enfrentar a Ernesto Sábato con Jorge Luis Borges: «Sábato es más la razón diáfana y honesta, el dato verdadero que el borgiano invento superfluo e innecesario». Asturias y un puñado de asturianos -José Luis García Martín, Pelayo Fueyo, Xuan Bello, Javier Almuzara…- también forman parte de estas páginas, en viajes de ida y vuelta que hermanan Brooklyn con Oviedo y Gijón de un modo más vinculante que las formalidades institucionales. EL COMERCIO no es ajeno a esas transacciones del espíritu. Y la música clásica se hace omnipresente, en una lección impagable que suele detenerse en el Metropolitan Opera House, de Nueva York. El muestrario sociológico que se le puede anticipar al lector, acaso encuentre su más fiel reflejo en los alumnos a los que Hilario Barrero explica la literatura española: (…) madres solteras, abuelas lentas pero con mucha fuerza de voluntad, lesbianas orgullosas y admirables, soldados veteranos de guerras ajenas (…). Todos deseosos de superarse, de formar parte del sueño americano». Mientras, Brooklyn, va cambiando de piel, se suceden cierres de tiendas entrañables y aperturas de nuevos negocios, nieves y luces, la delincuencia cede al vigor de los restaurantes y Estelle sigue igual de refunfuñona. Una frase para pensar: «Hay escritores que escriben como hablan y hablan muy mal. Hay escritores que hablan como escriben y así no habla la gente. Los primeros deberían recordar que por la boca muere el pez y los segundos tener cuidado con la saliva de la tinta, que puede ser venenosa».

Rebelión publicó el pasado domingo 18 el texto de presentación del libro Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio de Inés Illán Calderón, texto leído en la presentación del libro por el propio autor: el escritor y ex-presidente del Principado de Asturias, Pedro de Silva Cienfuegos-Jovellanos. A continuación se ofrece el interesante documento, agradeciendo al autor y al medio de comunicación el detalle de acordarse de nosotros:

Presentación de Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio, de Inés Illán

Pedro de Silva

Rebelión

Este es un libro incorrecto y, debo advertirlo ante todo. No “políticamente incorrecto”, que eso se da por descontado, y nadie entre los presentes esperaría otra cosa, pues su autora lo es, pese a su morigerada y profesoral envoltura.

Este es un libro librescamente incorrecto.

Viéndolo así, tan modoso y con tan buenas formas, tan bien editado, con tan buen papel, esa buena letra, la dócil ductilidad de sus tapas, sin mengua de tersura, la inocencia de las ilustraciones (telas, bordados, punto de cruz) y una textura tan amble –pese al satinado que algunos odiamos, pero eso va en gustos-, tan morigerado en fin, nadie lo diría.

La materia del asunto es librescamente incorrecta porque su objetivo es sacar al libro –no a éste en concreto, al libro como ser, o como género- de la casa en que vive, de su habitat natural, que es la literatura, o sea, el sistema de letras y los cuerpos varios que en este sistema nacen o se forman. Aspira a sacar el libro de su nicho categorial, que algunos vaticinan funerario, para lanzarlo a una tumba compartida, sacándolo, pues, de sus casillas.

Todo gira, en el caso, alrededor de una propuesta: la de que escritura y tejido entren en simbiosis, o mejor, escalen en las memorias respectivas, en las que han hecho a lo largo de siglos y milenios vida separada, hasta dar con el lugar común de nacimiento, y en ese lugar común, que se pretende matricial de ambos, se entramen, se intrinquen de nuevo una en el otro y otro en la una, se hagan siameses, como la gitana Aciscla y su hermana (aunque esto sea adelantar el argumento).

Tal como lo cuento parece complicado, pero este modo de hacerlo no es más que una simplificación de la complejidad de la propuesta, de la que me permito extraer algunos párrafo, dando así de paso cuenta, de manera directa, de la bella manera en que la autora enhebra su creatividad feraz en el cordón de una excelente sintaxis:

-Comencemos por el ancestro emocional. Este es un momento de iniciación que la autora tuvo con las primeras letras, y al que finalmente quiere regresar, y hacerlo con una grey no menos iniciática. Ella dice esto de esa primera comunión(así la llama):

Pág. 41: …Y esa vibración, leer, esa primera comunión de la materia- cuerpo y del signo-letra que, con su misteriosa trascendencia, nos descubría el mundo del espacio simbólico, ya nunca se olvidaría: permanecería vagando por las venillas de adentro, toda la vida. Naturalmente, en aquellos momentos, no podíamos poner palabras para entender y explicar todo eso. Sólo notábamos y sentíamos. Pero más tarde, cuando llegó el momento de la Comunión por antonomasia –la Primera, según se llamaba, pero la segunda, según nuestras cuentas –con sus vestidos de organdí, velos de tul ilusión, bolsitos bordados, libritos de nácar o trajes de marinero– , habría sido una insignificancia: un simple ritual o ceremonia de paso –de la minúscula a la mayúscula– , otra Trascendencia….

-Continuemos por la consistencia del hacer que se propone, aquello, pues, en que consiste:

Pág. 57: En el actual estupor que encandila a las ciudades del imperio universal de la economía inmaterial, con sus devocionarios de fórmulas, encantamientos y sortilegios en ristra “créditos”, “calidad”, “excelencia”, “competitividad”, “contabilidad creativa”,“revolución tecnológica”…) parece necesario ir con tiento para desestabilizar asentimientos y evidencias del “buen comportamiento de los precios”. Tal vez, desandar a paso de tortuga y oblicuamente como el cangrejo, las etapas, mansiones y vicisitudes de la escritura y los tejidos, empezando por el hoy de las palabras-luz en la pantalla, hasta el ayer aún vivo, de las palabras-materia en escritura continua y lectura necesariamente lenta. Interrogar detenidamente, con preguntas inéditas, los pies de página y los márgenes, los borrones, los precipicios y fallas, pliegues y arrugas, los puntos críticos y diacríticos, las matres lectionis, los acentos y “neumas”, recordatorios del habla viva y artilugios benditos pero tan maltratados de la lectura entonada y con sentido; recuperar el animus, la memoria corporal de gestos, sones y movimientos olvidados o desapercibidos, atreviéndonos a mimar, como actores de l Comedia del Arte o Cómicos de la Legua, esas figuras del cuerpo, schémata tou sómatou que, en los rituales y ceremonias de la palabra, eran el verbo y el sustantivo antes de que cristalizaran en abstracciones vanas, se apelotonaran entumecidaq y se algebrizaran bajo la cáscara de una razón alienada y sinsustancia….

-Acabemos por el dónde de ese hacer y deshacer: un espacio:

Pág. 73: …Rompe de una vez a decir que la asociación de la escritura y el tejido no es una metáfora vana sino que tiene mucha miga; que el arte de tejer pudiera ser la prefiguración material, física del arte de la expresión escrita y que por eso quieres proponer a discusión pública la conveniencia de habilitar un lugar –¿cómo nombrarlo?, ¿Centro, Palacio, Casa, Albergue, Escuela, Taller o Textrinum de las Artes Texti-Textuales? –, en el que esa relación se dilucide y se indague mediante la experimentación crítica…

–Luego, como es frecuente en este texto de voliciones y de arrepentimientos, pone en crisis la propuesta misma, en su concepto mismo, y luego refuta a los refutadotes:

Pág. 84: No se me oculta que esta asociación libre tejido-tela / escritura-texto, esta salida por los limbos textiles, para reclamar un espacio público que propicie el conocimiento de las prácticas de la lectura y la escritura en su desarrollo histórico y sobre otras bases y presupuestos antropológicos, puede parecer un desatino. Sin embargo y quizás porque los tiempos actuales producen relaciones inéditas con y contra natura, con y contra cultura ( injertos, prótesis, clonaciones, nuevos materiales inmateriales; simulaciones y fingimientos reales; emparejamientos y connubia hasta hace bien poco prohibidos o inimaginables; soledades proliferantes, con sus correspondientes tacañerías de pensamiento, palabra y obra y con su felicidad o infelicidad conformes, etc.), me parece que, en comparación, la relación textil-textual no es tan absurda. Quien sabe, a lo mejor, sea pareja conjugada de hecho, podía tener algún fundamento, ignorado o no visto, tal vez por demasiado obvio o por los obstáculos cognitivos que suele provocar esa ley antigua, tan resistente a ser derogada, de la separación de bienes, géneros y derechos entre mano y cerebro, cuerpo y espíritu, individual / colectivo, concreto / abstracto, privado / público, masculino / femenino…En todo caso, hacer pesquisas o inquisiciones (como todavía decía D. Santiago Ramón y Cajal ) sobre esa posible relación, inscrita desde antigua en los trasfondos de las leyes del lenguaje y de la vida, podría ser seguramente una buenaventura de descubrimientos saludables. Pero ¿de qué continentes desconocidos?, no puede saberse de antemano. Por el momento, es sólo un ir haciendo lecturas por una ruta de seda de la escritura que en phantasia estoica, podría ir como la seda o como el esparto…

–La propuesta tiene, pues, su punto de mayor concreción en la demanda de un espacio, un recinto físico, una sede, un templo, que operaría como matriz reconstituida de la originaria. Un espacio en el que convivan y se mezclen, en permanente laboreo intelectual y táctil:.

1 –Las personas, o al menos algunas que el espacio recaude.

2 –Los libros y escrituras en general. El modo y manera en que se constituyen.

3 –Los tejidos. El modo y manera en que llegar a serlo.

Ese encuentro, como por otra parte todo encuentro, es, claro está, sincrónico. Escritura y tejido, en ese espacio común que habrían de compartir si prosperase la propuesta, que sería un espacio impostado, artificial, eco o reflejo del originario matricial, compartirían un tiempo. Pero eso ocurre en este espacio nuevo, no en el original que se evoca y al que se convoca. En el originario llega a sugerirse que el tejido sea el padre y la madre a la vez de la escritura, y por tanto anterior a ella. O sea, que el bastidor formal en que la escritura nace sea el tejido, que el origen del texto sea textil, lo cual, desde luego, filológicamente parecería incluso convincente.

La autora plantea esto entre interrogantes, pero a esta altura del relato sabemos ya que sus dubitaciones son siempre asertivas, vehementemente asertivas, y son signos de interrogación son sólo biombos en los que guardar el cuerpo:

Pág. 82: Preguntas en tropel: el arte del tejido ¿tiene algo que ver con el desarrollo del habla y la escritura? En las danzas de la civilización humana ¿podría ser el tejido el skhéma tou sómatos ,gesto o figuración inaugural de a escritura, su pre-tensión o pretendiente primero?; el rigor estructural del tejido y su flexibilidad ¿pudo contribuir a dar el salto a la escritura y a sus diferentes sistemas? ¿puede haber relación de parentesco y en qué grado entre esas dos artes, esas dos matrices e institutrices de la civilización? El arte del tejido ¿podría ser algo así como el eslabón perdido, la casilla vacía del arte de la escritura, su Ars antecessora? El tejido que es ritmo, cuenta, memoria, estructura visible y palpable, siempre entredós ¿podría ser el órganon o condición material primera de la escritura, su instinto básico de relación y estructura?….Los poderes civilizadores del tejido y la escritura ¿se pueden comparar en alcance y valor intelectual y cultural?….Esa relación generativa e intelectiva textil-textual ¿sería una relación peligros contra natura / contra cultura?, ¿sería desacertado considerar al arte textil como una pasarela material, histórica y antropológicamente necesaria, de la escritura?

La propuesta es arriesgada. Hasta ahora, en verdad, se pensaba otras cosas. Que la escritura nace con la agricultura es, sin llegar a ser lugar común, un lugar muy frecuentado, y hay muchos caminos, aparte del arqueológico, para llegar a él. El pagus y la página el del rectángulo demarcado para afrontar ambas prácticas, el de los surcos y los renglones, el del cultivo y la cultura, etc.

Pero el riesgo que la propuesta afronta es mayor aún. Un poco más al fondo todavía, donde empieza la oscuridad de las cosas, y por tanto su verdad, o sea, antes de darse a la luz y perder propiedad (igual que ocurre con los sueños cuando intentamos recordarlos en el borde del sueño y la vigilia), lo que sugiere es que las dos categorías –escritura y tejido– vengan a ser la plasmación matérica de algo así como la matriz reticular de todo entendimiento. O sea: en el principio era el tejido, bien que en una dimensión todavía ideal o, por así decir, morfogenética.

Estas propuestas son siempre sugestivas, pues ya de mano desconciertan, y obligan a tejer un nuevo concierto. Hablando de conciertos: tenía yo entre manos, cuando cayó en ellas el Armensallé, el texto tejido por Eugenio Trías a propósito de la música (“El canto de las sirenas”), en el que trata de tirar del que llama “El hilo de Ariadna musical”. No traigo a Trías a cuento por esto, sino por su propuesta igual de subversiva: que la música haya sido el bastidor de la filosofía. Recuelos tal vez de un antiguo juego en la matriz originaria de una generación: aquel de poner sobre sus pies materiales el idealismo hegeliano, dándole la vuelta, que ensayó el judío Carlos de Tréveris.

Volviendo al asunto aquel de la matriz reticular y textural de todo entendimiento, y sin perder del todo de vista a Trías, cabría decir, a modo de escolio, que el fondo del fondo de las cosas y su límite o borde, son, en el fondo (y, pues, en el límite), la misma cosa. El fondo del entendimiento y el límite del entendimiento vienen a ser lo mismo.

Son muchas las vías ensayadas para darse cabezadas en el mentado límite. Hay la vía poética y la de las artes, hay la de las magias varias, hay las de las sustancias. Ernst Jünger ensayó bastantes. En sus experiencias con las últimas citadas, las sustancias, que relata en su gigantesco libro Acercamientos, dice tropezarse, al final, con un borde al que denomina la retícula. Una suerte de textura o red que envuelve la pecera del discernimiento, esa en la que hacemos vida acuática como peces ornamentales.

Bien, ese (o aquel que dije, y algunos todavía recordarán), es el fuego nuclear del libro. La propuesta a la que hice mención se articula como una solicitud por escrito a la administración autonómica para que, con cargo a presupuestos, articule el espacio o matriz de llegada –a imitación inevitablemente torpe o paródica de la de salida –en el que hacer chocar, en una sucesión de colisiones premiosas, fuera del tiempo de la vida actual, los tres cuerpos antes expresados, o sea, personas, escrituras, tejidos.

La propuesta no aclara del todo lo que los agentes incluidos en el espacio a crear –agentes digo, sean personas, libros o tejidos– van a agenciar. No se trata tanto de saber-qué-hacer, ni siquiera de saber-qué-va-a pasar, como de intuir que algo-va-a pasar, algo grande, aunque no esté muy claro qué. Esto puede parecer insensato, pero en el fondo la ciencia siempre ha operado así, a través de experimentos en los que el investigador hace las mezclas, a la espera de que algo suceda, en cuyo momento grita EUREKA, como si hubiera encontrado algo que buscara. En la cocina creativa ocurre igual. La autora propone un experimento, metiendo a los insectos en una caja vacía.

Ella está segura de que algo nuevo ocurrirá, pues el origen del libro, de este libro, es, probablemente, una visión. Ese espacio en que ocurrirán cosas tal vez no dé, al final, para un milagro que modifique la dirección del asteroide en que viajamos camino del desastre, pero, en todo caso, y aunque no pase nada, en ese no-pasar-nada hay un gran algo, como en el silencio de Miguel de Molinos. Ese gran algo del no-pasar-nada tiene una función redencional. En el espacio textual-textural las personas pueden redimirse, o curarse, al menos de tres males: el mal de la velocidad, el mal de la virtualidad y el mal del olvido, que al final son tres caras de un mismo mal. Si volvemos a la dimensión material de la escritura, a su filiación con el tejido, al lento curso de sus manufacturas, al dominio de lo tangible y lo táctil, y empezamos a desandar la desmemoria, retomando la función memorística originaria de lo escrito, habremos rescatado a los humanos de la vorágine, o al menos al grupo breve de elegidos que han subido al Arca de Noé, fabricada por mandato divino.

Ese núcleo se envuelve, en el libro, en diversos prefacios y postfacios, que dan cuerpo exterior o volumen al producto, en los que se mezcla memoria y presente, sueño y vigilia, y la autora se desdobla en ella misma y una hermana suya, de etnia gitana, cuya presencia, a partir de un momento preciso desplaza la historia, o al menos la atmósfera que le sirve de envoltorio, a otro plano, el plano de la magia, o, por mejor decir, del duende. Todo ello trufado de incursiones filológicas a través de las que demuestra la tesis central del libro, o sea, que tirando de una cereza salen todas, enganchadas unas en otras por el rabo, y por tanto el palabrero es un tejido, una urdimbre, una red e nudos. El relato –pues el envoltorio del que hablo relato es– incluye idas y venidas, proyecto o propuesta en mano, para presentarlo o no presentarlo ante los poderes públicos constituidos, episodios de vacilación o desánimo, avances y retrocesos de la voluntad, e incluso un juicio que sobre la propuesta, y estando la autora o su hermana gitana de acusada, hace un Tribunal constituido por Alicia (la miguita de Carroll), por Celia (la de los cuentos juveniles), y por la mismísima Princesa Leticia, a la que la autora, agradecida como todos al atajo del suegro que nos libró del gasto de energía del empujón final, trata de Alteza Real. En este relato hay una morosidad, un tejer y destejer al mismo tiempo, una incapacidad del lector para percibir que ha dado un paso, que recomponen de un modo literariamente muy feliz el tiempo estancado de los sueños, al modo de Alicia, que no deja de ser el patrón literario del invento, e incluso de la autora, que se ve, en su aventura, no menos perpleja que la niña.

El libro, si se quiere, funciona también como un producto de la memoria sentimental de la autora, como un viaje al centro emocional de sí misma, que es siempre la niñez, y ella llega a identificarse tanto con su niña que el libo al final es la travesura que la autora siempre quiso hacer, o cometer, y que las voces de la impostación académica le decían “no lo hagas”.

La escritura es, a lo largo del libro, sin excepción de página, de alto nivel, está recorrida por los chisporroteos de una inteligencia en estado de gracia, no pocas páginas tienen una potencia conceptual y expositiva poco frecuente en las lecturas hoy frecuentes, el esfuerzo en ilustrar al lector sobre cosas que a casi ningún lector de hoy le importan es admirable, y, en su conjunto, aunque se trate de un libro un tanto caótico, y molesto de leer si uno no adopta el raro ritmo arrítmico bajo el que fue creado –razones por las que no estoy seguro de atreverme a recomendar su lectura– debo decir que quien tenga tiempo para perderse en su tejido, y empantanarse en él, sin ese afán estúpido de obtener a cada paso conclusiones o verificaciones de cosas ya sabidas, gozará del contagio del espíritu irreverente, sagaz, curioso y altamente ilustrado de su autora. Ese lector capaz de tomar riesgos, si se toma uno más, y se mete de cuerpo entero en el camino de Carmenta, puede precipitarse en los abismos del duende, pues el libro, para quien así lo quiera, puede funcionar también como un alucinógeno.

Sobre lo que signifique “armensallé” y “fenicio” dejo en suerte a la propia autora, que sabrá explicarlo, quiero decir, sacarlo de la plica, el pliegue (el libro: plica o pliegue el fin) en que lo ha metido, y que pregona ya en título y portada, a modo de anuncio para ahuyentamiento de simples, raudos y pragmáticos.

Texto de la Intervención de D. Pedro de Silva en la Presentación del Armensallé. El acto, presidido por Dª Marta Pérez Toral, Directora del Área de Culura del Vicerrectorado de Extensión Universitaria, tuvo lugar en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo, el día 26 de Junio de 2009, a las 19 h. Junto a la autora intervino también José Angel Gayol, editor del libro. Inés Illán, Armensallé del tejido y la escritura. Manifiesto fenicio, ed. Universos, Mieres, 2009.

Gracias a José Garés Crespo por la reseña que ha publicado en su blog de Dirección Brooklyn de Hilario Barrero, una reseña amplia, rigurosa e inteligente:

Dirección Brooklyn.

DE GABRIEL MIRÓ A HILARIO BARRERO, PASANDO POR CERNUDA.

“Dirección Brooklyn” es el tercer volumen que publica Hilario Barrero con este formato de diario. Los dos anteriores son, Las estaciones del día y De amores y temores.
Direccion Brooklyn es un libro que, aunque formalmente está secuenciado como un diario en el que va anotando algunas observaciones y reflexiones sobre algunas de las cosas u hechos que le rozan, Barrero aprovecha, en ocasiones, de forma aparentemente aleatoria, cualquier detalle para, en un continuo flash-back, transformarlo en un libro de memorias cuyo hilo conductor no son los días que durante su vida, desde la infancia hasta la madurez, recuerda haber vivido, sino los días que mientras escribe vive ahora y en Brooklyn, su actual residencia, confirmando lo que decía J.P. Lavall, “Escribir de otros es una forma, de las muchas que hay, de escribir sobre uno mismo”.
De esta manera, Brooklyn aparece como un telón de fondo sobre el que los personajes del libro, que son la mirada y los recuerdos de Hilario Barrero, pasean. Podríamos decir, que Barrero, en un ejercicio de humildad casi franciscana, nos propone en el título del libro hablar de Brooklyn, cuando en realidad nos habla de sí mismo. Como los magos que procuran centrar la atención del espectador en alguna triquiñuela evidente, mientras realizan todos los cambios en el resto de su parafernalia para que de repente, ¡voilà¡, misteriosamente aparezca el objeto no anunciado, así Barrero nos anuncia un diario de una ciudad, cual gacetillero neoyorquino, y nos deja caer en un excelente texto cuyo personaje central es él mismo. Barrero, más allá de las diferentes clases sociales y etnias que pululan por Brooklyn, entra directo a la persona y lo hace desde un profundo humanismo solidario. Sin duda una actitud claramente definitoria de su personalidad. Como decía A. Hauser, “la mentalidad de un escritor no es tanto por quien toma partido, como a través de quien mira el mundo”. Pero en cualquier caso, nada que ver con un escritor déclassé
En 1960, en su ensayo “Lingüística y poética”, se preguntaba R. Jakobson: “¿Qué es lo que hace que un mensaje verbal sea una obra de arte?”. Posteriormente, en 1971, G. Díaz Plaza tratando de explicar qué es la prosa poética señalaba, “el mayor acontecimiento estético de nuestro tiempo es el de la creación de un lenguaje capaz de alcanzar los elementos propios del verso, la tensión y el ‘clima’ propios de la poesía”
A partir de la pregunta de Jakobson y de la contestación de Díaz Plaja, aunque sigue en vigor el problema de definir teóricamente la prosa poética, al menos se nos abre un ángulo de lectura, una perspectiva interesante para leer “Dirección Brooklyn” y llegar a la conclusión de que nos encontramos delante de un texto escrito en “prosa” pero de un magnífico poeta. Y el poeta se introduce adquiriendo, en muchos casos, un protagonismo central.
Sin duda, el ejercicio literario que realiza Barrero es sumamente delicado, como el del equilibrista que se desliza por un cable a 10 metros de altura, realizando el triple salto sin red al final del trayecto. Barrero, teniendo a un lado, no el verso, aunque una lectura dirigida puede incluso extraerse versos pautados,
…el teatro de sus gestos se encarceló de sombra / su cuerpo se quedó inmóvil como un árbol, / atravesado por una flecha venenosa / como un pájaro con las alas de seda, / un río con las orillas llenas de ortiga, / una hoguera de cieno. (“Dirección Brooklyn”, pag.41),
pero sí la poesía, y al otro lado la prosa desnuda y cuidada, se desliza suavemente, inclinándose a un lado y a otro, sin tomar pié totalmente en ninguno de los dos. Lo cual demuestra un dominio de la palabra, de su música y su ritmo verdaderamente encomiable y que inevitablemente nos orienta respecto a una de sus pretensiones, posible en quien tiene un largo camino de estudio y elaboración de textos poéticos y que podemos denominar, prosa poética, con todo lo inconcreta que esta denominación mantiene. En cualquier caso, eso sí, un espléndido libro.
Más acá de los ejercicios literarios de este tipo, que los modernistas de finales del XIX realizaron de prosa poética, siguiendo a los simbolistas y el impacto de Boudelaire con sus poemas en prosa donde dio ejemplo de “glorifier le cult des images, ma grand, mon unique, ma primitive passion”, el libro de Barrero está más cerca de las estampas de Gabriel Miró en su Libro de Sigüenza y su peculiar entonación poética, en palabras de Baquero Goyanes, y en otros numerosos casos, por la estructura, el simbolismo y el ritmo, de los sesenta y tres poemas en prosa de Ocnos de Cernuda, éstos escritos desde el exilio mexicano y en continuas referencias a su infancia y juventud en Sevilla, y en “Dirección Brooklyn”, desde Nueva York en numerosos recuerdos y evocaciones del Toledo de los primeros 20 años de Barrero.
No se trata de proponer al lector que al leer “Dirección Brooklyn” entre en una convención semiótico-literaria que fuerce la lectura del texto, pero sí explorar un proyecto textual que está implícito y que asoma en ocasiones, tal vez no el primigenio, ni quizá el más fundamental, pero si una perspectiva, entre otras posubles, que ofrece una comprensión decisiva para responder a la pregunta de quien habla o construye la polifonía que es, en última instancia, todo texto con un alto componente poético, y sobre todo desde dónde. Aquí conviene recordar que, como dice U. Eco, el escritor realiza “un complejo trabajo de manipulación de la expresión, estimulando la capacidad interpretativa del destinatario”.
Conforme vamos leyendo las anotaciones de cada día, en muchos casos pudiera dar la impresión que Barrero intenta mantener una actitud aparentemente de observador imparcial, de fotógrafo stendheliano que va anotando cuanto sucede a su alrededor, como si quisiera darnos a conocer su actual ciudad sin más, comprimiendo el sentimiento y manifestándolo únicamente cuando nos habla de una tercera persona o acontecimiento en lo que aparece como un inocente deslizamiento de un espejo, e intercalando tímidamente alguna apreciación personal. Pero como demuestra el psiconeurólogo, profesor en Harvard, Pascual Leone “El cerebro solo ve lo que busca”, lo cual ciertamente nos lleva a hacer una pirueta intelectual y darle la vuelta, como a un calcetín, transformando el axioma escolástico de ver para creer por el, al parecer más riguroso de creer para ver. De tal modo que el lector atento observa como “Dirección Brooklyn” con frecuencia, rompe la aparente objetivación del texto que traiciona la pretensión del autor, si es que tal hubiese sido su intención. Y así, mediante este recurso, consciente o no da igual, Barrero nos cuenta de sí mismo sus sensaciones, los sentimientos y los recuerdos que lo que observa le provoca y que considera debemos saber. Conviene tener en cuenta que todo recuerdo, en tanto que recuerdo, lo es desde el hoy que el autor vive y relata, de manera que si todos somos producto de nuestra historia inevitablemente, ésta se recuerda contextualizada y en interacción con el hoy desde el que la recordamos siempre. De aquí que probablemente dentro de un año el mismo recuerdo tendría un perfil distinto a cómo lo recordamos hoy y por consiguiente produciría un texto asimismo diferente.
En el caso de “Dirección Brooklyn”, lo que importa , en esta lectura que propongo, no es desde dónde ni con qué técnica Hilario Barrero nos está contando su vida, sino cómo. Tengo la impresión de que es ahí donde reside la importancia de “Dirección Brooklyn”. De hecho, desde una deriva sociológica, aspecto no pretendido, al parecer, Barrero podría contarnos aproximadamente lo mismo viviendo en París, Roma, Madrid o Buenos Aires, ya que seguro en cualquiera de estas ciudades encontraría los mismos elementos objetivos que le provocan los estados de ánimo que, en última instancia, es el objeto del libro. En este sentido y como una lección marginal, pero no baladí que nos ofrece el libro, sería sugestivo hacer una lectura atendiendo a los efectos de la globalización, considerando lo mucho que se parecen los ciudadanos de estas ciudades nombradas u otras que se nos puede ocurrir. Unos comportamientos, los de los habitantes de estas metrópolis, que hace escasamente 40 años no serían tan parecidos ni previsibles. A caballo de La tercera ola de Toffler, de la aldea global se evidencia en su expansión inexorable.
Pudiera parecer, pues, habida cuenta de que el único sujeto claramente definido y evidente del texto es el autor, que estamos delante de una obra eminentemente lírica, pero tampoco es exactamente así. Hilario Barrero, comedido, entrañable e intimista de una intensa humanidad, desparrama su calidez por su vecindario, compañeros de trabajo, transeúntes…por dondequiera que arrastra su humanidad. Barrero que es un cuidadoso y exigente melómano, amante y buen conocedor de la ópera, continuamente nos cuenta sus asiduas asistencias a las mejores audiciones que se ofrecen en el Metropolitan Opera House. Cuando pasea por las calles de Brooklyn y observa las gentes que van y vienen, por la calle, en el metro, que vuelven cansados del trabajo o se lanzan, aún medio dormidos, al fragor de la vida diaria, se diría que preside su mirada un sentimiento agridulce de amor y tristeza, como si estuviera observando grandes coros que actúan según la partitura y el libreto de una ópera. Generalmente más cerca del Coro de los esclavos de Verdi que del coro de los peregrinos de Wagner. Un intenso y diluido sentimiento que preside la palabra de este excelente escritor y poeta que es Hilario Barrero y que forma parte del clima que nos posee desde la primera anotación en el primer día, Domingo, uno de Enero de 2006.
“Dirección Brooklyn” es un texto que exige varias lecturas, una primera que te engancha y te lleva, día a día, hasta el final, como si de un libro de aventuras fuera, y otra que reclama la reflexión necesaria para descubrir la vida, obras y milagros de un maestro de la palabra y del verso y solazarnos en el gozo y el placer. Y en una lectura al bies, una reflexión sobre una de las modernas Torre de Babel.

A través de las líneas de internet llega una nueva reseña de Tulipanes para Zamudio, de Javier González Cozzolino, un libro de relatos que ya tiene muchos lectores. La reseña se puede leer y agradecer aquí, pero la transcribimos a continuación. Gracias efusivas a Edgardo Dieleke:

Sobre Tulipanes para Zamudio de Javier G. Cozzolino

Aclaremos: esto no será una reseña muy ordenada, pero sí pormayorizada sobre el gran libro de cuentos del argentino Cozzolino. Es más bien un breve trabajo sobre algunos de los puntos que con una gran habilidad Cozzolino “hace ver” en ciertas instancias de su estilo y su narrador (y además convengamos, ¿no dan ganas de leerlo, con el titulazo que tiene?)

Entonces, orden mínimo para introducir. Tulipanes para Zamudio es el primer libro de cuentos de Javier G. Cozzolino, quien viene publicando y haciendo de las suyas en varios blogs, y hace tiempo, confeccionando la gran hermanocerdo, revista de literatura y artes marciales. En una de esas movidas raras de nuestro país de origen, la Argentina, Cozzolino es editado primero en España, por algún despabilado caza talentos. Hace no mucho fue entonces publicado, allá en la Madre Patria, para suerte española y por ahora, sin la misma suerte del resto de los sudacas de origen. Pero hay que leer a Cozzolino, hay varios de entre sus diez relatos que son geniales. No es joda.

Veamos algunas de sus apuestas.

1. Cozzolino arma un libro de cuentos que aunque acaso no tenga el mejor orden posible (aquí un mejor editor hubiera ayudado más, creo), va demasiado menor a mayor, colocando en el centro del libro la potencia, con relatos como “504” o “Colchón de agua”, que son inmejorables. Lo extraño, y que no tiene que ver con el perfectible orden (yo hubiera colocado algún relato más potente al comienzo), es que el libro está por momentos cerca de la novela. El volumen va siguiendo a un grupo de personajes y con ellos arma un mundo, que no llega a ser el de la novela, pero excede al de los relatos. Esto que para algunos clasicistas podría ser un error, es sin dudas de lo mejor del libro, porque hay una estructura interna que lo sostiene, y un mundo que se va intercomunicando. Hay fuertes instantáneas de una Buenos Aires que parece ir en dos carriles, narrada desde el “grupo familiar” de Zamudio, un periodista desencantado y en constante sensación de fracaso, y la vida paralela de los nuevos inmigrantes chinos y una increíble fiesta con los peruanos Beto Armijo y parentela. Los mundos, a veces más densos y profundos, a veces más cínicos y divertidos, arman un buen balance, entre el desencanto pertinaz de la clase media argentina venida a menos y su imposibilidad de resignarse a no ser.

0. Uno podría decir que la potencia del libro está en este centro que mencionamos, entre el tener y no tener, entre el querer y no poder, en la probable ausencia del bien, de Di-s, como escribe siempre el narrador. Y este narrador escribe desde ese lado –y eso es también lo que le da cierta unidad al libro, por detrás de todos los relatos parecería estar Zamudio y su ética. Cómo es Zamudio? Por qué merece nuestros tulipanes? Zamudio es un narrador que consigue estar, como la buena literatura, siempre agazapado a punto de dar el zarpazo, o mejor, el cross en la mandíbula, con una frase que desarma el cómodo mundo del progresismo bien pensante, a veces con argumentos nada aceptables. Pero eso es lo genial, es un narrador incómodo, de difícil identificación, que habla desde una indefinible derrota “feliz”. Veamos como ejemplo el lugar de Zamudio:

“La mamá de Zamudio había reservado mesa en un restaurante de Palermo. Todos parecían felices. También Zamudio: había llegado a los treinta y dos años con una mujer y tres hijos; su fracaso como periodista quedaba en segundo plano si pensaba en esas cosas: una vida monótona pero feliz –debía ser feliz-, sin redacciones de diarios ni trasnoches ni supuesta y trillada bohemia ni notas de tapa ni ninguna otra justificación a sus estudios en la escuela de periodismo, pero asistiendo a su madre en el estudio jurídico y diciéndoles a los hijos, a Silvita, Los quiero, los quiero mucho. Debía mirarle el lado positivo a las cosas. Debía parecer feliz. Sosegadamente feliz.” (p.48).

En parte es por esto que los mundos de Cozzolino podrían remitir a Onetti, pero lo hacen con una mirada menos drástica, acaso con la carga de la familia que al mismo tiempo es lo que le da otro material a la literatura, que puede verse en los relatos como “504” o “Colchón de agua”, acaso con un cierto tono que uno podría encontrar en Roth.

2. Es difícil, pero hay que pensar en nuevas categorías para poder referir el modo de hablar de estos relatos, su estilo, del mundo que propone Cozzolino a través de su sufriente y ético Zamudio –que nunca transa, una especie de ética inquebrantable, admirable y graciosa a la vez, porque parece ocuparse también de lo mínimo (y allí su grandeza). Uno puede ir a ciertas afiliaciones, como dije, un poco de Onetti, algo de los mundos familiares de Roth, algo de realismo sucio, y muchas referencias religiosas, raras, extremas y completamente ajenas a la literatura actual argentina. Acostumbrados a un panorama en la joven narrativa en que la auto-referencialidad es una de las claves (y Tulipanes puede ser leída por acá también), frente a ciertos textos en los que ciertos problemas parecen muy nimios y hasta demasiado idiotas (la literatura del yo es más vieja que la literatura, con lo que por otra parte habría que avanzar con estas categorías de análisis), Tulipanes vuelve a las experiencias fuertes, debate con Di-s o declara su ausencia, y propone una vuelta al realismo, pero sin consignas panfletarias ni cartoneros fashion. Es un realismo que incomoda, que jode a veces pero que al mismo tiempo encuentra todavía los resquicios de humanidad en lugares cada vez menos transitados.

Gracias a Jesús Aparicio González por la reseña de Dirección Brooklyn de Hilario Barrero, que se puede leer a aquí, o a continuación. Seguimos navegando…

Con los siete sentidos: Dirección Brooklyn – Hilario Barrero

Hilario Barrero
Dirección Brooklyn: diario 2006-2007
Editorial Universos 2009
316 páginas | 14,42 €
ISBN: 978-84-937502-0-6

Dirección Brooklyn

«La vida está llena de claves que invisibles desafían al lector “inteligente”. Claves que hay que reconocer, descifrar, comprender y, sobre todo, aprender de ellas.» Así nos advierte Hilario Barrero en la cuarta entrega de sus diarios, iniciados con el siglo, y titulada Dirección Brooklyn (las anteriores fueron Las estaciones del día, De amores y temores y Días de Brooklyn). Hilario Barrero (Toledo-1948) es poeta, escritor, traductor y profesor de español en una Universidad de Nueva York, ciudad en la que reside desde hace treinta y dos años, y sabe que para descubrir, interpretar, gozar, soportar y aprehender la vida hay que emplear los cinco sentidos y alguno más. Y eso nos enseña en todos sus diarios, con una prosa empapada de poesía, azoriniana a veces, con no pocas pinceladas de sugerentes imágenes, greguerías en ocasiones, pero clara, precisa, reflexiva, serena siempre.Ya Luis Cernuda nos había dicho que «al menos mirada y palabra hacen al poeta. Ahí tienes el trabajo que es tu ocio: quehacer de mirar y luego quehacer de esperar el advenimiento de la palabra» e Hilario Barrero mira el mundo (para dibujarlo, pintarlo —_se hace pintura al mirar_— y fotografiarlo también) de manera apasionada, atenta e interesada en descubrir lo que se oculta tras un cielo con camisa azul recién planchada, tras los ojos del joven que lee en el metro, tras las hojas caídas del otoño en los parques, tras su propio rostro reflejado en el espejo…… y lo hace con «una poesía visual, en donde la fe no cabe, en la que solamente la mirada poderosa del poeta observa».

Pero vive y escribe «observando como la mañana tiene un ruido especial…. Sumergido en el ruido de la música…sintiendo el gemir de los violines, el lamento de las maderas, el vibrar de los metales…» porque otro de los motivos, de los asuntos clave, esenciales del diario, es la música, música que disfruta muy a menudo en conciertos y en la ópera… en la calle, en la naturaleza, y… «en la sinfonía del mundo, el rumor de la vida crece fortísimo en un día como hoy. Los instrumentos se oyen claros y precisos, absolutamente sintonizados: el ladrido de un perro, el chasquido de una rama, el ruido de los cuerpos……la mirada se llena de metáforas y el oído de pentagramas». Hilario Barrero en su diario se hace eco y nos hace partícipes de todo cuanto escucha.

Nuestro poeta pasea escuchando los olores de la ciudad y de sus parques, de primaveras siempre inéditas y otoños previsibles; y los olores también de la memoria, en su Toledo natal y familiar, evocador de su infancia y juventud, y el olor a mar y a niebla de sus muchos regresos a su casa de Asturias. Mientras echa de menos los olores que se han perdido….mientras acaricia los libros que reposan entre la ropa y que huelen a alga y a salitre… y libros que huelen a colonia infantil, a noche cerrada, a otoño, a amores pasados… y quisiera preservar el perfume de aquel cuerpo que pasó a su lado tambaleando a la noche y lo mezcla con el perfume de otros cuerpos. Y el perfume también de esa madre enferma, que ya no conoce, y que el hijo, ya crecido, desde la distancia huele.

El olor de la comida recién hecha en las casas toledanas, de amigos de la familia, a las que muchas veces en su infancia le invitaban a cenar, le fue preparando a Hilario Barrero para la buena mesa y «cuando uno vive en “tierra extraña”, máxime si lleva casi treinta años, las cosas de España, desde el queso manchego a un cuadro de El Greco pasando por un rioja o una zarzuela, cobran, con la distancia, un sabor más fuerte, una visión más clara, una dimensión especial». Pero buen conocedor de los restaurantes de la zona nos comenta que allí se come de todo, si vives en Brooklyn, no necesitas viajar a otros países para comer sus especialidades_… desde el plato más exótico que se pueda imaginar… _a los platos que saben a lo que tu madre hacía. Y nos informa que en los últimos años la comida vegetariana es de la que más gusta.

E Hilario Barrero gusta de tocar la piel de un libro y el papel de una persona ( y viceversa), pues quien toca un libro, como es este diario, toca un hombre —ya lo dijo Witman— …y hay hombres que son como un libro abierto. Veo como su dedo corre a lo largo de un trayecto de papel. Posiblemente ese dedo ha recorrido otros caminos de piel y un hormigueo les camina por el cuerpo, por los labios, por los ojos…. y les llena de felicidad. Aunque no toda felicidad es completa, «no me podrán quita el dolorido sentir” profetizó su paisano Garcilaso, porque el tacto de sus dedos borrados de respuestas chocó contra la áspera mirada de la gente». Mas vive y toca.

Creo que fue Ángel González, otra paisano, ahora en la tierra de adopción, de Hilario Barrero, quien dijo que «la poesía surge casi siempre de la visión sorprendente de un hecho cotidiano que no tiene relieve ninguno para nosotros y que, de repente, cobra una especie de súbita iluminación que lo hace extraño, que lo hace diferente». Así podemos descubrir nítida y palpablemente en este escritor de diarios —uno de los mejores en nuestra lengua— ese sexto sentido que llamamos intuición. Intuición que es esa mirada que ve por dentro de las cosas y que le ayuda a entender que _la vida de algunos es como una maleta llena de cosas que no se puede cerrar: inservible; y que lo que la vejez le roba de agilidad al cuerpo se la da a la experiencia_…y muchas otras sabidurías que quien leyere este libro podrá intuir.

Aún nos queda el séptimo, el más importante, el amor. («Si no tengo amor nada soy»). El amor es quien potencia, y anula en ocasiones, todos los sentidos anteriores. (Manhattan es un capítulo de una larga historia de amor para esa pareja que, sentados en una plaza, no ven pasar la gente, no oyen el ruido, no sienten la velocidad, como no sea la de su corazón.) Y esto es lo más señero del libro, su clave fundamental, el amor en sus múltiples facetas: a la madre, al compañero, al amigo, al vecino, al arte, a la poesía, a la naturaleza… aunque todo amor suponga muchas renuncias, muchas pérdidas, es mejor haber amado y haber perdido que no haber sentido nunca el amor.

Y así se va haciendo el diario, la vida, de Hilario Barrero, pero sabiendo que este diario no es otra cosa que un intento de fijar lo fugitivo, sabiendo que este material es perecedero. Que todo se acaba. La preocupación por el paso del tiempo es un tema repetidamente recurrente en la obra del escritor toledano: «¡Con qué facilidad la vida pasa, cómo seca el perfume de un cuerpo, cómo borra el brillo de unos ojos, cómo vacía de sonido los recuerdos y extrae la fuerza de aquellas que fueron dichas para siempre!» Si, si , si… «Sí, un diario fija la mirada de un perro…..este atardecer….la lectura de unos versos… el olor intenso, embriagador y gratificante de un árbol lleno de lluvia… fija la llamada diaria de la amiga vieja y solitaria… Fija sobre todo la fugacidad del verano, la prisa de la vida, la llegada de la muerte. Detiene la vida que pasa con hojas de papel que se ha de llevar el viento y la fija para que luego el tiempo lo borre todo». Ninguna manera mejor hay para decirlo que con las palabras del propio autor, ninguna manera mejor para decir lo que importa, que con las palabras de los grandes autores que nos precedieron y que vivieron muchas veces en la sombra, paciente y solitaria, dedicados a garabatear papeles, como estos de Hilario, para que la sombra que les acompañó en vida se convierte en luz clara.